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Archive for the ‘Proyecto Dosmiles’ Category

Sigo con mi compromiso de aligerar al máximo mi equipo de montaña. Y lo primero que tengo que confesar es que el viernes pasado, día 15 de marzo, en una escapada a unos dosmiles de Guadarrama hice todo lo contrario. Anunciaban -15ºC  en las cumbres con viento del norte; así que preparé la mochila de 40 litros y la llené con casco, chaqueta de plumas, chaqueta de membrana y sobre pantalón con Thinsulate, además de guantes de invierno y manoplas también con el relleno aislante. Como siempre llevo en estas salidas invernales una manta térmica y la funda de vivac, iba preparadito para que se levantara la madre de todas las tormentas y aún así sobrevivir a ella. Luego, como suele ser lo normal, hizo un día estupendo, con pocos grados bajo cero y nada de viento. Así que no saqué nada de los pertrechos indicados y me sirvió con un soft-shell y unos guantes de forro polar.

De modo que tiene delito hablar de esto del minimalismo con ese pedazo de almacén invernal a la espalda. Pero creo que con la montaña en invierno no se juega y prefiero pecar por exceso.

De momento mis experimentos ultraligeros van a ir a tres estaciones. Y quiero ensayar una salida de dos días a principios de primavera con esta mochila que acabo de adquirir. Es la Altus Giza de 20 litros ¡y 118 gramos!

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Altus Giza 20 litros; peso: 118 gr. material: cordura

Viene dentro de este minúsculo bolsito con cremallera. La mochila es pequeña pero de aspecto bastante sólido, al ser de cordura 30D siliconada/PU. Tiene un bolsillo principal y uno pequeño en el exterior del tamaño del móvil o poco más.

Es completamente minimalista y austera. No tiene nada más: ni compartimentos internos para bolsa de hidratación, ni para guardar documentos y dinero… nada. Es sólo lo que es.

Con ella pretendo solventar la mayor parte de mis salidas de un día en tres estaciones. Pero eso no es todo. Como he dicho quiero probarla en una salida que incluya pernocta en modo vivac y ser capaz de portear todo lo necesario para dormir, comer, beber y protegerme de la lluvia y el frío.

Ahí queda mi nuevo reto.

La he comprado en El Corte Inglés de Goya. Quedan pocas. El precio es el mas barato que he encontrado: 19.90€.

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Si te piden nombrar cinco montañas de Guadarrama, nunca dirás ésta. Si te piden listar veinte, me juego lo que quieras a que tampoco sale. Es una desconocida. Está a trasmano, cerca de otras muy frecuentadas pero en una dirección divergente. Y merece la pena acercarse por allí y saludarla. Tenía ganas de hacerlo. Y tras una semana de tiempo horrible, temperaturas bajísimas y mucho viento y nubes, el día 22 de febrero de 2012 me planté en el Puerto de Navacerrada para ascenderla.

Después de unos días de horrible frío, hoy el termómetro marca unos cálidos y desconcertantes -2ºC a las 9:15 de la mañana. Comienzo a caminar por el sendero que sube a Bola bordeando las pistas de esquí en dirección al Emburriadero. Lo he hecho montones de veces y siempre me gusta ver el valle de Cercedilla y el de El Escorial desde la ladera mientras se sube.

Ladera hacia el Emburriadero. A la derecha Abantos

El sendero está con hielo malo, pisado y vuelto a congelar por la noche. En un tramo me tengo que parar a ponerme los pinchos. Pero al llegar arriba veo que el viento ha hecho de las suyas estos días y está más pelado que mi corazón. 

El Emburriadero

Hace un día espléndido, eso sí. Habrá que disfrutarlo. Me quito los camprones y me dispongo a subir hacia Bola, con la Maliciosa y el Peñotillo iluminados por el sol. 

Maliciosa y Peñotillo

Primera Guarramilla y Arroyo de Peña Cabrita

Asciendo por el sendero desnudo de nieve, entre piedras descarnadas. Pero para evitar la pista de hormigón tomo el desvío por la nieve: más trabajoso pero siempre preferible. Mirada atrás desde el desvío.

Cuerda de las Cabrillas

 Me vuelvo a poner los camprones. No es muy peligroso, pero si me caigo aquí me recogen en el Hotel de la Barranca. 

Hacia Bola.

Estoy tardando más que nunca. Entre las decenas de fotos (cada vez me gusta menos) y el no saber si crampones-sí, crampones-no, estoy invirtiendo mucho más de lo acostumbrado. Bueno, el día es largo y no tengo prisa. Me he dado un margen de 8 horas.

El Yeti en la Bola del Mundo (2.262 m)

Hace frío debido al viento que sopla siempre en estos lares. Tomo el desvío hacia Valdemartín en completa soledad. Frío y soledad, he ahí una buena manera de pasar la vida.

La mejor.

Imposible no echar un ojo a Peña Lara desde aquí. Saludos, Señora.

Peña Lara (2.430)

Y un poco más adelante las heridas de la estación de Valdesquí. No haré comentarios.

Valdesquí. Al fondo, Peñalara

Me encuentro con una nieve mala: tan pronto es blanda como está helada. A veces es mucha y otras no es nada.

Hielo en Guarramillas

Hoy no tengo buenas sensaciones. No sé por qué. A veces es inevitable subir a la montaña con los problemas cotidianos. Y aunque estoy aquí para despejarme, disfrutar del hielo y la soledad, explorar y ascender picos, no consigo abstraerme de ellos. Incluso al pasar por estas rocas, que el año pasado fotografié mucho más hermosas, no consigo más que una sensación un poco tristona que no me reconforta.

Cencellada

El lector que busque descripciones de rutas puede consultar las siguientes referencias en este mismo blog:

Hacia Cabeza de Hierro Menor, en verano,

Hacia Cabeza de Hierro Menor, en invierno.

Desde Cabeza de Hierro Mayor, en invierno.

En esta entrada daré por supuesto que todo el mundo conoce el camino hacia Cabeza de Hierro Menor y no abundaré en descripciones. Mi objetivo de hoy será la cresta que, desde la misma cima de ésta, parte perpendicularmente en dirección sur, paralela a la loma que une Bola y Maliciosa, creando entre ambas dos vaguadas gemelas por las que fluyen los arroyos que conforman el primigenio Manzanares.

He aquí la cresta de El Escalerón desde Valdemartín (2.278 m). La primera cima de la izquierda (y al fondo) es Cabeza de Hierro Mayor (2.381 m). Entre ella y su hermana pequeña se ve la vía de ascensión que seguí el invierno pasado. Vemos también el collado entre ambas (2.216 m) y, en primer término, Cabeza de Hierro Menor (2.374 m). Y como continuación de ésta y sirviéndole de contrafuerte, la cresta de El Escalerón (2.299 m), con todas las cimas y colladitos por encima de los 2.000 metros. En algunos mapas la llaman Loma de Cabezas.

Cresta de El Escalerón

En principio parece sencillo: subir a Cabeza de Hierro Menor y desde ahí tomar la loma sur recorriendo la cresta en dirección a la Cuerda de los Porrones, y antes de descender al Puente de los Manchegos, tomar el camino directo hacia la Maliciosa sin pasar por la Maliciosa Baja. De ahí a Bola y para el puerto. Largo y duro, pero asumible en 8 horas.

Al menos eso creía yo entonces.

El Escalerón

Pero primero hay que ascender a Cabezas de Hierro, y eso, dado el estado de la nieve/hielo, hay que currárselo. Zonas peladas, rocas heladas… En fin, no siempre va a ser una gozada.

Hacia Cabezas de Hierro

Desde uno de los balcones en la misma cuerda se abre esta panorámica hacia Peña Lara.

Dos Hermanas, Peña Lara y Claveles

Bueno, dejemos las fotos y centrémonos en la ascensión final, que hay que buscar el mejor camino en esta pedrera helada. Parece que no, pero el último repecho es agotador con esta poca calidad de la nieve.

Tercer escalón hasta Cabeza de Hierro Menor

Mirada atrás en la antecima para ver la loma entre Bola y Maliciosa. Un camino sencillo que tengo intención de recorrer a última hora de la tarde, si todo va bien.

Maliciosa y Bola

Desde la cima de Cabeza de Hierro Menor (2.374 m) la panorámica sobre la Pedriza siempre me ha parecido sobrecogedora.

La Pedriza desde la cima de Cabeza de Hierro Menor

Y aquí se puede ver perfectamente cómo la estribación de El Escalerón parte hacia la Maliciosa Baja (1.938 m), unida a la Maliciosa Alta (2.227 m) por el Collado de las Vacas (1.888 m). La mejor forma de aprender geografía.

El Escalerón, Maliciosa Baja, Collado de las Vacas y Maliciosa Alta

Y para que no todo sea geografía, un poco de criptozoología. Ahí estoy yo, con cara de acelga en la cima de la Menor, con la Cabeza de Hierro Mayor detrás. ¡He tardado casi tres horas!

Yeti encontrado en Cabeza de Hierro Menor

Bueno, hay que bajar de aquí para enlazar con la estribación que nos llevará sin pérdida por toda esa cresta que, desde aquí, parece muy fácil de seguir. Veo una pequeña pala de nieve con las huellas de unas raquetas y bajo por ahí. Saco el piolet y todo.

Nieve profunda en la bajada de Cabezas de Hierro

Hala, otra vez a quitarse pinchos. Parece que tendré roca durante una buena tirada. Me retrato con el trípode, la verdad que no sé por qué. Soy una de las cosas más feas que conozco, y eso que tengo mucho mundo y he visto de todo en esta vida. Pero os jodéis.

El Yeti al comienzo de la cresta

El camino es claro y pretendo seguir la cota máxima siempre que pueda. En el mapa hay varias cimas secundarias y colladitos entre ellas que siempre cabalgan por encima de los 2.000 metros. Cuando me ilusionaba coleccionar todos los dosmiles de Guadarrama, habría apuntado todos y cada uno de ellos. Ahora no me importa demasiado: prefiero disfrutarlos sin más.

Crestas paralelas

Valdemartín y Bola desde una cima secundaria

Ir a toda cresta no es complicado en sí mismo. Lo único es que el terreno es tan variado que lo mismo estás triscando por granito que metes la gamba en dos metros de enebros rastreros o tienes que deslizarte entre hielo malo. Pero entretenido es y las vistas son magníficas. Y la soledad absoluta de estos andurriales es lo más preciado para mí.

Más cimas secundarias de la cresta

Tras pegarme un susto bajando una roca helada, decido que tengo que progresar con los crampones. Aquí sí que no me va a buscar nadie si me caigo y me rompo algo. Por el lado de la derecha de la cresta la caída no resultaría mortal, pero por la izquierda… no sé, no sé…

Granitos helados

Me van a permitir que no me suba ahí...

Tengo que bordear una de las surgencias por la izquierda, por el lado más abrupto, porque por donde voy cae demasiado vertical. Lo hago con cuidado, por ese nevero que se ve en la imagen. Desde ahí las vistas sobre la Pedriza, el Embalse de Santillana y el Cerro de San Pedro merecen la pena. Pero la foto la hago antes, porque cuando paso por ahí tengo que andar con mil ojos. No es broma.

Pedri y Pedro

Pasadas las cimas secundarias me enfrento ya al personaje principal de la trama: El Escalerón.

Tramo final hacia el Escalerón

En pocos minutos llego ya al repecho final y veo que en la cima han colocado el clásico palito de escoba horrible que pone la gente por aquí. Ya podrían poner los Caballos del Viento del Himalaya. Aquí palotes.

Otra cosa que veo es que parece que me voy a quedar sin hacer cima: eso está muy quebrado para mí. Entre las rocas enormes, el hielo que hay entre ellas y que yo no me llamo Pou ni de quinto apellido, veo complicado subir al mogote cimero.

Peñón cimero de El Escalerón

A ver, chaval. Que has venido aquí a subir este pico y no te puedes quedar a treinta metros de la cima. A ver cómo te lo curras pero hay que subir ahí. Sin miedo, mariquita.

