Nota del autor: El relato que sigue no es adecuado para menores de edad ni para personas impresionables. Describe situaciones de violencia muy crudas que podrían molestar. Si no eres un adulto responsable, te recomiendo que leas otros cuentos de este blog, veas las fotografías o, aún mejor, aproveches tu tiempo libre en dar besos y abrazos a otros seres vivos.
Segunda nota del autor: La inspiración de este cuento ha venido por los horribles dolores que tengo en las rodillas de manera habitual y la sensación pesada de mis piernas de cemento. El lector no debe olvidar tampoco que soy un puto psicópata y que más le valdría tenerlo siempre en cuenta. Por lo que pueda pasar.
Tercera nota del autor: Dada su temática, no sé si incluir este relato en el prestigioso volumen “Cuentos en futuro imperfecto” o en el legendario “Creciendo y otros cuentos de morir”. O quizás en el siempre más adecuado “Papelera de Güindous”.
Cemento
¾¿Pero qué se ha pensado que somos? ¿Putos albañiles? ¿Cemento? ¿Y eso cómo coño se hace? ¿Qué se cree, que soy el gilipollas de Bricomanía?
Quien así protestaba pesaba ciento diez kilogramos, sobrepasaba los ciento ochenta y cinco centímetros de altura y, aunque nadie sabía muy bien cuál era su nombre, atendía cuando lo llamaban Queco.
Se podía argumentar que tal apodo, alias o diminutivo no cuadraba bien con su enorme físico ni su carácter pendenciero; pero a él le agradaba, o al menos no le disgustaba que se dirigieran a él por ese nombre.
Su compañero, al que enfocaba sus airadas protestas, acababa de hablar con el jefe de ambos por teléfono. No había devuelto el móvil aún al bolsillo del pantalón. Jugueteó con la tapa mientras reflexionaba en silencio. La orden era clara; lo que no era tan evidente era cómo cumplirla.
¾Parece que en el garaje hay un cuartito donde se guardan muchas cosas de ésas. Don Fredo dice que hay un saco de cemento rápido y los útiles para hacerlo.
¾Joder…
¾Venga, tío, no empieces a quejarte por todo. Cada vez me aburres más.
Queco no tendía a asumir las críticas. Era del tipo “te voy a fostiar ahora mismo”, si bien la mayoría de las veces no era necesario llegar a pronunciar tan exquisita aserción. No había que buscarle demasiado las cosquillas. Era un ejemplo viviente del concepto “acción-reacción”. Cualquier mínima acción sobre él desencadenaba una fulminante y dolorosa reacción.
Pero con su compañero era diferente. Queco quería pensar que respetaba a su amigo. También tendía a pensar que era su amigo. Posiblemente aquel no pensaría lo mismo de Queco: no lo tenía por amigo, ni lo respetaba. Trabajaban juntos, eso era todo. Camaradas era una palabra demasiado ampulosa para definir su relación. Compinches era mucho más acertada.
Queco tampoco sabía cómo se llamaba su compañero de armas. De hecho, estaba convencido de que ese cabronazo no tenía ninguno: era un bastardo en toda la extensión de la palabra. Pesaba poco más de sesenta kilos; tampoco era muy alto. Un tipo delgado. Pero con unos puños de granito capaces ¾bien lo podía asegurar Queco¾ de matar a un hombre a hostias.
En la agenda de su teléfono móvil aparecía como “1”: porque era el número al que más veces llamaba y porque ¾eso nunca lo reconocería Queco¾ él era el número uno de la pareja, el que dirigía, el que tenía las mejores ideas y decía lo que había que hacer.
Al que llamaba siempre don Fredo.
Ambos eran… bueno, ya se estará el lector haciendo una idea.
¾¿Cemento? ¿Qué coño vais a hacer con cemento, palurdos? Soltadme de una puta vez y a lo mejor os permito vivir. Con una pierna o dos de menos, pero vivir.
