
El Yeti, digo el Yoku
Aunque con mucho retraso, y sin el contraste que habría tenido en las semanas más calurosas de este insoportable verano, me he animado a preparar un extenso reportaje fotográfico sobre esta conocida región de Suiza. Es un punto de visita obligado a todo el que pase por el Bernese Oberland.
Y aunque extraordinariamente turístico, creo que merece la pena subir y permanecer unas horas en una zona que quedaría vetada al común de los mortales por su altitud y condiciones atmosféricas y técnicas. Poder caminar por donde sólo los verdaderos alpinistas llegarían es una oportunidad que no se puede dejar pasar de largo. Yo ya había estado hace 17 años y ahora quería compartirla con mi hijo.
El viaje en tren tiene dos etapas: la primera enlaza desde varios pueblos de los valles cercanos con Kleine Scheidegg. En nuestro caso salimos a primera hora desde Grindelwald; el Good Morning Ticket cuesta 138 CHF en lugar de los 162 que te soplan a partir de ese primer viaje; te dejan estar hasta las 12:30 en Jungfraujoch y luego puedes coger el tren que quieras desde Kleine Scheidegg; las tres horas ahí arriba son más que suficientes y te permiten hacer todo sin agobios; los niños viajan gratis con la tarjeta anual infantil.

Esta zona montañosa es donde estuvimos ayer. La nieve se ha derretido

Esta barrera tiene un parecido con la Brecha de Roldán. Es la zona de Schinyge Platte
El tren sube sin desfallecer por las impresionantes laderas del valle. Atravesamos alguna parada intermedia.

La miniestación de Brandegg (1.336m)
Las vistas sobre el valle y la cadena montañosa donde anduvimos ayer en busca de los laguitos son magníficas.

Valle de Grindelwald desde la subida
Llegamos a Kleine Sheidegg y bajamos del tren. Esta segunda etapa es común para todo el mundo y consiste en subirse a un bonito tren cremallera que enfila la morrena de un enorme glaciar y se introduce directamente en el corazón de una montaña… y no de cualquier montaña, sino del Eiger (3.970 m), una de las más míticas de los Alpes. Ese carácter metódico e ingenieril de los suizos los llevó a plantearse en el siglo XIX acometer esta barbaridad de proyecto. Y mira tú si lo consiguieron.
Durante el trayecto por el tunel inmenso te ponen una película que te va contando cómo lo hicieron y lo que te vas a encontrar arriba. La primera parada que hace el trenecito es en la pared norte del Eiger, a la que te puedes asomar por medio de unas cristaleras. Se llama Eigerwand (Pared del Eiger) y está a 2.865 m.

Primera parada: Eigerwand (2.885m)

Cara norte del Eiger

First y el Schwarhorn desde el Eiger
Como el día anterior habíamos subido a 2.300 metros aproximadamente, no estábamos mal preparados para afrontar la altitud. Pero hay que tener en cuenta que el trayecto cubre unos 2.500 metros de desnivel en algo menos de dos horas. Y se nota mucho, pero mucho, ese cambio de altitud tan rápido. Cuando llegas a los 3.000 metros empieza a molestarte la cabeza. Al descender en la segunda parada (Eismeer, Mar de Hielo, 3.160 m) hace frío y sabes que estás ya en un ambiente completamente alpino y durísimo.

Eismeer (3.160m)
Las grietas del glaciar son aterradoras. Intentar ascender por ahí tiene que ser cosa de héroes o de locos.

Grietas en el glaciar
El día está perfecto en el valle y es lo que nos ha animado a subir. Pero aquí en las alturas las nubes se van formando cada vez más pesadas y oscuras. Es lo que hay. No puedes encargar día azul y soleado al adquirir el billete.

Terreno alpino de libro
Al llegar a la estación superior, existe un cartelito turístico para dar fé de la altitud: la estación de tren más alta de Europa, en el glaciar más largo de Europa, con el restaurante más alto de Europa y la estación de Correos más alta de Europa. Inevitable que caiga una foto.