Ser de otro mundo en la cima de El Escalerón (2.299 m)

Ahí estamos. No sé muy bien cómo ni por dónde, pero con ayuda de los crampones he conseguido salvar las rocas heladas y trepar como un gusano hasta la misma cima. A un metro de los 2.300. Sólo cuatro picos en la Sierra de Guadarrama pasan de esta cifra: Peña Lara y Claveles, y las dos Cabezas de Hierro. Por tanto, si no me equivoco, éste es el quinto pico más alto de nuestra Sierra. Y ya es mío.

Esta foto es mejor, sin el horrible ser y con la Sierra de los Porrones (o Cuerda del Hilo) detrás. La caída por ahí es de leche total.

Cima de El Escalerón (2.299 m)

Bajando de la cima para seguir la cresta vuelvo a dudar si seguir con crampones o no. Justo por este lado no hay nieve, o casi nada. Así que me vuelvo a quitar los pinchos (no sé cuántos cambios he hecho ya).

Balcón hacia la Pedriza y el Cerro de San Pedro a la izquierda de la cresta

 

La Maliciosa Alta a la derecha de la cresta

Obviamente, en cuanto estoy sin pinchos vuelve la nieve y el hielo. Pero aún sigo un rato haciendo equilibrios por no parar otra vez. Estoy tardando una barbaridad en hacer estos pocos kilómetros.

Hermoso paisaje en la cresta

El camino es realmente agreste y accidentado. No hay más que rocas, hielo y piornos malévolos.

Roquelado

You leave me stone cold, decían los Rainbow

Seguimos descendiendo, pero aún en la cota 2.000. Otra pequeña cima, y nuevamente a por otra.

Las dos Maliciosas desde otra cima secundaria

El avance es lastimosamente lento. Los piornos y enebros rastreros son un suplicio. Si los mezclas con trozos de nieve profunda, planchas de hielo y rocas enormes se confabula una mezcla que me está dejando exhausto. En este montaje se ve el tipo de terreno que me espera aún.

La cresta sigue y sigue...

 ¿Qué harías tú? ¿Con pinchos o sin pinchos?

Pobre de ti si no clavas bien

En una de las cimas encuentro esta pala de nieve que desciende hasta la vaguada. Es nieve profunda, pero al menos no está salpimentada de rocas y arbustos. O sí, pero están bastante debajo. Digo adeu a la cresta y decido que ya la he recorrido bastante por hoy. No descarto llegar hasta el Puente de los Manchegos en otra ocasión. Pero se me está haciendo horrorosamente tarde y tengo que salir de aquí como sea.

Comienzo a bajar desde aquí

Adiós a la cresta

Por terreno más sencillo desciendo rápidamente hasta la vaguada formada por el arroyo de Valdemartín. Mi idea era seguirlo hasta donde pudiera, ascender la ladera que viene desde el pico y cruzarla hasta la siguiente vaguada. Más fácil pensarlo que hacerlo.

Bajando a la vaguada

Aunque el sol y las altas temperaturas han reblandecido la nieve, es mucho más fácil transitar por el arroyo que por la ladera cubierta de vegetación.

Arroyo de Valdemartín

Pero no hay que olvidar que transito sobre un río y que hay que tener cuidado dónde poner los pies. A mi izquierda veo que ya casi no quedan cimas en la cresta que he abandonado. Se ven huellas de esquís de travesía. Por donde he ido yo os quería ver, majetes.

Avanzando por la vaguada

Poco a poco el río se va haciendo más presente. Tal es así que llega el momento de tener que cruzarlo y ascender por la ladera contraria, pues cada vez hay más agua y pequeños saltos que se despeñan hacia abajo. Lo crucé justo por encima de donde hice esta foto, por un puente de nieve que se derrumbó a mi paso: una pata entera hasta la cintura metida en el hoyo, pero con sólo la bota dentro del agua. Nada grave.

Hay que cruzar el arroyo de Valdemartin

Y ahora sí que ya la cosa cambia de repente. Si bien el camino ha sido siempre malo y lento hasta ahora, con mucho terreno mixto que te hace perder tiempo, aún lo he pasado bien. Pero la subida y bajada de la ladera de Valdemartín se convierte en uno de los peores momentos que he pasado en la montaña. Horrible es poco. Todo ha cambiado y deja de ser divertido. No hago fotos, bastantes problemas tengo encima como para perder más tiempo con la cámara. Es un suplicio avanzar. Tengo malas sensaciones, sé que se me van los minutos sin progresar.

No me estoy divirtiendo. Sólo hay dos opciones a cada paso: o meto la pierna hasta la rodilla o la meto hasta la cintura. Prometo que ni una sola vez en más de una hora di un solo paso normal. Se me hace eterno avanzar unos metros. En dos ocasiones, con la nieve en la cintura tuve que echar mano del piolet para hacerme un hueco por donde poder mover las piernas aprisionadas por más de un metro de nieve y conseguir extraerlas. Horrible. Un espanto.

A las cinco horas sé que no lo voy a conseguir. No he avanzado nada.

Tras cinco horas, con nieve hasta la cintura, con cara de pasarlo como el culo

Este terreno es un infierno. Todo lo que diga es poco. Hay tanta nieve y tan profunda que es imposible avanzar. Cada paso me lleva una eternidad y siempre temo que la raíz de un piorno me tuerza el tobillo. Ni el bastón ni el piolet me sirven para nada, porque se hunden completamente y no me sirven ni como sujección.

El infierno blanco

A estas alturas del día tendría que estar ya subiendo decididamente hacia Maliciosa (a la izquierda de la fotografía anterior), pero no hay que ser muy listo para comprender que eso no va a ocurrir. Me estoy mosqueando yo solo. No dejo de despotricar contra todo por el mal rato que estoy teniendo cuando hoy se prometía un día guay y sencillo. Pero llegan las seis horas de ruta y estoy aquí.

A las seis horas de ruta. Tan cerca y tan lejos

Aún me quedaría media hora para llegar hasta el inicio de los campos helados que se aprecian tras de mí. Luego tendría que empezar a triscar por ahí hasta la misma cima de la Maliciosa. Sería genial y lo pasaría de maravilla, pero no cumpliría mi compromiso temporal. Se me haría de noche antes de llegar a Bola. Y si de algo me ha servido leer tantos libros de montaña y de expediciones es para saber que los mayores movidones siempre empiezan porque alguien se salta ese contrato previo con el reloj. Yo me había comprometido a seis horas en la cima de Mali. Estaba aquí abajo a las seis horas y me quedaría mínimo hora y media hasta la cima. Bien es verdad que conozco el camino desde ahí hasta Bola y de Bola al Puerto. ¿Podría hacerlo de noche? Creo que sí. Y llevo frontal. Pero es un compromiso aceptado, una promesa y un contrato. Me jode, lo paso mal, me revuelvo, lo vuelvo a pensar y me cago en mi alma, pero decido renunciar.

Renuncio a lo más bonito del día...

Con mucho mal rollo, avanzo ahora por el cauce del río Manzanares, tan joven que es un arroyo (arroyo de la Condesa).

Manzanares arriba

Intento que se me vaya pasando el mal rollo y conseguir volver a disfrutar de la montaña. Estoy en un paraje muy bonito y tendría que poder apreciarlo. En esta vaguada también se ha ido acumulando mucha nieve; no en vano esta zona es de donde nuestros antepasados recogían la nieve en los siglos previos a la electricidad. Con dos cojones venían aquí con una carreta de bueyes y cargaban arrobas de nieve y hielo para los señoritos de la capital. Este ventisquero, sin ser el de la Condesa (pelado de nieve en la cabecera del río), está en la unión de este arroyo con el del Cuerno y acumulaba un buen tomo.

Ventisquero del Cuerno (si no se llama así, desde hoy será su nombre).

Y me voy rindiendo a lo hermoso del paisaje. Poco a poco se esfuma el mal rollo y me voy sintiendo de nuevo más en equilibrio con la naturaleza. Estas cosas son así, Fran. Unas veces es más fácil y otras es más complicado. Y unas terceras son imposibles y tampoco pasa nada. Es así.

Imposible seguir enfadado.

Fuentes del río Manzanares

La pureza primigenia del agua, de la montaña, de la esencia de las cosas. Con esto soy feliz. Adiós, mal rollo, fantasma arrastrado del mundo estúpido de los objetivos, las metas y las gilipolleces. Ahora. Aquí. No hay más.

Madrid-Río nace aquí

Avanzar por aquí no es tampoco sencillo: la nieve está demasiado blanda. Pero no es tan agotador y frustrante como en la hora anterior. Salgo por fin del río y tras una subida por una pala de nieve pésima me encamino a las rocas que separan la vaguada de las antenas de Bola. Como ya me queda poco camino, decido regalarme un ratillo por esos tubitos, donde poder tirar un poco de piolet y disfrutar un rato. Pero aún habrá que ganárselo.

Un mar de nieve blanda antes de un poco de nieve dura

Si es que tienen aspecto de olas y todo… Frustrante de nuevo intentar avanzar por ahí. Cada paso es hundirse, torcerse los tobillos y caer hacia delante. Qué pasada. Parece tan cerca que en cinco minutos uno podría estar ya en las rocas. Pero pasa el tiempo y no llego. Cuando lo hago, por fin, piso nieve dura, que me aguanta, en la que hay que dar cramponazo y sujetarse con el piolet. Al menos me voy a desquitar un rato. No es gran cosa y las rampas son cortas y sin nada técnico que solucionar. Pero en comparación con los pantanos mucilagionosos que me han engullido, es una maravilla.

Y cuando asciendo este peñoncete y creo que ya estoy al lado de las antenas, un último repecho, apenas sesenta metros de ladera me detienen de nuevo en seco. No es nada, podría hablar (a gritos) con alguien que estuviera en las antenas. Tan cerca estoy. Pero ¡no sé si podré llegar! Es completamente desesperante. Estoy metido hasta la cintura en la nieve de nuevo. Cada paso que doy me hundo y conmigo se desmorona la ladera. Quiero salir YA. Estoy harto. No me estoy divirtiendo. Que llamen al encargado.

Todo en la vida termina. Hasta los malos ratos. Alcanzo las antenas, las bordeo y enfilo hacia abajo. Esto se está acabando. No ha sido el mejor día. Pero ha habido cosas buenas y con ellas debo quedarme: 8 horas en solitario por unos parajes hermosos, solventando los malos momentos que he tenido, disfrutando de bellas vistas, ascendiendo a un pico importante que requería una trepada que me daba miedo hacer solo y que he conseguido llevar a cabo: no diré que soy valiente, pero sí que tengo cierta determinación para triscar por estos andurriales salvajes en total soledad y cuidando de mí mismo. He tomado decisiones, las he respetado y he seguido un plan fijado de antemano con capacidad de improvisación y adaptación a las circunstancias. Y he visto nacer al río de mi ciudad en un entorno delicioso.

Coño, ha estado bien.

Para abajo

  

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Quería esperar a que Pedro publicara su crónica y conocer hasta dónde podía contar de lo que había sucedido. Como él ha contado todo, me animo a relatar lo mismo pero desde mi punto de vista. Sin duda su relato será superior en emoción porque fue el protagonista del “incidente”. Pero ya que tengo costumbre de describir mis salidas a la montaña, no dejaré pasar la oportunidad de documentar ésta; la más emocionante.

Todo comenzó cuando hice pública mi intención de realizar la ruta a Cabezas de Hierro de la entrada anterior. Algunas personas se quejaron de que no lo había anunciado con tiempo para unirse y me ofrecí a postponerla para el sábado (5 de febrero) si alguien se animaba a acompañarme. El mismo Pedro se lo estaba pensando cuando recibí un correo de Sergio Mayayo con el ofrecimiento de guiarnos a Pedro, a mí y a quien se apuntara, para ascender por unas canales del macizo de Peñalara. Contar con la experiencia de un montañero “de verdad”, que ha subido al Aconcagua y ha participado en expediciones con Juanito Oiarzábal, era algo que no se podía desaprovechar. Insistí a varios amigos para que se vinieran. Insistí demasiado, casi presioné. Y me arrepiento totalmente de haberlo hecho. Mi máxima de ir solo a la montaña tiene su justificada razón y me la estaba saltando. Y estaba implicando a otras personas.