El que así amenazaba era un hombre prácticamente calvo. Muy bronceado. De edad indefinida entre los cincuenta y los sesenta. En buena forma. Muy hortera. Muy chulo.
Muy jodido. Pero aún lo ignoraba.
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Siguiendo los consejos de Blus, he sacado de la biblioteca el libro “Diarios de las Estrellas I. Viajes“, del ucraniano, o polaco, o soviético, Stanislaw Lem. En efecto, el primer cuento (Viaje Séptimo) aborda con sabiduría, gran sentido del humor y revueltas inexperadas el asunto –siempre
interesante– de la duplicación del tiempo y sus residuos temporales. En mi torpeza e ignorancia (nunca había leído nada de Lem porque lo consideraba infumable) fantaseé con haber tenido una idea novedosa sobre el tiempo, en forma de basura, con horribles derivaciones.
Es cierto que mi cuento de los amagostos no es burda copia (aun sin saberlo) del de Lem. En mi descarga creo poder justificar que parte de otros supuestos y llega a otras inquietantes consecuencias. En mi contra, para ser realista, el mío es chapucero y escrito a toda prisa y sin cuidado mientras que el de Lem rezuma profesionalidad e inteligencia.
Pero es que no doy para más.
Los siguientes viajes de Ijon Tichy son todos deslumbrantes e hilarantes: en el octavo tiene que soportar la evaluación a los terrícolas antes de unirse a la Federación Estelar (con desternillantes implicaciones sobre nuestro origen); en el undécimo es un espía en un planeta de robots sádicos que hablan como en la Edad Media hasta que descubre que no hay ni un solo robot; y así en situaciones cada vez más hilarantes y sorprendentes.
Además de la prodigiosa imaginación, el sentido del humor y el oficio en saber contarlo, destacaría su visión (realista, cruda, irrefutable) sobre los seres humanos. Es sobre todo, un tratado de psicología sapiens. El que se crea el rey de la creación, mejor que lea otras cosas (si es que tales personas saben leer).
O lo pasará mal.
A pesar de todas las fatigas y sufrimientos que me había causado, estaba contento del cariz que habían tomado los acontecimientos, puesto que me fue devuelta la fe, mermada por unos maleantes cósmicos, en la bondad innata de los cerebros electrónicos. Qué agradable es pensar, en resumidas cuentas, que sólo el hombre puede ser un canalla.
Stanislaw Lem, Viaje Octavo.
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Sé que no está de moda. Incluso parece estar a punto de ser perseguida por la ley: debemos mostrarnos felices y animados en todo momento, pues podemos comprar todo tipo de majaderías que nos ofertan para nuestra eterna diversión.
Pero a veces uno debería poder decir simplemente: Estoy triste.
Y ya está, no pasa nada. No es para morirse ni para preocuparse en exceso. Es sólo un rato de tristeza que viene y va. Sólo eso.
Mi termómetro de tristeza lo suele marcar el martes. El lunes nunca corro, pero si el martes no estoy rabioso por ponerme las zapas y salir como un loco a correr… malo. Ayer me hice el remolón y empecé a dudar. Síntoma claro de que estaba de bajoncillo. Por razones familiares uno a veces tiene que guardarse los malos momentos y transformarlos en otra cosa. Y así lo hice. Pero esta semana me toca tristeza y así lo asumo.
Otros síntomas que no se me escapan: bajada de defensas y necesidad de comer chocolate. Hace bastantes días me quemé los dedos al sacar una bandeja del horno. En situación más propicia las ampollas se me reabsorberían en pocos días y las quemaduras cicatrizarían sin dejar ni marca. Hoy aún llevo dos dedos vendados y no me han cicatrizado; incluso me duelen. El fin de semana me quemé los labios por el frío y el sol, y ahora me está apareciendo un herpes (virus latente que todos portamos y que se manifiesta cuando el organismo está débil o luchando contra una infección).
