El viaje en tren tiene dos etapas: la primera enlaza desde varios pueblos de los valles cercanos con Kleine Scheidegg. En nuestro caso salimos a primera hora desde Grindelwald; el Good Morning Ticket cuesta 138 CHF en lugar de los 162 que te soplan a partir de ese primer viaje; te dejan estar hasta las 12:30 en Jungfraujoch y luego puedes coger el tren que quieras desde Kleine Scheidegg; las tres horas ahí arriba son más que suficientes y te permiten hacer todo sin agobios; los niños viajan gratis con la tarjeta anual infantil.
El tren sube sin desfallecer por las impresionantes laderas del valle. Atravesamos alguna parada intermedia.
Las vistas sobre el valle y la cadena montañosa donde anduvimos ayer en busca de los laguitos son magníficas.
Llegamos a Kleine Sheidegg y bajamos del tren. Esta segunda etapa es común para todo el mundo y consiste en subirse a un bonito tren cremallera que enfila la morrena de un enorme glaciar y se introduce directamente en el corazón de una montaña… y no de cualquier montaña, sino del Eiger (3.970 m), una de las más míticas de los Alpes. Ese carácter metódico e ingenieril de los suizos los llevó a plantearse en el siglo XIX acometer esta barbaridad de proyecto. Y mira tú si lo consiguieron.
Durante el trayecto por el tunel inmenso te ponen una película que te va contando cómo lo hicieron y lo que te vas a encontrar arriba. La primera parada que hace el trenecito es en la pared norte del Eiger, a la que te puedes asomar por medio de unas cristaleras. Se llama Eigerwand (Pared del Eiger) y está a 2.865 m.
Como el día anterior habíamos subido a 2.300 metros aproximadamente, no estábamos mal preparados para afrontar la altitud. Pero hay que tener en cuenta que el trayecto cubre unos 2.500 metros de desnivel en algo menos de dos horas. Y se nota mucho, pero mucho, ese cambio de altitud tan rápido. Cuando llegas a los 3.000 metros empieza a molestarte la cabeza. Al descender en la segunda parada (Eismeer, Mar de Hielo, 3.160 m) hace frío y sabes que estás ya en un ambiente completamente alpino y durísimo.
Las grietas del glaciar son aterradoras. Intentar ascender por ahí tiene que ser cosa de héroes o de locos.
El día está perfecto en el valle y es lo que nos ha animado a subir. Pero aquí en las alturas las nubes se van formando cada vez más pesadas y oscuras. Es lo que hay. No puedes encargar día azul y soleado al adquirir el billete.
Al llegar a la estación superior, existe un cartelito turístico para dar fé de la altitud: la estación de tren más alta de Europa, en el glaciar más largo de Europa, con el restaurante más alto de Europa y la estación de Correos más alta de Europa. Inevitable que caiga una foto.
Desde la estación se accede a un complejo con muchos pisos y dependencias: cafeterías, tiendas de recuerdos, oficina postal, restaurantes y chuminadas varias. Ahí es por donde pulula el 80% de la gente (en su mayoría japoneses, que tienen en Grindelwald una segunda patria y que son los únicos extranjeros que se ven. Españoles muy pocos.
La primera visita que te conduce al interior del complejo es el Palacio de Hielo, donde han esculpido diferentes escenas y animales para que te hagas fotos con ellos. Ahí ya tienes que ponerte guantes y cerrarte la chaqueta porque estás a varios grados bajo cero.
Nuestra primera salida será al Plateau para contemplar el glaciar y la Esfinge. No sale ni dios del frío que hace. Un panel en tiempo real te informa de la temperatura (-0.2ºC, o sea, calorcito) y de la velocidad del viento (ráfagas entre 50-60 km/h, o sea, un frío insoportable). Salimos al Plateau con cuidado para que no nos lleve el viento. La sensación es vivificante pero aquí tan expuestos al viento no se puede estar demasiado tiempo.
Las vistas sobre el glaciar Aletsch, de 27 kms, el más largo de Europa, son espectaculares. Esto que vemos es Konkordia Platz (Plaza de la Concordia, 2.779 m), la unión de varias lenguas glaciares que convergen en el principal.