Nos encontramos Pedro, Carlos, Sergio y yo en el aparcamiento del Puerto de los Cotos a las 8:00 de la mañana. Cuatro días después de mi espléndido día, el lugar es muy distinto: está repleto de montañeros en lugar de vacío. Y lo cubre una espesísima niebla y un frío intenso en lugar del cielo azul y calmado que me encontré yo el martes. Nos preparamos, cogemos material de escalada e iniciamos el camino de aproximación hacia los pies de Dos Hermanas. Hay muchos grupos de montañeros que quieren atacar rutas invernales, como nosotros. Lo cierto es que queríamos empezar pronto para no encontrar las vías repletas de gente por encima de nuestras cabezas. Sorprendentemente, estuvimos en total soledad el 95% de la ascensión.

De izquierda a derecha, yo, Sergio/Mayayo, Carlos/Gebre y Pedro/Jordan, a la salida de Cotos. Foto cortesía de Carlos Velayos.

Ambiente montañero en el camino a la Laguna. Foto cortesía de Carlos Velayos.

El camino hacia la Laguna de Peñalara resulta siempre muy agradable. Lo he recorrido infinidad de veces en todas las estaciones. Vamos charlando en animada camaradería, atentos a la infinidad de anécdotas que nos cuenta Sergio. La niebla es muy cerrada. Confío  que abrirá el día y nos permitirá gozar de magníficas vistas; no sabía en ese momento lo equivocado que estaba. Cuando nos aproximamos a la Laguna de Peñalara nos encontramos ya en el circo y la niebla y la ventisca están a la altura de una gran aventura invernal.

Llegando a la Laguna de Peñalara. Foto cortesía de Sergio Mayayo.

Estamos de buen humor y disfrutamos, si no de las vistas, sí de cada paso. En esta preciosa piedrecilla nos hacemos una serie de fotos.

Foto cortesía de Carlos Velayos.

Sergio insiste en que nos preparemos porque hay ya varias cordadas en el Tubo Central de Peñalara. Sabe que somos muy inexpertos y prefiere que tengamos espacio suficiente para ir a nuestro ritmo. Es el momento de calzarse crampones y arneses. Carlos  y Pedro no se han puesto nunca este tipo de material y tardamos bastante en estar listos.  Mientras me quito las gafas para ayudar a ajustar los crampones de Carlos y Pedro, se congelan por dentro. Aunque intento secarlas con el polar de la braga, éste también está tan helado que poco consigo. Saco entonces las gafas de ventisca, que me dieron un resultado excelente en toda la jornada. La temperatura es gélida y tenemos que ponernos ya en marcha.

La idea es que Sergio abra la cordada, Pedro y Carlos lo seguirán y yo cerraré el grupo. Cuando estoy luchando con las dragoneras congeladas me doy cuenta de que están iniciando la ascensión a una velocidad pasmosa. Acelero para no quedarme muy atrás pero comienzan a subir por el Tubo Central (40º, máx 50º, 130 metros) muy rápido. La inclinación es perfecta para iniciarse y veo que mis compañeros van ascendienco con decisión y sin problemas. Enseguida me doy cuenta de que estoy cansado: apenas hemos comenzado y me noto sin demasiadas energías; el palizón del entreno del mes de enero, las dos carreras y la salida del martes se han cobrado su precio en fatiga. Detrás de mí hay otra cordada que lleva poco material y que enseguida dejamos a un lado. Porque Sergio decide que vamos a divertirnos un poquito y escalar el Tubo del Robot (60º, 60 metros, posible mixto). Nos da las indicaciones técnicas pertinentes, especialmente para atravesar el paso clave que produce un estrechamiento en roca. Es una auténtica gozada ascender por el tubo, clavando los piolets hasta dentro y cramponeando con decisión. El paso en mixto lo solventamos con bastante solvencia y las risas y comentarios reflejan la magnífica experiencia que estamos teniendo.

En el paso clave del Tubo del Robot. Foto cortesía de Carlos Velayos.

Mientras aguardo a que Pedro solvente el estrechamiento, veo que detrás de mí hay otra cordada esperando. No tengo demasiado problema en clavar los piolets para traccionar, colocar bien los pies en las rocas heladas y seguir ascendiendo. Un poco después veo que los dos chicos que tenía detrás aún están en el estrechamiento. No sé si es que tienen dificultad en pasarlo, pero no vuelvo a verlos.  

Yo en la salida del Robot. Foto cortesía de Carlos Velayos.

Estoy disfrutando cada segundo en este ambiente tan duro e invernal. Mi equipo está respondiendo bien: mi temperatura es estable y me mantengo seco, mis piolets se clavan con firmeza y las puntas de los crampones me dan seguridad. Las condiciones atmosféricas son realmente extremas y en ocasiones la ventisca obliga a hundir la cabeza casi en la pared y protegerse de las ráfagas que nos azotan. El viento es tan fuerte que tenemos que hablar a gritos para avisarnos. Pero el buen humor es patente en el grupo.

Cuando voy a salir de la vía me encuentro a Sergio cámara en mano grabándome en vídeo. Aunque no se aprecia, llevo entre los dientes la goma de un anti-zueco del crampón de Carlos, que se había desprendido en una contundente patada en el hielo. Aún se le caería el otro, que también recuperamos.

Do the robot -Vídeo cortesía de Sergio Mayayo

(Para verlo correctamente gira el pescuezo 90º a la izquierda, o el portátil 90º a la derecha).

Risas y felicitaciones a la salida. Sergio toma la decisión de seguir hacia arriba, por alguna canal de la Segunda Hermana. ¿Debimos en ese momento dar por concluida la ascensión e iniciar una honrosa retirada por alguna pala asequible? Posiblemente sí. El día era horroroso. El grupo era inexperto y habíamos rozado el límite técnico que podíamos asumir. 60º de inclinación son muchos grados para un bautismo de hielo. ¿Debimos hacerlo asegurados? Creo que sí. Pero ahora es muy fácil deducir todo eso y tomar la decisión adecuada a toro pasado. En esos momentos estábamos eufóricos, confiados y con ese puntito de adrenalina que te hace más audaz de lo que serías en casa.

El caso es que inicamos otro tubo. Entre la espesísima niebla y ventisca Sergio elige uno. Y enseguida comprobamos que esta ruta es aún más complicada que la del Robot. Carlos comenta en alto que los pasos de esta vía son mucho más difíciles que los que hemos dado hasta ahora y yo corroboro su opinión. Sea como sea, estamos escalando el Diedro Central de Dos Hermanas (70º-75º) y lo hacemos sin asegurar. Yo me siento cansado, especialmente de hombros y brazos. No estoy acostumbrado a este tipo de ejercicio muscular del tren superior. Aún así, no pierdo en ningún momento la concentración y me cercioro constantemente de que mis piolets estén bien fijos y correctamente situados. La vía es larga, o al menos estamos tardando mucho en recorrerla debido a su complejidad y dureza. 

Estamos los cuatro separados por unos metros en un momento tranquilo. Estoy perfectamente clavado con mis cuatro puntos de apoyo en un hielo muy bueno cuando, en un instante, en una fracción de segundo, se produce el accidente.

Lo primero que percibo es el sonido: un sonido horrible de algo grande deslizándose a gran velocidad, a una espantosa velocidad. El cuerpo verde de Pedro cayendo como un bólido por la enorme piedra congelada que cerraba el tubo por nuestra derecha. Una piedra de granito totalmente helada, con carámbanos de hielo que se clavaban en el suelo. Pedro se desliza sin apenas rozamiento por aquella superficie vítrea y sale volando. Juro que ese instante me sentí totalmente horrorizado. La figura retórica “se me paró el corazón”, cobra todo su sentido. En una fracción de segundo pasas de estar disfrutando de un día maravilloso de montaña y compañerismo a ver a un amigo tuyo volando sin control en una ladera de granito y hielo de 70º. ¿Da tiempo a pensar? No sé. Da tiempo a quedarse congelado, a sentir que alguien puede matarse en ese momento y que estamos a merced de la montaña. Yo no sé qué habría pasado si en vez de tomar el peralte de la roca congelada y salir volando por mi derecha, hubiera rebotado contra ella y chocado conmigo. Yo estaba firmemente clavado, pero no creo que hubiera aguantado el impacto del cuerpo de un adulto a esa velocidad. Me habría arrastrado con él, sin duda. Pero esto lo pensé a posteriori, en ese momento no piensas nada. Sólo que Pedro ha salido volando (si me queda una imagen es la del skeleton: ese deporte en el que un pavo se tira en una tablita a 60 km/h por un tubo congelado; eso justo hizo su cuerpo sólo que con los pies por delante). La imagen es tan brutal que tengo la certeza de que se va a matar y su cuerpo va a desaparecer en la niebla. Tras ese instante de pavor absoluto sólo deseas que no se haya matado y puedas ayudarlo. Lo veo a muchos metros por debajo de mí. La vía –afortunadamente– tiene un pequeño resalte donde queda el cuerpo de nuestro compañero tendido. Le grito, mientras comienzo a bajar; y bajar esa pared de tanta inclinación, sin cuerda, sin asegurar y con la urgencia del accidente, no es nada sencillo. Me obligo a concentrarme para no perder yo también el apoyo y complicar aún más la situación. Sigo gritando su nombre:”¡Pedro, dime algo! ¿Estás bien, Pedro?“. Carlos, varios metros por encima de mí, inicia a su vez el descenso. Le grito que tenga cuidado, que lo haga muy despacio. El viento me impide oír a Pedro, y sigo gritándo. Sergio, mucho más rápido y seguro en sus movimientos, desciende también. Por fin oigo a Pedro decir que se ha roto una pierna, pero que está bien. Seguimos bajando. Movimientos decididos pero continuos. No pienso. Sólo bajo lo más rápido que puedo. Está vivo a pesar de todo y eso es lo único importante. No sé cuánto tardamos en estar a su lado, tengo confusos esos recuerdos. Vemos que está bien, que respira con normalidad y que el accidente ha quedado reducido a un tobillo.

Estamos a medio camino de la cima de la Hermana Mayor. En medio de la niebla. En una vía de escalada díficil que nos estaba costando ascender, que hemos tenido que volver a descender, y con un compañero herido. No hay nadie más que nosotros y ningún helicóptero puede llegar aquí, en este terreno escarpado y con esta ventisca y niebla cerrada. Nadie habla de todos estos parámetros, pero están ahí. Todos somos conscientes de ellos, pero nadie los verbaliza.

Descender es imposible. No lo conseguiríamos con Pedro herido. Sergio propone salir por la cresta. Estamos más cerca de la cima que de la base. Él puede ir asegurando a Pedro y nosotros desde abajo ayudarlo a ascender. Sufre horribles dolores y siente la pierna muerta. La vía nos estaba costando mientras estábamos bien, no quiero pensar lo que le va a costar ahora con esos dolores y sin poder ayudarse de una pierna. Pero la decisión está tomada. Donde estamos no podemos esperar rescate y hay que moverse. Sergio sube con rapidez todo el largo de la cuerda, entierra un piolet y nosotros la aseguramos al arnés de Pedro.

Nadie pierde el control. Estamos todos en esto. La situación es comprometida. Muy comprometida, pero tenemos tiempo, somos tres personas para ayudar y mantenemos la cabeza fría. Lo importante es que Pedro no se rinda y consigamos hacerle subir por esa pared de 75º con un tobillo inutilizado. Los mensajes son permanentemente positivos, no le permitimos que lance mensajes “negativos”: “No puedo, me duele, no me clavan los piolets…”. Tiene que estar sufriendo de una manera brutal, pero pasito a pasito, muy despacio, conseguimos ir ascendiendo. Intentamos que avance muy poco cada vez, pocos centímetros, pero que asegure bien cada movimiento. Carlos se coloca a su derecha y yo a su izquierda. Sergio desde arriba lo asegura con la cuerda. No lo vemos porque el tubo hace un recodo hacia la izquierda y queda fuera de nuestra visión.