Muscularmente estoy hecho migas. Tengo contracturas hasta en las pestañas. Hoy ha sido un verdadero acto de voluntad echarme a correr. Me dolía todo. Vistazo a la página del INM: temperaturas frías y viento del norte. Me pongo mallas largas y una segunda capa térmica sobre la camiseta. Incluso echo unos guantes finos. Cada día tengo más frío. No entro nunca en calor. Comienzo a correr helado. Y digo correr por no decir arrastrarme. Los tres primeros kilómetros voy a 5:41 hecho polvo, con las piernas como el cemento, con dolores punzantes en gemelos, rodillas, tibiales… Estoy pensando seriamente dejar de correr. Qué asco me doy. Trato de recomponer la figura y hago movimientos que quiero pensar que son más cercanos a la carrera. Necesito aire frío en la cara, joder. Hace a la vez calor y frío. Me aso de calor cuando me protegen del viento los árboles, y me muero de frío cuando el aire me congela el sudor. Tengo peores sensaciones que Pink Floyd en Operación Triunfo. Intento buscar un recorrido nuevo y lo consigo en parte. Al menos cambiar, modificar la rutina. Encuentro una variante que no me disgusta. Sobre el k6 me duelen menos las tibias, pero más las rodillas. Sobre el k8 me trae por culo todo. En el 11 ya voy más suelto. Decido hacer un tercio de maratón: 14k a 5:28. Me alegro de haber salido.
Pero estoy, y estaré, triste.
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Así suelen conocerse los picos aislados en una llanura. El asunto geológico es complejo y no aburriré a las ovejas intentando explicarlo. La gente prefiere culos y vulvas antes que sinclinales y sedimentos del terciario. Como ejemplo de cerro testigo en Madrid tenemos el Cerro de San Pedro, al que le tengo muchas ganas y que quiero ascender este otoño.
El que nos ocupa ahora se llama Pico de Navas o Picón de Navas. Se encuentra en Burgos, en la misma frontera con Soria. El pueblo a sus pies es Navas del Pinar.
En sus laderas hay un inmenso tapiz de cantuesos y tomillos, que tienen que darle un color increíble en verano. Imagino el morado del cantueso, el verde de los pinos, el blanco del caolín, el azul del cielo y el gris de la caliza.
Para subir hay que llegar primero al collado que se ve en la fotografía. Una vez allí, hay que buscar la manera de ir ascendiendo poco a poco y con cuidado entre los piedrotes hasta alcanzar la cima que, aunque no se aprecie desde abajo, es una enorme meseta. Hay una gran cruz de madera que mira al pueblo de Navas del Pinar, y a unos doscientos metros a la derecha según vemos la imagen, el vértice geodésico: apenas 1.356 metros (según mi GPS, tres o cuatro menos según los mapas) que dan para mucho.
Las vistas desde la cima son fantásticas: calculamos unos 300 Kms desde el Moncayo a la Mujer Muerta. Una magnífica sorpresa de la que no conocía su existencia.
Lo peor para mí, la bajada: mi rodilla derecha se queda agarrotada como un palo cada vez que tengo que descender entre peñas. Las subidas me van bien pero, ay amigo, las bajadas…
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Dedicado a mí mismo y a mi generación de fracasados que vivimos de niños en el franquismo, de jóvenes en la movida madrileña y de mayores en el capitalismo fundamentalista cristiano.
Polansky y el Ardor. Ataque preventivo de la URSS (inquietante)
Los Zombies. Extraños Juegos (muy inquietante)
Parálisis Permanente. Autosuficiencia (extraordinariamente inquietante)
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Ayer, mientras corría por el Parque de las Tetas, vi a un grupo de escaladores en el pequeño rocódromo que hay bajo el túnel que atraviesa el parque. Me llamó la atención que hubiera un par de porros de buen tamaño circulando entre ellos.