Una pareja de japoneses muy jóvenes me pide que les haga un par de fotos, con esa risa nerviosa que los caracteriza. Van en vaqueros y se están quedando pajaritos. Pedazo de cámara… konnichiwa, amigos nipones, tirad pa’dentro que se os congela la sonrisa. Nos quedamos solos en el Plateau y puedo tomar unas cuantas instantáneas.
Éste observatorio (Sphynx, 3.571 m) es un laboratorio climático y se puede acceder a las terrazas. Luego subiríamos. La salida al Plateau es justo debajo de la montaña sobre la que se asienta.
Justo detrás se encuentra el Mönch (El Monje, 4.099 m) que rodearemos en nuestra pequeña excursión por el glaciar. Como se puede ver, cada vez hacía peor tiempo.
Aunque soy poco dado a dejarme robar el alma, me pillan pelado de frío. La sensación térmica dada la velocidad del viento era de entre -15º y -19º C. Realmente fría.
Nos metemos de nuevo en el complejo y recobramos el calor. Si este frío es el que vamos a sufrir durante la rutilla por el glaciar, la cosa va a ser casi imposible. Quiero pensar que en el Plateau estábamos totalmente expuestos al viento, que entraba a cuchillo por el collado. Recorremos las zonas más turísticas donde la gente bebe y compra y salimos al glaciar. Hace frío y nos colocamos toda la ropa que hemos traído. Pero el viento no es tan insoportable y podemos echar a andar, con el Mönch a nuestra izquierda.
Nuestra ruta va paralela al Mönch para ascender al Oberes Mönjoch (Collado Superior del Monje, 3.627 m) y llegar al Mönsjochhütte (Refugio del Collado del Monje, 3.650 m). A pesar de transcurrir por un glaciar, está perfectamente balizada y cuidada para que no haya demasiado problema en seguirla. Son unos 2.6 km de ida y otros tantos de vuelta por el mismo camino. Unos 204 metros de desnivel, que parecen pocos, pero que hay que tomarse con muuucha calma.
Es lo que le sugiero a mi hijo, de manera que comenzamos a caminar de forma muy lenta. Tanto es así que somos los últimos de los que han comenzado la ruta (pocas personas, la mayor parte de ellas se han quedado en los restaurantes y tiendas de recuerdos). Le digo que vaya aún más despacio, que el camino sencillo y sin fuerte desnivel que seguimos es muy engañoso. Me hace caso y acertamos de pleno: al poco tiempo adelantamos a los que no contaron con la altitud y que han bajado el ritmo de manera drástica. Cuando ellos empiezan a echar el bofe nosotros seguimos con nuestro ritmillo lento que nos permite adelantar a todo el mundo.
Desde aquí podemos ver cómo las lenguas glaciares y los seracs caen hacia Konkordia Platz, aumentando el caudal de ese mar de hielo.
Pasamos al lado de los seracs del Mönch, con esa cueva abierta en ellos. Vemos los primeros alpinistas por sus aristas. Qué envidia…
La temperatura es bajísima y el viento arrecia. Comienza a nevar y la ventisca es dura. Casi todo el mundo que avanzaba por la ruta se da media vuelta y echa hacia abajo con gran velocidad. Cobardicas… No quiero forzar a nadie a seguir. Yo tengo claro que voy a llegar hasta el refugio. Mi hijo dice que está cansado (los 15 km de ayer le han pasado factura, junto con el madrugón y la altitud), que le cuesta avanzar, pero que va a intentarlo. Nos quedamos los dos solos. Cuento seis cuerpecillos llegando al Collado. Y luego nosotros dos. Nadie más se queda en estos andurriales. Me siento algo preocupado por mi hijo. Es voluntarioso y nada cobarde. Pero hace muy malo y la altitud lo está machacando.
La ventisca es tremenda y la sensación invernal es intensa. Sé que por muy mal que se ponga y nos cubra esa niebla que oculta a la Jungfrau, sabría encontrar el camino con esas balizas cada 15 metros. Yo no tengo ningun miedo pero no quisiera meter a mi hijo en un tinglado. Ya no nos tiene que quedar mucho hasta el collado, pero el viento nos da en contra y hace más lento el avance.