No dejamos de hablar con él. Creo que siempre con palabras tranquilas, enérgicas y positivas. No hay que dejarlo pensar ni hablar demasiado. Y entonces entra en un bucle muy extraño: quiere ponerse un sobrepantalón que tiene en la mochila. Sólo quiere ponerse ese pantalón para no enfriarse. Dice que está mojado y helado y que el pantalón le va a ayudar mucho. Carlos y yo estamos en un equilibrio inestable todo el rato. Un paso por detrás de él para que sienta cierta seguridad, con mi mano derecha en su pierna, o en las correas de su macuto para que pueda hacer más fuerza. Los crampones son en muchas ocasiones los únicos que nos mantienen pegados a la pared. Y ahora tenemos que abrir su mochila congelada, buscar en ella el pantalón y ayudar a ponérselo. No conseguimos abrir la cremallera, de lo congelada que está. Tengo que quitarme el guante derecho. Ahora no estoy más que sujétandome con los crampones en una posición muy poco segura. Un mal movimiento y el que se despeña ahora soy yo. Abrimos la mochila y empezamos a sacar todo menos el pantalón. Bolsa de comida, funda de gafas que sujeto con los dientes mientras seguimos extrayendo cosas. Una ráfaga de ventisca se lleva un gorro y un guante. Imposible recuperarlos; desaparecen en el tubo. Sacamos los pantalones y los colocamos precariamente en el hielo. Yo le digo que cómo se va a colocar eso con el arnés puesto. Estamos perdiendo mucho tiempo, enfriándonos. Quiere salirse de la vía y guarecerse en el hueco que forma la roca por la que salió volando. Pero está llena de carámbanos y está todo helado. Yo creo que si se sienta ahí e intenta hacer movimientos bruscos se va hacia abajo sin remisión. Lo convencemos para que aguante. Le digo que las piernas tardan mucho en congelarse, que lo importante ahora es salir del tubo y poder llegar a un terreno más seguro. Accede, le ponemos la prenda atravesada en los correajes de la mochila y seguimos ascendiendo.

Yo no sé cómo puede siquiera subir. Pero lo hace. Estamos en la zona más complicada de toda la ruta. 75º con un pie que no puede hacer fuerza. Empieza a clavar los piolets sin conseguir tracción. Carlos le recomienda que los agarre de otra manera, que le va a resultar más sencillo. Yo los puedo incrustar sin problemas, no sé por qué dice que no consigue hacerlo. Y entonces empieza a tirar hielo. La situación es cómica, lo prometo. En el estrechamiento más duro de la vía Pedro está haciendo una escabechina con los piolets, arrancando trozo de hielo y lanzándolos hacia abajo. Esto es, hacia las cabezas de Carlos y de un servidor. En medio de lo comprometido de la situación no puedo dejar de reírme. Tengo la imagen de Pedro con un trozo de hielo enorme en la mano tirándolo hacia abajo, hacia mi casco, vamos. Cuando luego le pregunté por qué lo hacía, me dijo: “Es que no sabía qué hacer con él“. Qué risa. En toda situación hay que saber sacar el lado humorístico, porque te llena de energía positiva.

Un tiempo indeterminado más tarde, Pedro llega a la meseta desde donde Sergio lo estaba asegurando. Me lo comunican. Luego llega Carlos. Yo estoy ahora en el lugar donde Pedro arrancó trozos enormes de hielo. Estoy cansado. Mi mano derecha está congelada después de haberme quitado el guante para la maniobra de la mochila. Intento clavar los piolets pero no tengo hielo donde hacerlo. Lo paso mal. No veo a mis compañeros porque la vía hace un giro al final. Me siento realmente cansado. Me paro tras cada movimiento a descargar los músculos. Consigo encontrar hielo firme más arriba y me impulso. Avanzo lentamente. Pero cuando tengo que cramponear en esa zona tan deteriorada, tengo problemas para buscar un trozo que me aguante. Y cuando cargo el peso en el pie izquierdo para impulsar el derecho, se desprende de la pared y quedo colgado de los piolets. Afortunadamente, estaban firmemente clavados y no se mueven un milímetro. Pero me encuentro colgado sólo de las manos, con los pies sin agarre y muy cansado. Lo paso realmente mal. Estoy pegado a la pared como una lapa. Agarro los piolets como puñales y me voy alzando a pulso hasta encontrar un agarre para las puntas delanteras del pie derecho. Lo consigo. Descanso unos instantes. Estoy muy cansado. Creo que en este momento es cuando debí perder la cámara, al restregarme con tanta intensidad contra la pared.

No tengo miedo. En ningún momento. Lo único que pienso es que no puedo complicar la situación. Estamos metidos en un buen tinglado y no puedo hacer nada que lo empeore. Si me abandono en este punto y me deslizo una decena o más de metros hacia abajo y pierdo los piolets, estoy perdido. No puedo permitirme eso. Saco fuerzas de ese pensamiento y comienzo a ascender. Carlos se percata de que estoy pasando un momento realmente difícil y me grita que me van a tirar la cuerda. Pocos segundos después me estoy asegurando. Ahora sólo es cuestión de descargar los brazos y tirar otra vez.

Una voz, arriba a mi derecha, me da ánimos y consejos. Es un montañero que está haciendo una variante de nuestra vía… ¡en solo! Me dice que apoye con firmeza las palmas en las palas de los piolets y que no tengo que tener mayores problemas. El tubo se suaviza mucho justo en la salida. Técnicamente es mucho más fácil, pero estoy cansado. Así se lo digo al escalador. Sé que Pedro está herido, que tenemos que salir de ahí cuanto antes y dejo de autocompadecerme. Salgo del tubo.

Saliendo del Diedro Central

¿Annapurna? No, Dos Hermanas

¿Annapurna? No, Dos Hermanas

Ahora hemos salido del Diedro y Sergio nos dice que estamos ya cerca de la cresta. Parece que las dificultades han acabado y que ahora el terreno será más sencillo. Nos encordamos los cuatro e iniciamos un flanqueo de Este a Oeste, clavando los piolets en la ladera y avanzando por un terreno más o menos horizontal. Me alegro de la espesa niebla, porque el patio tiene que ser monumental. Si ahora uno tropieza, no quiero pensar dónde terminaríamos los cuatro. La promesa de salir de ahí y llegar a la zona cercana a la cumbre de la Segunda Hermana nos mantiene con la motivación elevada.

Sergio guardando la cuerda

Y llegamos por fin a la cresta. ¡Podemos caminar erguidos! Pero estamos sumidos en un vaso de leche. La ventisca es tan dura que nos congelamos de pies a cabeza, literalmente.

Posición vertical.

Contentos de haber salido del Diedro

Dos sonrisas en Dos Hermanas. Sonreír ante la adversidad, siempre.

Dos sonrisas en Dos Hermanas. Sonreír ante la adversidad, siempre.

Es imposible tomar referencias. No se ve nada. Todo es igual. Imposible orientarse. Sergio va de un lado a otro buscando el vértice que nos indicaría el camino que tantas veces ha transitado. Carlos saca su GPS y comparan lo que dice la máquina con lo que parece arrojar la realidad. Yo me quedo con Pedro, hablando con él. Ha demostrado ser un tipo muy duro, muy valiente. Estoy orgulloso de él, pero soy consciente de que la adrenalina lo ha sacado del tubo con la expectativa de salir a la cumbre y estar salvados. Pero el panorama es desolador y puede haber un efecto rebote y venirse abajo. Pero demuestra ser todo un hombre, y a pesar del enorme sufrimiento que tiene que estar padeciendo, aguanta y mantiene el temple. Estoy con tres tíos de verdad, fuertes, fríos y tranquilos. Nadie pierde en ningún momento la actitud positiva.

Pero la situación –todos lo sabemos– es muy comprometida. Estamos a 2.300 metros, en medio de una feroz ventisca. La sensación térmica es gélida. Calculamos que -15ºC, quizá aún inferior. El viento es demoledor y nos congela en pocos minutos. Tenemos que descender ya o las posibilidades de sobrevivir serían mínimas.

No exageramos...

Hablo con Sergio en un aparte. Compartimos nuestra sensación, nuestra intuición, de que tenemos que tomar esa dirección. Me precio de tener buen sentido de la orientación. Pero es imposible tener la certeza en un ambiente tan uniforme y falto de referencias como el que nos encontramos. Durante un instante barajamos la posiblidad de llamar al 123, anunciarles nuestras coordenadas UTM y que intenten darnos una dirección que seguir. Pero el GPS de Carlos es una maravilla en la que viene perfectamente claro el camino que debemos tomar desde la cresta y decidimos seguirlo.

El tiempo pasa y seguimos en la cresta pues nuestro avance es forzosamente lento. Ahora Pedro se ayuda de dos bastones para caminar. Tiene fuertes dolores, las gafas se le han congelado y se las tiene que quitar para poder ver dónde pone los pies. Aunque el terreno no es peligroso, una segunda caída sería ahora una cosa muy mala. A pesar de todo, los ánimos siguen arriba, las conversaciones que mantenemos unos con otros son serenas y en ningún momento nadie pierde la calma. Imagino que todos estábamos igual de preocupados, pero todos sabíamos que había que aguantar y seguir centrados para poder escapar de ahí arriba. Esta misma situación con un grupo más joven, o con menos temple, habría desembocado en una tragedia.

Mientras acompaño a Pedro y le doy conversación, voy repasando lo que porto en la mochila para casos de emergencia. Sé que todos llevamos mantas térmicas. Yo además tengo una funda de vivac con cortaviento. Tengo un polar de reserva y una chaqueta de softshell; calcetines extras, pasamontañas, un sobrepantalón impermeable cortavientos y dos pares de guantes completamente secos. En caso de emergencia podría dejar todo eso a Pedro y quizás aguantaría una hora o dos más. Tengo también un hornillo de emergencia del ejército y dos pastillas de encendido. Obviamente no hay nada para quemar, pero podría calentar algo de agua. Llevo medio litro de caldo en un termo, tengo otro medio litro de bebida isotónica  y muchas barritas energéticas y cholocate. Creo que en caso de tener que parar por estar absolutamente perdidos, podríamos aguantar tres o cuatro horas. No más. A partir de ahí, la noche se echaría sobre nosotros y la hipotermia sería muy severa. Esos cálculos, por supuesto, me los callo y no se los digo a nadie.

Tras un interminable lapso de tiempo, llegamos a zona conocida: estamos en el buen camino y ahora podremos descender; y cada metro que descendamos nos alejará de esa ventisca mortal y nos acercará a nuestros coches. Creo que el sabernos ya fuera de peligro de muerte animó a Pedro y le hizo sacar otro nuevo chorro de energía para sobreponerse al intenso dolor. El camino que nos queda es largo aún, pues avanzamos a un ritmo muy lento; pero ya no hay terreno técnico, las dificultades han acabado y sólo nos queda avanzar. Es posible que tardáramos más de dos horas en hacer poco más de dos kilómetros y medio. Pero el buen humor y la sensación de habernos enfrentado a una situación crítica y haberla superado nos acompañará en todo el descenso.

My brothers in Ice

Charlamos, reímos, comentamos las situaciones pasadas, lo que cada uno pensó, intuyó o se atrevió a pensar. Nos encontramos con otros grupos de montañeros, se huele ya la civilización. Llegamos por fin a Cotos. Cansados y felices de estar bien. Voy a mi coche a dejar todos los trastos. Me quito la chaqueta de membrana, el chaleco de soft y el polar, y me pongo otro seco y la chaqueta que guardaba de emergencia. Me cambio las botas. La tarde es gélida en el puerto. Pedro se ha montado en su coche. Afortunadamente es automático y no tiene que utilizar el pie dañado. Se ve capaz de conducir. Por casualidad, amigos suyos se encuentran en La Pedriza y formarán con él caravana en la carretera hasta que vuelva a su casa. Irá directamente al hospital. Nos despedimos de él y le pedimos que nos ponga un mensaje en cuanto llegue. Nosotros nos tomamos algo calentito en Venta Marcelino, comentamos someramente el largo día y nos vamos a casa. De camino a nuestros coches, Sergio me confiesa que tras la emoción de la actividad ahora está de bajón. Es cierto, la adrenalina nos ha mantenido en acción, segregando hormonas que te permiten seguir adelante y sobrevivir, a pesar de que no hemos comido ni bebido nada desde que desayunamos a las seis de la mañana en nuestras casas. Pero al saberte de nuevo a salvo, el tono desciende y te sientes de repente agotado.