Sería completamente imposible ver a un grupo de corredores que se pasaran un peta mientras van corriendo; o que terminaran su entreno y compartieran unos porros mientras se cambian.
Me cuesta entender por qué unos deportistas –y los que hacen escalada en sus diversas disciplinas han de estar en una prodigiosa forma física– incluyen este tipo de sustancias en su entreno. Es evidente que unas caladas a un porro no les va a hacer mejores ni peores escaladores. Pero siguen una dieta estricta, trabajan la fuerza y la elasticidad, se cuidan mucho para conseguir dominadas… ¿y se drogan?
Desde luego, no juzgo a nadie. Por mí pueden hacer lo que les venga en gana. Es sólo que me ha llamado mucho la atención la mezcla de deporte y drogas. Quizás sea más común de lo que yo me pensaba, o a lo mejor he dado con el único grupo de escaladores fumetas. Insisto, en su tiempo libre y con su vida cada cual puede hacer lo que quiera. Lo que me chirriaba era el momento que habían elegido para fumar hachís.
A ver si la próxima carrera hacemos botellón, o algo…
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Un chino aprende a escribir con sus lágrimas
Ru Anting, de 56 años, se ha convertido en toda una atracción en China, ya que es capaz de controlar las lágrimas de sus ojos y, por ejemplo, es capaz de escribir con ellas en una tela, informó hoy la radio estatal.
Según Radio Internacional de China, Ru descubrió su “superpoder” de pequeño, pero sólo empezó a entrenar su habilidad hace diez años y gracias a la práctica es capaz de segregar líquido desde sus ojos a más de tres metros de distancia.
Ru se ha convertido en toda una atracción donde quiera que va, y esta semana mostró sus habilidades en la ciudad de Foshan, de la provincia sureña de Canton.
http://actualidad.terra.es/sociedad/articulo/chino-aprende-escribir-lagrimas-2784620.htm
Dedicado a los “nuevos” que les gustan las memeces que escribo.
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(Otro de los insufribles “Cuentos en futuro imperfecto”)
-¡Dios mío, esto está lleno de amagostos!
Edward Ed Moore visionó la grabación por quinta vez. Las imágenes eran espeluznantes. Los cuatro astronautas, dos norteamericanos y dos europeos, se acuchillaban entre ellos con furia asesina. Iban armados con bisturís del equipo científico y con herramientas de la nave. Se los veía nadar en el aire, aprovechar los salientes y agarraderas del interior de la habitación para lanzarse unos sobre otros con una inusitada ferocidad. Apenas protegidos por los monos de tela de trabajo, las cuchillas se hundían en sus cuerpos. Los chorros de sangre en ingravidez eran algo jamás visto.
Horrendo.
El español, un prominente físico teórico, terminó de seccionar la garganta de la física francesa y procedió a cortarse él mismo la yugular con gestos apresurados y salvajes. Antes de quedar inerte flotando cerca de la pared por las gravísimas heridas producidas por su comandante, el piloto americano consiguió clavar en el ojo izquierdo del español una especie de destornillador fino. Aún el europeo pudo acercarse a la cámara más cercana y pronunciar de nuevo las extrañas palabras:
-¡Esto está lleno de amagostos!
Luego los cuatro cuerpos quedaron a la deriva, como ahogados en un naufragio imposible. La sangre formaba nubes a su alrededor. Ed recordó una vez que un pulpo en las Bahamas lo roció de tinta cuando buceaba.
El técnico lo miró en silencio, aguardando a que le ordenara rebobinar la grabación y proyectarla una vez más.
Ed hizo un gesto muy personal: movió la cabeza hacia la izquierda, para desentumecer las cervicales. Lo hacía siempre que se enfrentaba a una situación difícil. En su trabajo esas situaciones se sucedían constantemente. Había encarado problemas desde hacía quince años; algunos de los cuales implicaban la supervivencia de una tripulación.
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