Imposible no mirar a los alpinistas que están progresando por las aristas del Mönch. No es una montaña especialmente difícil. Tiene unos pasos mixtos de roca, nieve y hielo de grado II al comienzo de la ascensión (ver foto) y luego un par de aristas aéreas heladas con bastante patio a ambos lados. Por lo que he leído, el principal peligro son los guías suizos, que como los franceses, deben ir de sobrados por la vida y empujan y apartan a los que no son sus clientes. Lo digo de oídas, no puedo asegurarlo. Pero donde hay negocio hay mafia y no me extrañaría.
¿Queda esto a mi alcance? Obviamente en solitario como suelo ir yo a la montaña, sería imposible. Pero yo creo que en una cordada con alguien más experto… En fin. Nunca se sabe. Los sueños, sueños son.
Llegamos al Oberes Mönchsjoch (Collado Superior del Monje, 3.627 m) con un tiempo horrible, una ventisca que nos lacera la cara y con mi hijo callado y un poco tenso. Desde aquí vemos a otros dos montañeros iniciando el ascenso al Monje.
Ya vemos el refugio y sólo queda el último empujón. La nieve está completamente dura y congelada. No habrían sobrado los crampones. Pero es pleno verano y cuesta meter esas cosas en la maleta, junto a las camisetas de manga corta.
Llegamos justo hasta la cabaña y damos por concluida la ruta glaciar. Hemos llegado.
Mi hijo levanta las manos: ¡menudo campeón! No sólo ha sido una de las escasísimas personas que ha llegado hasta aquí (he contado seis antes que nosotros y que salieron bastante antes) sino que ha aguantado la ventisca que amilanó a casi todos y es el único menor de edad que ha conseguido terminar. Y con doce añitos… Me siento muy orgulloso de mi hijo y se me caería la baba haciéndole decenas de fotos si no fuera porque hace tanto frío que se congela la saliva.
No se le puede pedir más a un chaval. A pesar de la alegría de haber llegado juntos hasta aquí no dejo de tener un puntito de culpabilidad: es mucha altura, es sólo un niño, y hace realmente mal tiempo. ¿Soy un mal padre por haberlo traído hasta aquí? ¿Lo he forzado más allá de lo conveniente? No lo sé.
Me gusta que sea valiente. No quiero forzarlo a hacer cosas imprudentes pero no quiero crearle miedo a nada. Es una frontera muy sutil. En la que no sé si acierto o no.
Yo me quedaría un rato explorando el collado y adentrándome un poco más por la zona que se abre. Pero mi hijo dice que hasta aquí hemos llegado y que tenemos que volver. Hemos tardado 45′ caminando muy despacio y haciendo fotografías sin medida. Un paseo, de no ser por la ventisca y la altitud, que me tiene a mí también con un ligero dolor de cabeza.
Volvemos sobre nuestros pasos. Como sólo llevo guantes de polar con cortavientos, puedo disparar la cámara sin tener que quitármelos. Éstas que he puesto son sólo una mínima parte de las que tomé. Aún nieva y el viento sopla con fuerza.
Se ven algunas grietas a los lados del camino. Si hay algo que me pueda dar pavor no es la Niña de Medeiros o zombis por el estilo: es caerme en algo así.
Mi hijo me dice que se lo lleva el viento. Pega tan fuerte que hace daño. Me coloco delante de él y lo voy protegiendo como puedo. El camino se hace igual de duro que a la ida. Aún así lo detengo varias veces para seguir tomando fotos.
El lugar es precioso y lo tenemos para nosotros solos. El mal tiempo ha sido una bendición.
Y según vamos bajando el viento se lleva las nubes. Parece mentira con la ventisca que hemos sufrido que a cada paso que damos el cielo se va abriendo más y más. Tanto es así que ya vemos a los primeros “valientes” que se han decidido a realizar la ruta.
Un cielo azul sobre el valle permite ver la Esfinge y la Doncella en todo su esplendor. A buenas horas…
Tras cruzarnos con un grupito de seis personas que van hacia la cabaña, volvemos a quedarnos solos en la bajada.