Nos vamos. El día ha sido muy largo e intenso. Lleno de actividad física, exigente y complicada. Ha habido peligro, preocupación y un riesgo elevado de haberse convertido en tragedia. Pero estamos bien, vivos y más sabios. Todas estas experiencias te hacen más fuerte, más templado, más hombre (sin ningún matiz machista, por favor). Tendremos que descansar y digerirlo, procesarlo y asimilarlo.

Horas después, sabemos que Pedro tiene un esguince tremendo que ha requerido escayola. Pero conserva el buen humor y, sinceramente, es lo menos que le podía haber pasado cuando lo vi despegar de aquella roca congelada. El martes sabríamos que tenía rotura de tibia y peroné, así como del ligamento externo del tobillo que precisará de operación.

Gracias a Sergio, porque sin su experiencia y sus recursos en la montaña no habríamos podido salir de ahí de ningún modo. Nos hizo pasar unas horas maravillosas de alpinismo invernal y se ocupó las horas siguientes de sacarnos de allí.

Gracias a Carlos que, con su extremada serenidad en todo momento, aportó toda la calma y temple necesarios que la situación requería. Si uno tiene que elegir compañero para salir de una encrucijada, creedme, Carlos es una magnífica opción. Gracias también a la esposa de Carlos por regalarle tan fabuloso GPS.

Pero el héroe del día no puede ser otro que Pedro, que mantuvo siempre una actitud de lucha, de no dejarse, de no abandonarse; se sobrepuso al dolor y al sufrimiento intensos y consiguió escalar una vía de 70º en condiciones atmosféricas terroríficas sin poder hacer uso de su pie izquierdo roto. Y jamás antes había usado crampones ni piolet.

Eres grande, Pedro.

Bien está lo que bien acaba. Sin embargo no puedo dejar de sentirme culpable por haber insistido en que vinieran. Especialmente presioné demasiado a Pedro para que se apuntara. Quería compartir con gente estupenda una jornada en la montaña y a punto estuvo de suceder una tragedia… otra vez. Jamás volveré a pedirle a nadie que vaya a la montaña conmigo. Eso lo tengo totalmente decidido. Si alguien quiere hacer algo, que lo haga. Pero yo nunca más insistiré ni propondré salidas.

Solo, soy responsable de mí mismo y no cargaré sobre mi conciencia el peligro de otras personas. Ya lo decidí hace muchos años y así lo había mantenido. Esta vez incumplí mi promesa, insistí y volví a meter en problemas a otros.

Nunca más.

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Ya tenía ganas de meterle mano. Entre las cosas del correr, las nevadas, los fríos polares y el riesgo de aludes, me ha costado elegir el día apropiado para embarcarme en este antiguo deseo. Sí, deseo; creo que es el término apropiado. Es bonito moverse por deseos. Implican pasión.

No tenía muchas referencias para poder acceder a alguna vía de la cara norte de Cabezas de Hierro. Casi todas las descripciones parecen copiadas de la misma fuente y repiten idénticas indicaciones, no demasiado claras. Aunque conozco bastante bien el Valle de la Angostura –el cual recorrí en junio–, Zerolito me había contado que para la aproximación a Cabezas de Hierro durante el MAM siguieron el PR-27 para situarse a los pies del paredón. Se trataba de seguir las marcas blancas y amarillas en los troncos de unos pinos. No parecía tan difícil. Contaba también con la descripción que un montañero había publicado en su blog: “Donde los sueños perduran“. Precioso título para hablar de montañas.

El martes 2 de febrero era el día perfecto. Cielos despejados, vientos flojos, sin riesgo de tormentas. No iba a encontrar otra oportunidad como ésta.

A las 9:52 salgo del parking del Puerto de los Cotos rumbo a la pareja de montañotas que se divisa perfectamente desde ahí. Son preciosas, grandes y macizas. Su cumbre será mi destino. No albergo la menor duda de que voy a conseguirlo.

Sólo hay que caminar unos minutos por la carretera de acceso a Valdesquí hasta llegar a la valla que encontraremos a la izquierda. Dejar el asfalto y pisar esa nieve dura es una sensación maravillosa. Tengo delante a las dos Cabezas, pero el sol, con eso de salir por el Este, me impide fotografiarlas: se encuentra justo encima de la Mayor y el contraluz es demasiado intenso.

Primeros pasos

Añun quedan rastros de nubes en el profundo Valle de la Angostura. Una delicia para recorrer que aconsejo a todo el mundo: pozas cristalinas, aguas gélidas y pinares inmensos.

Jirones de niebla en la Angostura

Me ayudo de la sombra de un pino para poder tomar una primera imagen del paredón tremendo de Cabeza de Hierro Mayor (2.381m). Mi destino.

Cabeza de Hierro Mayor (2.380m)

Cabeza de Hierro Mayor

10:10 – Llego al Refugio del Pingarrón. El día es glorioso de luz y buenas vibraciones.

Refugio del Pingarrón

Sé que tengo que seguir ahora las balizas del RV1 hasta cruzar el arroyo de las Guarramillas por un puente de madera (la foto me quedó especialmente mal). El camino es claro y la nieve está dura y perfecta para caminar. Desciendo hasta el riachuelo con decisión y completamente feliz. Hay algunas huellas de raquetas y bastones y no dudo demasiado en el camino. Es difícil captar la luz intensa del invierno en el espeso pinar.

En un pequeño claro, que recordaba perfectamente de mi ruta de junio, me giro para captar el macizo de Peñalara.

Peñalara

Y al otro lado del valle, los Pulmones de Cabeza de Hierro Mayor.

Pulmones

Atrás ha quedado el RV1 y he seguido –con algún despiste que otro– el PR-27: las señales están muy deterioradas y no siempre está claro el trayecto. En verano es posible que el sendero sea claro, pero cubierto de nieve y sin huella abierta, hay que ir con atención. Llego al Arroyo de las Cerradillas y lo cruzo sin ver señales al otro lado.

Arroyo de las Cerradillas

Aquí no hay el menor atisbo de huellas; hay una gran capa de nieve y sé que he llegado al momento en el que las descripciones dicen que hay que… no sé lo que hay que hacer. Pero el bosque se abre al Este y hacia allá me dirijo.

Circo de las Cerradillas

11:11 –  Circo de las Cerradillas. Este circo se forma a los pies de Valdemartín y Cabezas de Hierro y es realmente bonito. El que me conozca puede imaginar el estado de felicidad en el que me encontraba en ese momento. El día era perfecto. La temperatura ideal para la actividad. La luz, el sol, la nieve… todo entero para mí. Soy feliz con estas cosas, no lo puedo remediar. Soy muy simple. Transparente como el hielo que me encuentro en algunas zonas.

Mi ruta por el PR-27 me ha conducido en una hora y veinte al Circo de las Cerradillas, más al Oeste de lo que se supone que tenía que haber terminado mi periplo para acabar a los pies de la Mayor. Este resalte es el que divide las canales de acceso y estoy donde estoy. Era mi segunda opción, aunque la primera si tenía en cuenta que escalar por los Pulmones en solitario era más prudente postponerlo para una segunda ascensión. Bien. Estoy aquí. Ahora. Esto es la realidad. Y no puede ser más hermosa.

Es también hora de calzarse los crampones. Hay mucho hielo, pero los pinchos se clavan perfectamente y es una gozada cruzar la vaguada y comenzar la subida. Me doy cuenta de que voy sonriendo.

Mi equipo es muy sencillo: crampones, un piolet de marcha y un bastón telescópico acortado y sin la roseta de nieve para que se clave sin problema, a modo de segundo apoyo. Llevo el piolet asegurado a mi para evitar perderlo (ya me pasó una vez) en caso de caída o despiste. Venga, para arriba.

Cerro de Valdemartín (2.278m)

Algo perturba el silencio. Un helicóptero sobrevuela. Estará toda la mañana de aquí para allá. Incluso se detendrá unas horas después en un lugar próximo a donde se encuentra ahora. Mirando atrás descubro que el Cerro de Valdemartín es una señora montaña y de un porte muy elegante desde el circo glaciar. Siempre pasa desapercibida entre Cabezas y Bola, pero no deja de ser una bonita montaña.

El estado de la nieve es… múltiple. Hay nieve profunda en polvo, que resulta agradable de pisar, pero muy cansada de ascender. Hay cencellada que se rompe como cristales y hay hielo en las zonas donde los regueros que bajan a la vaguada se han congelado. La ladera mantiene un desnivel homogéneo, que parece que no, pero es exigente, sobre todo porque me hundo constantemente. Da lo mismo, es una gozada.

 Nadie desde que dejé el parking. Silencio absoluto. Sólo mi respiración y la cencellada quebrándose cuando la piso. Paro a menudo para hacer fotos y, ahora que nadie me oye, para recuperar el resuello.

 El sol a mi derecha, sobre los resaltes previos a la cima de Cabeza de Hierro Menor. A mi derecha un montículo rocoso que encierra la canal de ascensión. Bajo mis pies un mundo blanco y silencioso que la luz hace restallar. Esto es un regalo. Y es para mí.

Parece fácil, y sin duda lo es, pero no se aprecia el desnivel, que lo tiene. Al final del reportaje, con imágenes tomadas desde una perspectiva diferente se puede comprobar que no iba silbando ni tocándome las narices. De hecho, a pesar de encontrarme en muy buena forma física tras un mes de entreno magnífico, tenía que detenerme a menudo. Mi ventana de tiempo se cerraba a las 14:00 para llegar a la cima. No quería retrasarme más.

Aquí me detuve a ajustarme un crampón, que estaba algo suelto. Se percibe mejor el desnivel que tiene la canal. Y esas son las huellecillas que voy dejando a mi paso. ¿He dicho ya que estaba disfrutando como un enano?

Me queda ya poco para llegar al final de este primer tramo de mantenida ascensión. Al llegar arriba se suaviza bastante. A pesar del esfuerzo me da un poco de pena terminar. Pero a la vez voy mirando el reloj porque estoy tardando bastante y quiero mantener mi crompomiso horario.

Life breaks through

Nadie diría que aquí puede sobrevivir nada. Pero estos retorcidos matorrales aguantan vientos heladores, suelos desnudos, un sol implacable. La vida siempre se abre paso.

Toca ahora un flanqueo de Oeste a Este que parece muy sencillo. No es exigente como el primer tramo y uno puede descuidarse, confiarse… y terminar rodando ladera abajo hasta el mismo valle, seiscientos metros más abajo. La caída desde aquí es imparable, porque sólo hay una capa de cencellada de unos 5 cms. Con el piolet la rasco, dejando ver enseguida la pedrera. Si tropezara o perdiera pie aquí, sería imposible practicar la autodetención con el piolet: nada me podría frenar. Es en estos tramos tan sencillos en los que es más fácil perder la concentración, bajar la guardia y tener un disgusto.

Es difícil apreciar en las fotos el desnivel que tiene esta ladera. Pero doy fe que lo tiene. De cualquier modo, no tengo el menor problema en seguir avanzando entre vidrios plumosos que se rompen a mi paso. Un sonido cristalino y puro que me acompaña en este lugar tan hermoso.

Aquí traté de reflejar todo lo ascendido. Desde el bosque de la derecha, subiendo por toda la vaguada de desagüe del circo glaciar, hasta aquí arriba. Para tener referencias, los puntitos que se ven en el centro de la imagen sobre la nieve, son árboles. Me siento genial. Los gemelos algo cargados por el cramponeo, pero fuerte y lleno de energía. Alguna barrita y un poco de agua son suficientes para hacerme continuar.