Jungfraujoch (El collado de la Doncella) 3.454 m)
Desde la estación se accede a un complejo con muchos pisos y dependencias: cafeterías, tiendas de recuerdos, oficina postal, restaurantes y chuminadas varias. Ahí es por donde pulula el 80% de la gente (en su mayoría japoneses, que tienen en Grindelwald una segunda patria y que son los únicos extranjeros que se ven. Españoles muy pocos.
La primera visita que te conduce al interior del complejo es el Palacio de Hielo, donde han esculpido diferentes escenas y animales para que te hagas fotos con ellos. Ahí ya tienes que ponerte guantes y cerrarte la chaqueta porque estás a varios grados bajo cero.

Palacio de Hielo
Nuestra primera salida será al Plateau para contemplar el glaciar y la Esfinge. No sale ni dios del frío que hace. Un panel en tiempo real te informa de la temperatura (-0.2ºC, o sea, calorcito) y de la velocidad del viento (ráfagas entre 50-60 km/h, o sea, un frío insoportable). Salimos al Plateau con cuidado para que no nos lleve el viento. La sensación es vivificante pero aquí tan expuestos al viento no se puede estar demasiado tiempo.

Glaciar Aletsch desde el Plateau
Las vistas sobre el glaciar Aletsch, de 27 kms, el más largo de Europa, son espectaculares. Esto que vemos es Konkordia Platz (Plaza de la Concordia, 2.779 m), la unión de varias lenguas glaciares que convergen en el principal.
Una pareja de japoneses muy jóvenes me pide que les haga un par de fotos, con esa risa nerviosa que los caracteriza. Van en vaqueros y se están quedando pajaritos. Pedazo de cámara… konnichiwa, amigos nipones, tirad pa’dentro que se os congela la sonrisa. Nos quedamos solos en el Plateau y puedo tomar unas cuantas instantáneas.
Éste observatorio (Sphynx, 3.571 m) es un laboratorio climático y se puede acceder a las terrazas. Luego subiríamos. La salida al Plateau es justo debajo de la montaña sobre la que se asienta.

La Esfinge desde el Plateau
Justo detrás se encuentra el Mönch (El Monje, 4.099 m) que rodearemos en nuestra pequeña excursión por el glaciar. Como se puede ver, cada vez hacía peor tiempo.

Mönch, (El Monje, 4.099 m)
Aunque soy poco dado a dejarme robar el alma, me pillan pelado de frío. La sensación térmica dada la velocidad del viento era de entre -15º y -19º C. Realmente fría.

El Ogro en el glaciar

Aletshgletscher

El Ogro con su vástago en el Plateau

Cumbre helada sobre la que se asienta la Sphynx

Sphynx (3.571 m)
Nos metemos de nuevo en el complejo y recobramos el calor. Si este frío es el que vamos a sufrir durante la rutilla por el glaciar, la cosa va a ser casi imposible. Quiero pensar que en el Plateau estábamos totalmente expuestos al viento, que entraba a cuchillo por el collado. Recorremos las zonas más turísticas donde la gente bebe y compra y salimos al glaciar. Hace frío y nos colocamos toda la ropa que hemos traído. Pero el viento no es tan insoportable y podemos echar a andar, con el Mönch a nuestra izquierda.

Seracs del Mönch
Nuestra ruta va paralela al Mönch para ascender al Oberes Mönjoch (Collado Superior del Monje, 3.627 m) y llegar al Mönsjochhütte (Refugio del Collado del Monje, 3.650 m). A pesar de transcurrir por un glaciar, está perfectamente balizada y cuidada para que no haya demasiado problema en seguirla. Son unos 2.6 km de ida y otros tantos de vuelta por el mismo camino. Unos 204 metros de desnivel, que parecen pocos, pero que hay que tomarse con muuucha calma.

Camino al Refugio del Monje. Enfrente la arista del Trugberg (3.932 m)
Es lo que le sugiero a mi hijo, de manera que comenzamos a caminar de forma muy lenta. Tanto es así que somos los últimos de los que han comenzado la ruta (pocas personas, la mayor parte de ellas se han quedado en los restaurantes y tiendas de recuerdos). Le digo que vaya aún más despacio, que el camino sencillo y sin fuerte desnivel que seguimos es muy engañoso. Me hace caso y acertamos de pleno: al poco tiempo adelantamos a los que no contaron con la altitud y que han bajado el ritmo de manera drástica. Cuando ellos empiezan a echar el bofe nosotros seguimos con nuestro ritmillo lento que nos permite adelantar a todo el mundo.

Mirada atrás: Jungfrau y Sphynx. Somos los últimos... por poco tiempo
Desde aquí podemos ver cómo las lenguas glaciares y los seracs caen hacia Konkordia Platz, aumentando el caudal de ese mar de hielo.