Volvemos a pasar junto a los seracs del Mönch, esta vez contrastados con el azul cobalto del cielo.
El observatorio se alza ahora desafiante bajo un cielo azul. Es como si hubiéramos tenido dos caminos distintos en el mismo trayecto. Ahora el día es espléndido, rotundo, perfecto.
Al llegar a la entrada del complejo, a los pies de la Esfinge, comentamos con el resto de la familia lo que se ha perdido por no echarle un poquito más de valor a la vida. Ahora la salida al glaciar es una fiesta y todo el mundo se anima a realizar paseos o seguir la ruta hacia el refugio. Sí, ahora, cabrones, que hace solito y no hay ventisca…
Nos toca subir ahora al observatorio, para echar una última mirada a esta parte del mundo con el cielo azul. Mi hijo está cansado y lo noto de mal humor. Dos días seguidos de alta montaña lo han dejado agotado. Joder, si es que no tengo compasión… ¡Que se haga duro, coño, que la vida no es para los blandengues! Blandengues que no salen de la cafetería y de la tienda de regalos. Allá cada cual.
Hay dos pisos de terraza desde donde puedes contemplar todo el espectáculo majestuoso del glaciar y los picos que lo circundan. Puesto que la zona es pasto de las tormentas día sí y día también, y caen rayos constantemente, han colocado diferentes cables metálicos en la estructura de manera que es una jaula de Faraday. En caso de descarga de un rayo, todo el mundo se encontraría a salvo.
Este caminito es el que hay que seguir para llegar al Collado del Monje, torcer a la izquierda y alcanzar el Refugio. Ahora parece una peregrinación.
Desde aquí puedo ver cómo dos cordadas se acercan a la cima del Mönch por la arista. Qué gozada tiene que ser estar ahí en estos momentos, con el cielo azul cobalto, la cima tan cerca y una arista helada bajo los pies. Bajo los crampones, más bien.
Decidimos tomar el siguiente tren. Nos cruzamos con una pandilla de jóvenes estadounidenses. Dios, qué paletos son, de verdad. Qué ignorantes… Vemos a chicos en bermudas y a varias chicas con camiseta de tirantes, pantalón corto y ¡chancletas! Yo creo que es que no saben ni adónde van, ni lo que hay ni lo que tienen que hacer. En eso los japoneses suelen ir más preparados.
Bajamos a la estación dentro de la montaña. Tenemos que esperar el tren que trae a nuevos turistas a presenciar este paisaje alpino tan maravilloso. Nosotros les dejamos sitio. Mi hijo está visiblemente tocado por la altitud. No recuperará su típica alegría y vitalidad hasta después de comer y descansar un rato en casa, a 1.015 m.
El camino en tren de vuelta a Kleine Scheidegg lo hacemos casi en silencio. Estamos algo tocados los tres. Yo me recupero del dolor de cabeza en cuanto bajamos un poco y me encuentro en plena forma. No estoy nada cansado porque si algo tengo es resistencia. Para mí los 15 kms de ayer triscando por los montes no fueron más que un paseo y ahora me iría sin dudarlo a realizar el Eiger Trail. Pero mi propuesta no es aceptada.
Al salir del túnel del Eiger logro hacer una foto de la morrena del glaciar que se desprende al final de la lengua.
Hemos llegado a Kleine Scheidegg, lugar lleno de restaurantes con vistas a la pared norte del Eiger y al resto de los gigantes que lo acompañan. Para mí esto carece de interés. No hay más que japoneses comiendo y turistas de todo pelo. El triperío no es sólo typical Spanish, también lo es typisch Schweiz. Para mí comer no es algo que me llene y me subyugue. Tengo que hacerlo y lo hago de la forma más saludable que puedo, pero no es el centro de mi existencia como lo es para tanta gente. Yo me como un bocata y una manzana y sigo triscando por el monte.
Yo me iría inmediatamente a tocar el Eiger. Existe un sendero de montaña que te acerca a su misma pared norte. La oportunidad de tocar y contemplar desde abajo una de las paredes más míticas del alpinismo europeo me parece única. Pero mi hijo está de un humor pésimo y sólo quiere bajar. No quiere comer, ni andar, ni hacer nada. Sintiéndolo mucho, aparco mis deseos (como casi siempre en mi vida) y tomamos la decisión de bajarnos en el próximo tren.