Sigo hacia el Este por un terreno similar. No es exigente físicamente pero hay que andarse con cuidado. La ladera es un tobogán de cientros de metros. Pero ya veo la Cabeza Mayor.

¿Qué puedo decir? ¿Alguien se atreve a describir estas formas mágicas que surgen a mi paso? Prefiero guardar silencio, como hice cuando pasé entre ellas. Hagámoslo en silencio, con el mayor respeto por nuestro hermoso planeta.

Entro ya con decisión en los resaltes graníticos de Cabeza Mayor. El terreno es una mezcla de rocas cencelladas que conviene no pisar: esas hermosas plumas de hielo se quiebran y no puedes confiar en que te retengan. Entre las rocas, nieve más profunda que me aguanta, pero me obliga a un mayor esfuerzo. Es muy agradable y entretenido transitar por aquí.

Una mirada atrás me muestra la cima de Cabeza de Hierro Menor (2.374 m) que visité hace poco. Sólo tienen una diferencia de 5 metros entres sus respectivas cimas. Pero entre ellas hay un collado a 2.216 m, lo que conlleva un desnivel importante que las separa.

Cabeza de Hierro Menor (2.374 m)

Siguiendo la mirada atrás, vemos la pedrera que baja desde el collado hasta el valle y que está cubierta de cencellada por la que hay que caminar con precaución. Al fondo vemos Valdemartín y las antenas de Guarramillas.

Esto se pone interesante. Aunque podría evitar pasar por aquí flanqueando los resaltes, hay que jugar un poco. Y esto es mejor que la Wii.

El tubito tiene unos quince metros y es divertido. El piolet se clava de maravilla y subo disfrutando.

Me habría pasado un buen rato por aquí, pero enseguida veo la salida del tubo y la antecima de Cabezas.

Ya he subido casi todo lo que me quedaba por subir. Esta es la perspectiva desde la antecima.

Esto se acaba. Ya sólo tengo que avanzar entre unos cuantos resaltes graníticos y veo el vértice geodésico… y a un chaval sentado en él. Cachis… yo que quería la montaña solita para mí. Pero tiene algo positivo y es que tengo fotógrafo particular (yo hice lo mismo con él, por supuesto).

Cima de Cabeza de Hierro Mayor (2.381 m)

Son las 13:25. He tardado 3h33 desde la salida, y 2h14 desde el circo. No son tiempos netos porque pierdo enormes cantidades de tiempo con las fotos. Pero si le sirven a alguien de mínima referencia, perfecto. Obviamente se puede hacer más rápido. Y si se hace a primera hora con la nieve más dura, aún más ligero. Pero esos fueron mis tiempos.

El montañero se va y me quedo un rato en la cima, tomando fotos y reponiendo las fuerzas con barritas y un caldito caliente. Sopla el viento y cambio el chaleco de Soft Shell por la chaqueta de membrana.

Lara desde el vértice

Cabeza de Hierro Menor desde la cima de la Mayor

Menor y Maliciosa desde la cima

La Mujer Muerta desde la cima

Asómate de Hoyos y Matasanos desde la cima

La Pedriza

13:40 – Inicio el descenso, contentísimo por haber llegado aquí por el lugar donde lo he hecho. En el descenso hacia el collado me encuentro otra irresistible formación de hielo.

Y tengo una magnífica vista de la Cabeza Menor.

Cabeza de Hierro Menor (2.374 m)

Llevo 4 horas en marcha y me siento muy feliz del día redondo que estoy disfrutando. Sé que me quedan por lo menos 3 horas más de ruta, la mayor parte de ella por terreno muy conocido. Llego al Collado (2.216 m) que debo sumar a mi lista de dosmiles e incio la ascensión a la siguiente cumbre. Subir a Cabeza Menor me resulta cansado, quizás porque el objetivo ya estaba cumplido y la nieve me lo pone difícil: el calor aprieta, la nieve se transforma y en las laderas me meto hasta el corvejón en merengue.

Maliciosa desde Cabeza Menor

Maliciosa desde Cabeza de Hierro Menor

Mundo blandito

Helicóptero de rescate

Abejorro de rescate

Desde el Collado de Valdemartín se aprecia perfectamente la vía por la que he ascendido desde el Valle de la Angostura hasta Cabeza de Hierro Mayor. Yo creo que no está nada mal.

Mi camino desde el valle

 Subir de nuevo a Valdemartín es extenuante con el calor y la nieve. Pero en la cima sopla el viento helador y tienes frío y calor al mismo tiempo. He estado ya aquí muchas veces, pero hoy la luz es irrepetible y tengo que hacer algunas fotos.

Guarramillas desde Valdemartín

Guarramillas desde Valdemartín

Tras muchos subes y muchos bajas, sobre una mezcla de nieve blanda, puré de nata y cencellada quebradiza, llego a las pistas superiores de Valdesquí, donde hay más gente de la que imaginaba para ser un martes cualquiera de febrero. Al final no soy el único parásito de esta sociedad.

Este tramo me resulta ya agotador, porque el camino acostumbrado para hacerlo, más llevadero, lo ocupan esquiadores. A mí me relegan al roquedo helado. Pero para eso estamos aquí, monín.

15:36 – Por fin llego al final de las pistas y al inicio de la Loma del Noruego. Barrita y me termino el agua.

Loma del Noruego

Sé que me espera ahora un recorrido rompepiernas de continuas subidas y bajadas. Lomas de poco desnivel, pero muchas. Me lo tomo con filosofía: todo ha ido bien, he disfrutado, he gozado de un día perfecto y no puedo estar más contento. Así que despacito, pero sin pausa, comenzo el camino de regreso a Cotos.

Peña del Águila (2.004 m)

Otro de los dosmiles al cesto: Peña del Águila (2.004 m). Aunque sea por tres o cuatro metros (según los mapas), ese vértice supera los dosmil. La luz de la tarde se vuelve dorada y proyecta mi, ejem, gallarda sombra delante de mis propios pasos. Me duelen los gemelos. Se me hace un poco largo el camino. Cae alguna barrita más.

Siete Picos y Mujer Muerta

Los inmensos pinares segovianos

Valdesquí en el Circo de las Guarramillas

Cabezas de Hierro desde la Loma del Noruego

En esta imagen se aprecia mejor el desnivel desde el circo (cuyo fondo está oculto por la loma en primer término), el flanqueo hacia el Este en dirección el collado y luego los resaltes de Cabeza Mayor. Y también se ven otras vías hacia la cima que, sin la menor duda, tengo que explorar.

Bunker en la Loma del Noruego

Cuando llego al búnker sé que ya no me queda nada. El día ha sido grandioso e inolvidable. Un último vistazo a las montañas que hoy han sido mías.

Gracias y adiós

Llego al Puerto de Cotos a las 17:10 tras 7h20 de actividad. Me hidrato, me quito los chismes y trato de ordenarlos en el maletero. A las 17:30 salgo hacia Madrid.

Soy muy muy afortunado.

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Cabeza de Hierro Menor invernal en solitario

El haber probado las mieles del glaciar en julio me hacía tener ya ganas de nieve tras el largo y cálido verano matritense. Daba por sentado que la nieve estaría mal. Pero el tiempo para el sábado parecía bueno, sin fríos heladores ni vientos huracanados. Así que me decidí a repetir el recorrido llamado Alpine Zerolée realizado en mayo con Jesús y Paloma.

Estrictamente hablando no me puedo apuntar esta ascensión como invernal, puesto que hasta el día 21 de diciembre seguimos en otoño, y aunque haya nieve, niebla o caigan chuzos de punta, no se puede decir que sea invierno. Pero como no tengo que demostrar nada a nadie, ni tiene la menor trascendencia, para mis registros personales he repetido la ruta en invierno, y ya está. Las quejas al maestro armero.

Confirmando una vez mi sorprendente eficacia, comienzo a caminar desde el parking de Navacerrada a las 09:30 tras haber dejado preparado un hermoso cocido madrileño (que resultó ser luego calificado de “excelente” por los comensales). El día está tranquilo, no hace frío y parece despejado. Veo en el termómetro del puerto que hay 1ºC, lo cual es bastante. La única pega es que mi brújula electrónica con termómetro que llevo siempre se ha quedado sin pilas tras varios años de uso y no lo he comprobado en casa. Así que iré sin termómetro (me da igual) y sin brújula (debería darme igual, porque el recorrido lo conozco y no tiene pérdida en condiciones normales). Tan confiado voy a pesar de que he incumplido mis propios consejos sobre orientación que he publicado aquí hace un par de semanas, que ni meteré waypoints en el GPS ni nada. En casa del herrero, etc.

Comienzo a subir por el senderillo que se dirige hacia la Cuerda de las Cabrillas, con bonitas vistas de las primeras horas del día sobre el valle. Hay nubes bajas y resulta agradable.

Comienza la subida en dirección a la Cuerda de las Cabrillas

Comienza la subida desde el Puerto de Navacerrada

El primer kilómetro se hace sin sentir, ya que el senderillo asciende de manera muy suave.

Emburriadero

Aquí se cambia de vertiente y comienza a soplar el viento y hace ya algo más de frío. Pero la luz es muy bonita y da gusto subir por este senderillo.

Cuerda de las Cabrillas

Nubes en los valles

Tengo una visión magnífica de los Siete Picos desde una perspectiva poco identificativa. A su izquierda, Peña del Águila, el Cerro Malejo  y la Peñota. Más a la izquierda, la Sierra de Malagón, con Cueva Valiente.  Y como telón de fondo, la Sierra de Gredos. No está mal.

Examen de geografía serrana

Desde este punto comienzo a ver los cristales que se han ido formando. Nieblas cerradas, temperaturas bajas y vientos fuertes provocan esta curiosa cencellada. No sería nada en comparación con lo que me espera más arriba.

Pisando cristales

Pisando cristales

Me da la impresión de que crecen como fractales. Las Matemáticas en el alma de la Naturaleza, por supuesto.

Plumas de hielo

Empalmo con la pista que sube a Bola y veo a varias personas que suben como yo. Pero al llegar al desvío hacia la Cuerda, me quedo solito, como siempre en la vida. Miro atrás para ver el mar de nubes que hay en la llanura castellana.

Cordales y nubes

La nieve está muy rara. Hasta ahora el camino está pisado y blando en general, pero al quedarme solo, el suelo es una masa de cristales quebradizos, curiosos de pisar. Se quiebran bajo las botas con un sonido de vasos rotos. Pero en ocasiones tras esa capa de cencellada hay nieve profunda. No me he puesto las polainas en otro exceso de confianza. Mis pantalones tienen protección impermeable hasta las rodilla y no parece que vaya a haber demasiado problema. Así que sigo sin detenerme más que para hacer mis acostumbradas decenas de fotos; lo cual, es un coñazo del que me estoy hartando.

Desde aquí el camino está muy claro: bajar al Collado de Guarramillas, ascender el Cerro de Valdemartín (donde se ve la caseta con la antena), descender al Collado de Valdemartín y comenzar la dura subida hasta Cabeza de Hierro Menor. De ahi, mi intención era llegar a la Mayor. Como el tiempo parece estupendo, decido que llegaré al vértice de la cima, que con sus 2.381 m, es la segunda cota de la Comunidad de Madrid. Chupao.

Valdemartín y Cabezas de Hierro

El hielo de la cencellada es muy fotogénico. La luz de la mañana incide en los cristales de una manera mágica.

Hielo en la mañana

Fractales

Alcanzo el pequeño señalizador de las cumbres. Ha debido tener su buena capa de cencellada, de la que ya queda poca. Desde aquí se aprecia el macizo de Peñalara… que ya no veré más durante la ruta.

Peñalara desde la Cuerda Larga

Si eso tengo a mi izquierda, a mi derecha veo las luces de la mañana sobre el embalse de Santillana, la Pedriza y el Cerro de San Pedro. Pienso que soy un privilegiado por poder estar aquí, viendo y disfrutando de estas maravillas. A poco menos de una hora de Madrid-Mordor puedes encontrarte en completa soledad a dos mil metros y en equilibrio con la Naturaleza.