Lenguas glaciares hacia Konhordia Platz
Pasamos al lado de los seracs del Mönch, con esa cueva abierta en ellos. Vemos los primeros alpinistas por sus aristas. Qué envidia…

A los pies del Mönch
La temperatura es bajísima y el viento arrecia. Comienza a nevar y la ventisca es dura. Casi todo el mundo que avanzaba por la ruta se da media vuelta y echa hacia abajo con gran velocidad. Cobardicas… No quiero forzar a nadie a seguir. Yo tengo claro que voy a llegar hasta el refugio. Mi hijo dice que está cansado (los 15 km de ayer le han pasado factura, junto con el madrugón y la altitud), que le cuesta avanzar, pero que va a intentarlo. Nos quedamos los dos solos. Cuento seis cuerpecillos llegando al Collado. Y luego nosotros dos. Nadie más se queda en estos andurriales. Me siento algo preocupado por mi hijo. Es voluntarioso y nada cobarde. Pero hace muy malo y la altitud lo está machacando.

Ahora sí que estamos solos
La ventisca es tremenda y la sensación invernal es intensa. Sé que por muy mal que se ponga y nos cubra esa niebla que oculta a la Jungfrau, sabría encontrar el camino con esas balizas cada 15 metros. Yo no tengo ningun miedo pero no quisiera meter a mi hijo en un tinglado. Ya no nos tiene que quedar mucho hasta el collado, pero el viento nos da en contra y hace más lento el avance.

Ahí, con 12 años y con un par...
Imposible no mirar a los alpinistas que están progresando por las aristas del Mönch. No es una montaña especialmente difícil. Tiene unos pasos mixtos de roca, nieve y hielo de grado II al comienzo de la ascensión (ver foto) y luego un par de aristas aéreas heladas con bastante patio a ambos lados. Por lo que he leído, el principal peligro son los guías suizos, que como los franceses, deben ir de sobrados por la vida y empujan y apartan a los que no son sus clientes. Lo digo de oídas, no puedo asegurarlo. Pero donde hay negocio hay mafia y no me extrañaría.

Alpinistas en el Mönch
¿Queda esto a mi alcance? Obviamente en solitario como suelo ir yo a la montaña, sería imposible. Pero yo creo que en una cordada con alguien más experto… En fin. Nunca se sabe. Los sueños, sueños son.

Terreno mixto, grado II
Llegamos al Oberes Mönchsjoch (Collado Superior del Monje, 3.627 m) con un tiempo horrible, una ventisca que nos lacera la cara y con mi hijo callado y un poco tenso. Desde aquí vemos a otros dos montañeros iniciando el ascenso al Monje.

Oberes Mönchsjoch (Collado Superior del Monje, 3.627 m)
Ya vemos el refugio y sólo queda el último empujón. La nieve está completamente dura y congelada. No habrían sobrado los crampones. Pero es pleno verano y cuesta meter esas cosas en la maleta, junto a las camisetas de manga corta.

Mönchsjochhütte (Refugio del Collado del Monje, 3.650 m)
Llegamos justo hasta la cabaña y damos por concluida la ruta glaciar. Hemos llegado.

Die Hütte (3.650 m)
Mi hijo levanta las manos: ¡menudo campeón! No sólo ha sido una de las escasísimas personas que ha llegado hasta aquí (he contado seis antes que nosotros y que salieron bastante antes) sino que ha aguantado la ventisca que amilanó a casi todos y es el único menor de edad que ha conseguido terminar. Y con doce añitos… Me siento muy orgulloso de mi hijo y se me caería la baba haciéndole decenas de fotos si no fuera porque hace tanto frío que se congela la saliva.

12 años, 3.650 m.
No se le puede pedir más a un chaval. A pesar de la alegría de haber llegado juntos hasta aquí no dejo de tener un puntito de culpabilidad: es mucha altura, es sólo un niño, y hace realmente mal tiempo. ¿Soy un mal padre por haberlo traído hasta aquí? ¿Lo he forzado más allá de lo conveniente? No lo sé.

Joven alpinista
Me gusta que sea valiente. No quiero forzarlo a hacer cosas imprudentes pero no quiero crearle miedo a nada. Es una frontera muy sutil. En la que no sé si acierto o no.