Esta panorámica muestra el macizo completo. Al hacer clic se ve ampliada.
No me olvido de mi querido Wetterhorn, que sigue siendo la niña de mis ojos.
Como hemos acordado, tomamos el primer tren que nos devuelva al valle. El sistema ferroviario suizo es tan perfecto como uno se imagina. No hay retrasos, todo está coordinado y da gusto usarlo.
Me paso el tiempo reprochándome a mí mismo el palizón que le he metido a mi hijo en dos días. Yo soy insaciable en cuestión de naturaleza: aún me habría pasado toda la tarde pululando por el Eiger. Pero él es aún un niño y demasiado ha hecho. De veras que lo paso mal pensando que ha podido tener un edema o algo así.
Tras comer, hidratarse y echarse una pequeña siesta, se levantó como nuevo. Como recompensa a su pundonor, valentía y esfuerzo, una de las cosas que más le gustan…









































































Fotos espectaculares, crónica espectacular, me quedo con todo digo TODOOOOOO, menos la foto que pareces Lina Morgan, tio, ¿que te pasa en las rodillas?
chau y BFDS
jajajaja qué cabrito! no pasáis una, ¿eh?
Lo cierto es que las rampas hacia el refugio estaban congeladas. Hice un medio agujero con la bota para no esmorronciarme y me quedó esa postura tan sexy.
¡¡¡¡¡¡¡¡QUE GOZADA!!!!!!!!!!!!!!!
Espectaculares vistas,increible excursion y encima en compañia de tu hijo….¿que mas se puede pedir?…
Felicidades…..
Saludos,Loken…
Impresionante.
¡Impresionante Fran!. Sabes que yo estoy como tonto por el hecho de que mis hijos quieran venir conmigo a la montaña los fines de semana, pero algo así…
Enhorabuena.
Quería hacer esta entrada como homenaje a mi hijo del que, obviamente, me siento muy orgulloso en todos los aspectos.
Y el marco elegido debía estar a la altura
Qué jodido es eso de no saber si haces lo correcto o no. En tu pasión por la naturaleza podrías haber expuesto a tu hijo a algún edema, como dices. También a que termine aborreciendo las salidas, como el niño que odia el fútbol por las exigencias de su forofo progenitor. Pero a cambio le has ofrecido algo impagable, has pensado en tí pero también en él y creo que te ha salido bien
Lástima que no sepas valorar la comida como se merece
Salvo eso hago mío tu relato y me apropio de esa mirada de deseo hacia las cumbres alpinas, valles y glaciares.
Todo salió bien, sí.
Que paseo más impresionante, enhorabuena a yokusito y a yoku,
por lo menos vosotros lo habreis disfrutado para cuando el cambio climático acabe con tanta belleza,
salud
blus
Pues fíjate que creo que tras unos pocos años de desierto y sequías nos espera una nueva glaciación; es lo que toca por las fechas y los síntomas previos fueron los mismos: tras un aumento de la temperatura global se derrite el casquete del polo norte (¡y baja el nivel del mar, no sube como proclaman los que no tienen ni puta idea de física elemental!) y una enorme cantidad de agua dulce menos densa que la salada cambia la corriente cálida que llega ahora al Mar del Norte (Mira a qué latitud está Londres y verás que no cuadra con su clima). El resultado es la glaciación de Europa y Norte América.
Por eso me voy acostumbrando, para cuando tengamos de nuevo glaciares en Guadarrama y Gredos.
Y vosotros mientras con las chanclas y las bermudas…
no se si estás negando el cambio climático como los primos de Aznar o si estás diciendo que los efectos no son los que pensamos, en fin, seguiré cogiendo moscas …
Precioso yoku, me alegro un montón de que lo pasarais bien, y como siempre gracias por compartilo.
De vacaciones siempre se pasa bien, y encima en lugares tan especiales, es mucho más fácil disfrutar.