Embalse de Santillana y Cerro de San Pedro

Vista atrás para fotografiar –una vez más– el complejo de antenas que siempre asocio a Tintín en la Luna. Un grupete de montañeros con un perro me sirve de modelo. Recordemos este punto, porque luego a la vuelta haré de nuevo una foto justo desde este señalizador de cumbres…

Tintín en la Luna

Una imagen más desde aquí, para ver la cara norte de la Maliciosa, tan diferente de su perfil sur, mucho más abrupto y salvaje.

Cara norte de la Maliciosa. Al fondo a la izquierda, las Torres de Mordor

Para bajar al Collado de las Guarramillas (2.158 m) hay que atravesar un pequeño resalte rocoso, que presentaba este bonito aspecto con la cencellada.

Rocas cencelladas

Desciendo al Collado y me toca subir la larga cuesta que conduce al Cerro de Valdemartín (2.272 m) dejando a la derecha la caseta con la antena, ambas cencelladas a conciencia. La nieve está blanda en la subida y me arrepiento de no haberme puesto las polainas. Menos mal que los pantalones me protegen bien la caña. Pero prefiero no parar porque cada vez hay más niebla en la vertiente de Peñalara y el valle de la Angostura.

Cabezas de Hierro desde el Cerro de Valdemartín

Desde aquí veo ya la cara norte de Cabezas de Hierro. Mi objetivo es la ascensión invernal en solitario de esa cara norte. Quiero hacerla en enero, con mejores condiciones de nieve dura. Sé que está por encima de mi experiencia y capacidad. Pero es un reto que quiero afrontar. El año 2010 lo quiero empezar ahí. Yo solito por esos tubos.

Cabezas de Hierro decapitadas

Pero mientras intento ver cuál sería el ascenso más sencillo por ahí, las nubes van cubriendo mi camino. A una velocidad pasmosa están apoderándose de todo el valle y las cumbres. Las cimas ya están cubiertas. Aún así, veo perfectamente los característicos tres resaltes que llevan a la Cabeza Menor. El último es el más duro y el que más me va a costar.

Afortunadamente, hay algunas huellas de homínidos recientes que me marcan el camino entre la niebla creciente. No hace un frío excesivo: llevo una camiseta de manga corta térmica, una de manga larga de Cool-Max, un forro polar fino y una chaqueta Soft-Shell, gorro y braga de polar, y guantes de polar con cortavientos.

Subiendo a Cabeza de Hierro Menor

El viento es moderado y no me preocupa en estos momento. Sólo se trata de ir subiendo buscando el mejor camino, o el que los que me han precedido han elegido como el mejor camino. Lo malo es que la niebla me envuelve a cada paso que doy.

Dentro del vaso de leche

Dentro del vaso de leche

Hay momentos en que no sé ni dónde estoy. No veo más allá de unos pocos metros. Sé que no me queda mucho para la cima, pero sería una pena (al menos para mí) desviarme un poco más de la cuenta a la izquierda y practicar el vuelo sin motor. Y si me desvío a la derecha iría a una cresta que une Cabeza Menor con otras cotas de dosmiles sin nombre (y que no tengo en la colección). Lo único bueno es que la niebla se mueve con rapidez y me deja ver durante algunos segundos el camino. Y las huellas de las botas de los que me preceden.

Me fiaré de las huellas

Ya sólo me queda el tercer resalte y lo paso un poco mal. Hay que flanquear por el lado noroeste el peñoncete final. La niebla es espesa y la nieve está aquí helada. Bueno, como siempre aconsejo, hay que ir preparado a la montaña… Mi brújula sin pilas, mis polainas en la mochila, mi piolet colgado en la misma, y los crampones… dentro de ella. Vamos, que no soy más tonto porque me entreno sólo tres días a la semana. ¿Qué hago, me paro aquí en medio de esta rampa rocosa a ponerme los crampones? ¿Merece la pena? ¿Saco el piolet? A tomar por culo, sigo subiendo, que ahora hace un frío helador y no me quiero parar. Algún resbalón después (seré cenutrio) supero el último repecho rocoso y salgo a la antecima. Me tengo que esperar un poco para verlo, porque hay mucha niebla. Pero se mueve con rapidez.

Unos segundos de visión hacia la Pedriza

Me siento tras una roca y me hidrato con un caldito caliente, me como una barrita y me pongo las polainas y los pinchos. Un poco más abajo está el grupito de montañeros que me precedía. Están charlando amigablemente mientras reponen fuerzas. Aprovecho unos segundos más de tregua en la niebla y fotografío la cima de la Menor (2.374 m).

Cabeza de Hierro Menor (2.374 m)

Compruebo que han quitado el feo palo que estaba enganchado a la tubería (que aún está) que alguien había metido en las rocas. Desde la misma cumbre tengo a mi derecha una magnífica visión de la Pedriza.

La Pedriza desde Cabeza de Hierro Menor

Pero el respiro es breve. La niebla vuelve a cubrir toda la zona y me preocupa que cada vez la cosa haya ido a más. Mi idea era alcanzar la cumbre de la Mayor. Pero el panorama es desalentador.

Cabeza de Hierro Mayor desde la Menor

Les pregunto a los montañeros que están abajo si van a continuar hacia la Mayor. Me responden que no, que ya se vuelven. Vamos, que me toca ir adivinando el camino hacia el collado y luego hacia la cima de la Mayor entre la niebla y sin más referencias. El viento aqui es intenso y me pongo encima la chaqueta de membrana. Tengo que tomar una decisión. Voy bien de tiempo. He tardado dos horas y media justas hasta aquí. Llevo veinte minutos en la cima, mientras me he puesto el equipo y he comido algo. Es pronto aún y me daría tiempo a ir y volver hasta la siguiente cumbre. Sé que la niebla se va a instalar en toda la cuerda. Porque éste es el panorama que tengo del camino recorrido.

Por encima de las nubes

Creo que el problema no es tanto llegar a la siguiente cima sino regresar de ella, subir de nuevo a la Menor y bajar hasta el collado. Creo que desde ahí –aunque me envuelva la niebla– no me perdería ni me metería en demasiados problemas. El grupo de chicos se pone en camino, se despiden de mí y tomo la decisión de volver. Me mantengo a corta distancia para oír sus voces y no despistarme demasiado en la bajada.

¿Prudencia? ¿Miedito? ¿Ataque de mariconismo? Quién sabe. El caso es que me alegro de tener a alguien delante mientras bajamos por los diferentes resaltes. Ellos también van con piolet, y aunque no es estrictamente necesario, da cierta confianza al bajar.

Hay que joderse. En cuanto bajo de Cabeza de Hierro Menor y llego al collado de Valdemartín, las nubes se vuelven a abrir y veo despejada por completo la cumbre. Así de cabrona es la montaña. Me río yo solo. Me hago una espantosa foto mirando de dónde vengo y lo cagao que he sido.

El Yeti

Diré en mi defensa que pocos minutos después la niebla volvería a cubrir toda la cuerda. Pero ahora dispongo de un buen rato de luz y nieve. Es todo muy hermoso. No sopla el viento helador de la cima y disfruto del recorrido. Sólo se oye el cristalino quebrarse de la cencellada bajo mis botas. Elijo el camino que me llevará a la antena de Valdemartín para ir por terreno más virgen y con vistas a la Pedriza y Maliciosa, porque a mi derecha, Peñalara y la Angostura son un vaso de leche.

Maliciosa

Desde el Cerro de Valdemartín veo el rápido trasiego de nubes que van y vienen, cubriendo y despejando en segundos todas las cumbres. No deja de ser un espectáculo muy bello y disfruto mucho de cada momento. Reconozco que me gusta estar solo en estos sitios. No tener que hablar. Sólo mirar y caminar.

Guarramillas desde Valdemartín

Y a mis pies, las plumas de hielo que tintinean como copas de cristal.

Cencellada

Cencellada

Desde aquí me siento ya totalmente seguro. Por muy mal que se pongan las cosas, no tengo el menor problema en seguir el camino. Aunque me envolviera la niebla sabría llegar a las antenas. ¿Niebla? Sólo hay que girarse para ver el camino que acabo de realizar. Ya no se ve.

De allí vengo…

La cencellada en las rocas crea extrañas y caprichosas formas. En el resalte rocoso previo a Guarramillas encuentro motivos para disparar una y otra vez la cámara.

Resalte rocoso en Guarramillas

Resalte rocoso en Guarramillas

Rocas cencelladas

Me recordó un indio con su penacho de plumas

Me recordó un indio con su penacho de plumas

Tras hablar de Dune la semana pasada… me recuerda la boca de un gusano de arena, con los dientes de cristal que los Fremen usaban como cuchillos Crys

Y llego de vuelta al señalizador de cumbres. Poco señala ya. Veo que se ha caído el hielo y descubro algo que no sabía. Señala la Barranca… del Infierno. No sabía que el precioso valle que tantas veces he visitado tenía ese apellido tan ominoso. Aunque una vez lo pasé mal en invierno por ahí. Pero el infierno es otra cosa: se encuentra a 70 km de aquí y viven en él 4 millones de demonios. Esto es el cielo.

Buenas vistas…

Y desde aquí remito a la imagen que hice a primera hora de las antenas de la Bola del Mundo. Es el momento de tomar otra instantánea. Aquí están las antenas.

Tintín, ¿estás ahí?

Es sorprendente que una cosa tan grande no se vea desde aquí. Estoy al lado y sin embargo no me podrían servir de referencia si anduviera perdido. Menos mal que hay estas balizas. Estoy de nuevo inmerso en la niebla densísima, que me permite tomar esta imagen tan sugerente en cuanto me acerco a las instalaciones. No está retocada.

Espectros

Al llegar aquí, vuelve la civilización. Hay mucha gente que ha subido en el telesilla a disfrutar de las primeras nieves. No tengo nada en contra, pero veo zapatillas de deporte, vaqueros… Vamos, lo típico. Para mí la excursión ha terminado en cuanto tropiezo con humanos.

Sólo me queda descender al puerto. Aún puedo captar alguna imagen hermosa del valle.

Bajando al Puerto de Navacerrada

Y me despido con las nubes que hoy han sido protagonistas de esta hermosa ruta.

Mar de nubes

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Aún me quedan algunas montañuelas que subir para cerrar el ciclo de 103 dosmiles de Guadarrama. Y se está haciendo un poco largo porque le dedico más tiempo a correr que a montañear.

Aunque en principio era un proyecto para realizar en solitario (como el amor), no me importaría compartirlo con quien se apunte y le apetezca. Lo que me queda es bastante sencillo técnicamente y no requiere más que una forma física adecuada y equipo ligero de montaña.

  • Cordal de la Mujer Muerta, con posibilidad de dormir en refugio y regresar al día siguiente.
  • Cuerda Larga completa con incursión en el collado que la une con la Pedriza (posibilidad de dormir en el Pingarrón y regresar por el valle al día siguiente).
  • Macizo de Tres Provincias en Somosierra (quizás habría que esperar a que llueva para disfrutar mejor la cascada).
  • Ascensión a la Flecha por el puerto de las Calderuelas.

Por otro lado, mi nuevo proyecto es conocer a fondo La Pedriza. Eso implica perderse, advierto. Y pasos de trepada y algunos destrepes con los cojoncillos en la garganta. Se pueden hacer decenas de excursiones desde muy fáciles a muy difíciles. No me importaría realizar la integral de la Pedriza haciendo vivac en algún lugar remoto y salvaje.

También quiero, pero esto en solitario, realizar ascensiones invernales a Peñalara, Maliciosa y Cabezas de Hierro. Ahí sí que no me gustaría llevar compañía porque implican un riesgo alto al que no quiero someter a nadie. Eso lo haré solito y asumiendo personalmente lo que venga.

Cualquier otra propuesta será bien recibida.

Favor de apuntarse.

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Etapa 3. Mirador de los Robledos – Puerto de Cotos por el valle de la Angostura.

No hay nada mejor para dormir que llevar una paliza en el cuerpo como la que me había pegado ayer. He dormido como un bebé (aceptando que los bebés duermen, cosa que muchos padres saben que no es cierto: los mamoncetes descansan por el día para poder estar frescos durante las horas nocturnas y entablar largas conversaciones mediante gritos y aullidos con sus benévolos progenitores).