El orgulloso padre del montañero
Yo me quedaría un rato explorando el collado y adentrándome un poco más por la zona que se abre. Pero mi hijo dice que hasta aquí hemos llegado y que tenemos que volver. Hemos tardado 45′ caminando muy despacio y haciendo fotografías sin medida. Un paseo, de no ser por la ventisca y la altitud, que me tiene a mí también con un ligero dolor de cabeza.

La cresta Trugberg (3.932 m) desde el refugio del Monje
Volvemos sobre nuestros pasos. Como sólo llevo guantes de polar con cortavientos, puedo disparar la cámara sin tener que quitármelos. Éstas que he puesto son sólo una mínima parte de las que tomé. Aún nieva y el viento sopla con fuerza.

Glaciares
Se ven algunas grietas a los lados del camino. Si hay algo que me pueda dar pavor no es la Niña de Medeiros o zombis por el estilo: es caerme en algo así.

Para que no se nos olvide dónde estamos
Mi hijo me dice que se lo lleva el viento. Pega tan fuerte que hace daño. Me coloco delante de él y lo voy protegiendo como puedo. El camino se hace igual de duro que a la ida. Aún así lo detengo varias veces para seguir tomando fotos.

Pero mira que soy pesado con las fotos...
El lugar es precioso y lo tenemos para nosotros solos. El mal tiempo ha sido una bendición.

Placer solitario

Vale, no todo puede ser bonito. Así el contraste es mayor
Y según vamos bajando el viento se lleva las nubes. Parece mentira con la ventisca que hemos sufrido que a cada paso que damos el cielo se va abriendo más y más. Tanto es así que ya vemos a los primeros “valientes” que se han decidido a realizar la ruta.

La segunda hornada ya está lista para partir

El cielo se va abriendo lentamente
Un cielo azul sobre el valle permite ver la Esfinge y la Doncella en todo su esplendor. A buenas horas…

Jungfrau (La Doncella, 4.158 m) y Sphynx (3.571 m)
Tras cruzarnos con un grupito de seis personas que van hacia la cabaña, volvemos a quedarnos solos en la bajada.

El Doncel camina hacia la Doncella

Siempre bajo la atenta mirada del Ogro
Volvemos a pasar junto a los seracs del Mönch, esta vez contrastados con el azul cobalto del cielo.

Camino de vuelta
El observatorio se alza ahora desafiante bajo un cielo azul. Es como si hubiéramos tenido dos caminos distintos en el mismo trayecto. Ahora el día es espléndido, rotundo, perfecto.

Sphynx y Mathildenspitze (3.557 m)

Con ganas ya de llegar

Contraste

Al loro con la grieta que se abre ahí en medio
Al llegar a la entrada del complejo, a los pies de la Esfinge, comentamos con el resto de la familia lo que se ha perdido por no echarle un poquito más de valor a la vida. Ahora la salida al glaciar es una fiesta y todo el mundo se anima a realizar paseos o seguir la ruta hacia el refugio. Sí, ahora, cabrones, que hace solito y no hay ventisca…

El Observatorio de la Esfinge
Nos toca subir ahora al observatorio, para echar una última mirada a esta parte del mundo con el cielo azul. Mi hijo está cansado y lo noto de mal humor. Dos días seguidos de alta montaña lo han dejado agotado. Joder, si es que no tengo compasión… ¡Que se haga duro, coño, que la vida no es para los blandengues! Blandengues que no salen de la cafetería y de la tienda de regalos. Allá cada cual.
Hay dos pisos de terraza desde donde puedes contemplar todo el espectáculo majestuoso del glaciar y los picos que lo circundan. Puesto que la zona es pasto de las tormentas día sí y día también, y caen rayos constantemente, han colocado diferentes cables metálicos en la estructura de manera que es una jaula de Faraday. En caso de descarga de un rayo, todo el mundo se encontraría a salvo.

Una vez más, Konkordia Platz
Este caminito es el que hay que seguir para llegar al Collado del Monje, torcer a la izquierda y alcanzar el Refugio. Ahora parece una peregrinación.

Ruta hacia el Collado del Monje

Otra sección de la ruta
Desde aquí puedo ver cómo dos cordadas se acercan a la cima del Mönch por la arista. Qué gozada tiene que ser estar ahí en estos momentos, con el cielo azul cobalto, la cima tan cerca y una arista helada bajo los pies. Bajo los crampones, más bien.