Lo malo es la monotonía de Madrid, que me llena de tristeza y de malas vibraciones.
Bueno, si no fuera porque te tengo en gran estima, le pediría a tus padrinos que concertaran una cita al amanecer en las murallas de la ciudadela para zanjar con espadas el agravio…
Mira que meterme a mí (¡A MÍ!) en tan miserable grupo de facinerosos… con lo bueno y honrao que soy yo…
A ver, no niego el cambio climático, porque si algo cambia en este planeta es el clima. Cambia constantemente, aunque presenta ciclos.
No niego que la actividad esquizoide de vosotros, los seres humanos, esté acelerando el cambio climático hacia efectos invernaderos crecientes (¿Alguien se ha parado a pensar que sin los gases de efecto invernadero no podría existir la vida vegetal en la Tierra? Y sin vida vegetal, qué decir del destino de los animales…). Es un hecho que nuestro desaforado apetito por la destrucción ha aumentado la temperatura global en los últimos 200 años.
Hace 100.000 nuestros antepasados no tenían tecnología para destruir el planeta como tenemos ahora y aún así se produjo un calentamiento global que dio paso a la glaciación. En ese periódo estamos ahora, pero como vivimos calentitos en un intermedio entre glaciaciones, no nos queremos dar cuenta. Hace 100.000 hubo horribles sequías, desaparecieron miles de especies, se derritió la capa de hielo que había en el Polo Norte y por lo tanto, disminuyó el nivel del mar. Es muy posible que gracias a eso se pudiera entrar en Europa por el Merditerráneo. No sólo eso sino que la corriente cálida que calienta Gran Bretaña se modificó, permitiendo que el frío polar entrara a cuchillo en toda Europa y Norte América. Eso es lo que toca. Es exacto a lo que sucedió. Quizás ahora esté acelerado por nuestros deshechos (y por los pedos de miles de millones de vacas que necesitamos para nuestra alimentación y que expulsan tanto metano como todos los residuos de nuestra industria). Se precipitará en pocos años.
Y poco podemos hacer. Vosotros, los humanos, que tan poderosos os creéis, no sois más que unos pequeños seres que pueblan Gaia, bastante bobos y sucios en general, pero que cuentan poco en la contabilidad total del sistema.
Ah,,,Elijo katana.
Yoku: que si, que el clima no es algo constante, que han habido cambios, glaciaciones, calentones, periodos de extinciones masivas, y que -a lo mejor- como subproducto de todo eso pues aquí estamos nosotros tan ricamente. Pero estos cambios que han habido durante la historia de la tierra no han sido producidos por los gases de efecto invernadero que estamos echando a la atmósfera en los últimos años de manera brutal -a lo mejor la causa han sido otros gases de efecto invernadero, pero no los que salen de los tubos de escape de nuestros carros-, osea, que estamos influyendo en el devenir natural del clima en la tierra con todas sus consecuencias, funestas consecuencias, como no nos hartamos de comprobar a diario inluso los que no tenemos una edad tan provecta y como leemos un día si y otro también en los papeles. Y si la cuestión es sobre si la cantidad del CO que salen por los tubitos de escape es suficiente yo creo que si, que somos muchos y muy constantes en el oficio de enmarranarlo todo como para influir en el cambio del clima.
Se que mi visión del tema esta limitada por mi formación, por la información que me llega y mi capacidad de digerirla (que no es mucha), pero la intuición me dice que tanto coche, tanta central térmica, tanto plástico, tanta basura y tanta mierda no pueden ser buenos. Que debe haber otra forma de vivir cuyo leit motiv no sea el consumo de bienes de manera desaforada y con apetito sin límite.
Katana?, uy que miedo da eso, dime donde está el bar “las murallas de la ciudadela” y mejor nos echamos unas cañas que ya no está uno para zanjar nada, eso déjaselo al gallar…
La pena es que yo no estaré dentro de 20 años, si no me jugaba contigo unos palitos del Capitán Pescanova (será ya lo único que podremos comer) a que para entonces en vez de chancletas llevamos crampones.
cómo que anónimo??
que no me escondo, que soy yo,
otra carita
blus