Me han despertado un par de veces algunos ruídos interesantes, como ladridos de corzo y gruñidos de jabalí, que han venido a investigar el curioso habitante que pernoctaba esta noche en sus dominios. Pero me han dado las 7 y pico en el saco, calentito y bien descansado. La luz dorada de la mañana filtrada por las copas verdes y las cortezas salmón de los pinos silvestres ha inundado de una bellísima atmósfera el bosque donde he amanecido. Me levanto de magnífico humor, muy descansado y con los depósitos de energía a tope.

Mi jardín es más bonito que el tuyo

Mi jardín es más bonito que el tuyo

Hoy no tengo horizontes, ni escarpadas aristas. Pero la naturaleza sigue siendo maravillosa en todo momento.

Amanecer en el bosque

Amanecer en el bosque

Y no estoy solo durante mi desayuno a base de café instantáneo, leche condensada y galletas rellenas de chocolate. Un pequeño invitado se ha apuntado a tomar algo.

Pequeño saltamontes

Pequeño saltamontes

Levanto el campamento, reordeno la mochila y me acerco a la fuente a reponer líquidos. Doy por supuesto que las fuentes que vienen dibujadas en dos de mis mapas son entelequias incorpóreas y habré de pasar toda la mañana con los tres litros que llevo. Tengo la (equivocada) impresión de que sólo me resta un paseíto para regresar de nuevo al Puerto de los Cotos y me tomo todo con tranquilidad. Tanto, que hago alguna foto desde el Mirador de los Robledos.

Valle de Rascafría desde el Mirador de los Robledos

Valle de Rascafría desde el Mirador de los Robledos

Estoy listo. Salgo con alegría hacia mi nuevo destino. Había llegado a Cotos desde este mirador utilizando el camino del Palero, pero nunca el de la Angostura. Así que también estaba deseando conocer ese camino paralelo al río del mismo nombre.

Back home

Back home

Recorro el trayecto que hice ayer a última hora con los labios secos, ahora bien repleto de agua y con una actitud más positiva. En pocos minutos estoy de nuevo en el RV1, entre robles y un frescor que anima a caminar. Un poco después resuena el agua de una manera inequívoca: hay un salto de agua importante. Es la presa del Pradillo, que sería una antigua y pequeña central eléctrica. Me desvío del camino para visitarla.

Restos de la presa del Pradillo

Restos de la presa del Pradillo

 Un mínimo sendero en la umbría me conduce al pequeño salto, bastante fotogénico.

Salto del Pradillo

Salto del Pradillo


Enegía cinética

Agua, luz, energía

Para producir ese pequeño salto, las aguas del arroyo fueron embalsadas, proporcionándome unos buenos motivos para mi incansable ojo electrónico. El lugar es realmente bonito y tranquilo.

Presa del Pradillo

Presa del Pradillo


Las aguas de cristal verde de la Angostura

Las aguas de cristal verde de la Angostura

El verde de los robles y el azul del cielo

El verde de los robles y el azul del cielo

Mirando hacia la presa y el salto

Mirando hacia la presa y el salto

Estoy encantado con el camino tal y como se desarrolla hasta ahora: es un precioso bosque mixto de robles y pinos, casi de cuento; amable, bonachón, sencillo de recorrer y sin pérdida gracias al río y las balizas del RV1. Van pasando los kilómetros sin sentir, con una subida apenas insinuada: Rascafría es un pueblo que está a la nada despreciable altitud de 1.163 m, pero el Puerto de los Cotos se eleva a 1.830 m. De forma que el desnivel es de casi 700 metros. Hasta ahora es casi imperceptible la subida. Sin embargo, los robles escasean más y el pino silvestre se enseñorea del camino.
Entre pinus sylvestris

Entre pinus sylvestris

La senda toma ahora una cierta altura sobre el río, de forma que pierdo de vista el agua aunque sigo escuchando el alegre fluir entre rocas y saltos. La humedad del pinar se hace más patente en cuanto que la mancha inmensa de pinos se ve salpicada de algunos abedules, de hermosísimo troco blanco…
Betula spp.

Betula spp.

… y de buenos ejemplares de acebos, algunos en estrecho abrazo con los espigados pinos.
El abrazo

El abrazo

Pero a esta altura ya los verdaderos y únicos señores de este reino son los pinos silvestres, alfombrados de helechos; jugando unos y otros con las luces y sombras y llenando mis sentidos de sensaciones.
Ladera del pinar

Ladera del pinar

En general, las balizas del camino son precisas, están en los momentos que se pueden necesitar, y casi ninguna ha recibido la visita de los vándalos. Estoy a mitad de camino, y vengas desde Cotos o desde el Paular, te has tenido que dar algo más que un buen paseo: eso suele filtrar a los domingueros más tozudos en las tareas de destruir, derribar y ensuciar; más vaguetes, suelen quedarse en las proximidades del coche para realizar su importante labor.

Baliza del RV1

Baliza del RV1

Las horas van pasando, el camino se va transformando en algo más bravío y la soledad y la belleza del bosque son totales. Una hermosa poza de aguas gélidas y cristalinas se alimenta de unas pequeñas cascadas y saltos.

Arroyo de la Angostura

Arroyo de la Angostura


Spa natural

Spa natural


Jacuzzi de la Angostura

Jacuzzi de la Angostura

Un estrechamiento en el río proporciona un caudal suficiente como para llenar esta poza de varios metros de profundidad. Había prometido bañarme en una de ellas. Y aunque la temperatura ambiental es favorable (hace calor y el día se está volviendo pegajoso) y mis músculos agradecerían el descanso y el frío de ese hielo líquido, me lo pienso y decido continuar.

El camino ha dejado de ser de gnomos cantarines para convertirse en un buen sendero de montaña, empinado y duro. Queda claro que hoy por aquí no hay nadie excepto el que anota estas impresiones y algún otro mamífero dedicado justo a eso.

Hola, mamoncete qué haces por aquí...

Hola, mamoncete qué haces por aquí...


Brezo

Brezo

Al cruzar el propio río de la Angostura hacia la margen derecha por el puente de los Hoyones, compruebo que ya he sobrepasado los 1.500 metros de altitud. Queda un tercio del camino y es desde ahora donde esto empieza a tomar desnivel. Hace calor, me arden los pies llenos de ampollas y estoy cansado. Es el último empujón y calculo que cuando pare a comer sobre las 14:00, estaré ya muy cerca de Cotos.

Peñalara al fondo del escenario

Peñalara al fondo del escenario

Otra nueva y magnífica poza me retiene unos minutos. En la explanada cercana es donde leo el cartel sobre la recomendación de tirar la basura bien apagada. A mí ya me resulta increíble que haya que decirle a alguien que no tire basura. Pero decirle que la puede tirar mientras se asegure de que no esté ardiendo… No sé. Estamos todos locos.

Faltan una elfa por aquí con las orejillas al aire

Faltan una elfa por aquí con las orejillas al aire

Me despido de las vacas que me han acompañado desde el Reventón y que han sido los seres más parecidos a mí con los que he compartido el camino estos días. Aquí les hago una foto de familia antes de la despedida.

Foto de familia

Foto de familia

Y yo ya me centro en lo que me aguarda, que no es poco. Estoy realmente cansado. Cada paso se convierte ya en una pequeña tortura debido a mis perennes ampollas. Anoche me fotografié el talón izquierdo para guardar testimonio de mis quebrantos. Pero he borrado la imagen, porque parecía de un leproso comido por las llagas. Muy desagradable incluso para mí, que tengo buenas tragaderas.

El largo camino a casa

El largo camino a casa

Estoy bordeando las laderas abruptas de Cabezas de Hiero, y el desnivel es cada vez más pronunciado. En una intersección la baliza está pésimamente colocada y dudo un poco. Quizás más por el cansancio que por otra cosa. Hace un calor bochornoso y paro unos minutos a tomar algo y consultar los mapas. La decisión final la tomo basada en el sentido común antes que en la información ambigua que me proporcionan tres mapas que no se ajsutan a la realidad y una baliza que colocó el primo tonto de Pulgarcito.

Ahora vuelvo a cruzar el río en un lugar bastante bonito y agreste y me encuentro con una subida sin contemplaciones entre piedra suelta. Al dar el tercer paso hacia arriba la ampolla principal de mi talón izquierdo revienta en un jubiloso chapoteo de sangre, suero y carne viva. Mmmm, si no fuera por el calor, la mochila, el dolor insufrible y las cuestas, igual me ponía cachondo.

Camina o revienta

Camina o revienta

Afortunadamente, el cuestón es bravío pero corto. En pocos minutos se eleva sobre el río casi cien metros, pero luego se relaja y se hace más llevadero. Al terminar la subida tengo unas bonitas vistas de la zona donde estuve el lunes. Qué lejos parece todo aquello…

El eterno retorno

El eterno retorno

Aún tengo que pasar por otro barranco, en el que se despeña el agua de manera bastante dramática, pero oigo voces juveniles y diviso un torso (masculino) desnudo; no voy a bajar para ver a unos adolescentes hacer el ganso y perder el buen humor. Quiero ya encontrar un lugar donde comer y terminar la excursión de hoy, que se me está haciendo ya un poco larga.

El Chorro

El Chorro

Desde la posición elevada en la que me encuentro diviso las instalaciones invernales de Valdesquí en la cabecera del arroyo. Estoy de vuelta a la civilización.

Valdesquí

Valdesquí

14:00 – Tras cuatro horas y media de camino casi sin descanso, llego al refugio del Pingarrón. Está cerrado, sólo abre los fines de semana. Pero no sé por qué tenía la idea de que había una zona abierta durante todo el tiempo. Pero compruebo que no es posible usarlo como emergencia. No puedes acampar, no puedes usar los refugios… lo mejor es venir a lanzar unas latas de refresco, tirar colillas bien apagadas y recogerse antes de que anochezca. Las dos últimas fotos las tomo desde el refu.

Cabezas de Hierro desde el refugio del Pingarrón

Cabezas de Hierro desde el refugio del Pingarrón


Valle de la Angostura desde el refugio del Pingarrón

Valle de la Angostura desde el refugio del Pingarrón

Me quedo unos instantes contemplando el inmenso bosque que he recorrido esta mañana. Miro las montañas, miro los árboles y me siento minúsculo. Un pequeño ser que camina en la inmensidad del mundo. Creerse cualquier otra cosa es olvidar dónde estamos y qué somos.

A los pocos metros del refugio encuentro una praderita con una sombra donde dejar caer la mochila, mis cansados huesos y prepararme la última colación. Una paella valenciana, ¡toma ya! Así que en el fondo no soy más que un dominguero que ha venido hoy al campo a embaularse una paella. Engullo el arroz envasado con apetito, me preparo un café, termino las galletas, y descanso. Esto se ha acabado y me da un poco de pena. Ha estado muy bien, he disfrutado, he conocido parajes nuevos, algo he aprendido y tengo mi mochila de ilusiones un poco más cargada que antes. Las cosas que yo necesito para sentirme bien son realmente simples.

“No pido riquezas, ni esperanzas, ni amor, ni un amigo que me comprenda; todo lo que pido es el cielo sobre mí y un camino a mis pies”. Robert Louis Stevenson.

15:00 – Un kilómetro escaso me separa de mi coche. Descargo el material, me cambio de calzado. Conduzco de vuelta a casa.

Mirador de los Robledos - Puerto de Cotos, por la Angostura (16.67 km)

Mirador de los Robledos - Puerto de Cotos, por la Angostura (16.67 km)

Y la ruta completa circular con variantes: unos 56 kms muy solitarios.

Cotos - Laguna Pájaros - Reventón Norte - Rascafría - El Paular - Mirador los Robledos - La Angostura - Cotos (56 kms)

Cotos - Laguna Pájaros - Reventón Norte - Rascafría - El Paular - Mirador los Robledos - La Angostura - Cotos (56 kms)

Hasta la próxima.

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