Cima del Mönch (4.099 m)
Y las últimas imágenes de esta belleza deslumbrante antes de volver al valle.

Chova alpina en la jaula de Faraday

Gletscherhorn (3.983 m), Rottalhorn (3.969 m) y Jungfrau (4.158 m)

Aletschgletscher

Gletscherhorn (3.983 m), Louwihorn (3.773 m) y Rottalhorn (3.969 m)

Jungfrau (4.158 m)
Decidimos tomar el siguiente tren. Nos cruzamos con una pandilla de jóvenes estadounidenses. Dios, qué paletos son, de verdad. Qué ignorantes… Vemos a chicos en bermudas y a varias chicas con camiseta de tirantes, pantalón corto y ¡chancletas! Yo creo que es que no saben ni adónde van, ni lo que hay ni lo que tienen que hacer. En eso los japoneses suelen ir más preparados.
Bajamos a la estación dentro de la montaña. Tenemos que esperar el tren que trae a nuevos turistas a presenciar este paisaje alpino tan maravilloso. Nosotros les dejamos sitio. Mi hijo está visiblemente tocado por la altitud. No recuperará su típica alegría y vitalidad hasta después de comer y descansar un rato en casa, a 1.015 m.

Jodido pero contento
El camino en tren de vuelta a Kleine Scheidegg lo hacemos casi en silencio. Estamos algo tocados los tres. Yo me recupero del dolor de cabeza en cuanto bajamos un poco y me encuentro en plena forma. No estoy nada cansado porque si algo tengo es resistencia. Para mí los 15 kms de ayer triscando por los montes no fueron más que un paseo y ahora me iría sin dudarlo a realizar el Eiger Trail. Pero mi propuesta no es aceptada.
Al salir del túnel del Eiger logro hacer una foto de la morrena del glaciar que se desprende al final de la lengua.

Morrena glaciar
Hemos llegado a Kleine Scheidegg, lugar lleno de restaurantes con vistas a la pared norte del Eiger y al resto de los gigantes que lo acompañan. Para mí esto carece de interés. No hay más que japoneses comiendo y turistas de todo pelo. El triperío no es sólo typical Spanish, también lo es typisch Schweiz. Para mí comer no es algo que me llene y me subyugue. Tengo que hacerlo y lo hago de la forma más saludable que puedo, pero no es el centro de mi existencia como lo es para tanta gente. Yo me como un bocata y una manzana y sigo triscando por el monte.

De vuelta a Kleine Scheidegg
Yo me iría inmediatamente a tocar el Eiger. Existe un sendero de montaña que te acerca a su misma pared norte. La oportunidad de tocar y contemplar desde abajo una de las paredes más míticas del alpinismo europeo me parece única. Pero mi hijo está de un humor pésimo y sólo quiere bajar. No quiere comer, ni andar, ni hacer nada. Sintiéndolo mucho, aparco mis deseos (como casi siempre en mi vida) y tomamos la decisión de bajarnos en el próximo tren.

Cara norte del Eiger
Esta panorámica muestra el macizo completo. Al hacer clic se ve ampliada.

Macizo de la Jungfrau desde Kleine Scheidegg
No me olvido de mi querido Wetterhorn, que sigue siendo la niña de mis ojos.

Wetterhorn, los murallones del Schreckhorn y su unión con el Eiger

Y ahora a volver a Grindelwald, donde nos espera nuestra casita suiza
Como hemos acordado, tomamos el primer tren que nos devuelva al valle. El sistema ferroviario suizo es tan perfecto como uno se imagina. No hay retrasos, todo está coordinado y da gusto usarlo.

Hacia el valle de Grindelwald

Hacia el valle
Me paso el tiempo reprochándome a mí mismo el palizón que le he metido a mi hijo en dos días. Yo soy insaciable en cuestión de naturaleza: aún me habría pasado toda la tarde pululando por el Eiger. Pero él es aún un niño y demasiado ha hecho. De veras que lo paso mal pensando que ha podido tener un edema o algo así.

Vaya mal padre que tienes...
Tras comer, hidratarse y echarse una pequeña siesta, se levantó como nuevo. Como recompensa a su pundonor, valentía y esfuerzo, una de las cosas que más le gustan…

Una partida de minigolf en el entorno más bonito que uno pueda imaginar