Una constante en mi vida es que, hable con quien hable, siempre soy el más bajito y el que más tarda en llegar a un sitio. No falla. Todo el mundo que me rodea mide varios centímetros más que yo y es capaz de acelerar su potente motor hasta –prácticamente– la velocidad de la luz.

Dramatización
—¡Pues sí que ha crecido tu chaval! ¡Pero si ya casi me va a pillar!
Lógico, pienso yo. Si no mides más que 1,60 con zapatones. Pero no digo nada. Sólo le hago una carantoña en el pelo a mi churumbel.
—¿Cuánto mides ya? ¿Uno setenta por lo menos, no? –se dispara el colega, que debe de trabajar como buen cubero.
—Uno cincuenta y cuatro –responde mi hijo con ingenua sinceridad; tiende a decir la verdad como su padre: le irá mal en la vida.
—¡Pero cómo vas a medir 1,54 si casi me has pillado ya! –niega le evidencia el próximo fichaje de los Lakers.
Lógico que te vaya a pillar, vuelvo a pensar yo, en un ataque de raciocinio sin precedentes.
—A ver, yo estoy con 1,82 … 1,84. No creo que mida mucho más –asevera sin que se le caiga la cara de vergüenza.
No, digo para mis adentros. Seguro que no mides mucho más. Garantizado.
—¿Tú cuánto mides? –me espeta poniéndose de puntillas.
Lo digo sin exagerar; tengo que ser el único varón en el planeta que no se mete entre 10 y 20 cms de más a su altura (no hablaré de largura de otros apéndices; pero no lo quiero ni imaginar). Cuando pronuncio las sílabas que lo convierten en un tonto o en un mentiroso, se enfada.
—Pero si somos casi iguales. Igual tú hasta un poco más alto…
—No, no, yo soy más bajito, ya te digo –le respondo mirándolo desde arriba.
Ya se ha mosqueado conmigo. Y lo malo es que yo no he hecho nada y no he abierto casi la boca. Entonces cambia de tema y me cuenta su horrible viaje al punto X de la geografía española.
—Se nos dio el camino de lujo. Salimos prontito y llegamos en dos horitas… no tardamos más.
El cálculo mental es sencillo: 578 kms en dos horitas hacen un total de…
—Pues para conseguir una media de 289 kms por hora tendrás que haber ido a más de 300 durante buena parte del camino.
El veloz hombre, de apellido finlandés venido a menos, hace un cálculo similar al mío y se da cuenta de que es virtualmente imposible ir a 300 por hora con un Peugeot 205 de 13 años y 60 caballos, cargado hasta los topes y con la ITV sin pasar. Se enfurruña visiblemente, pero aún insiste.
—Serían dos horas y algo, dos horas y media, … no llegaría a tres.
—Sí, en tres horas a 190 de media sí que se puede hacer, claro –digo yo quitando hierro al asunto.
El tío está que se sube por las paredes.
—Oye, que mi coche parece pequeño pero no veas cómo tira. Todo el rato 140, 150, 160… Llevo un avisa radares y sólo bajo cuando pita.
—Yo tardé 5 horas y media, pero es que mi coche es un V6 2.5 de 24 válvulas y sólo tiene 180 caballos y claro, en la subida del puerto del Centollo no puedo pasar de 200 –le reconozco yo con mi característica humildad.
Intenta apoyarse en su esposa, que parla como lo haría un loro hasta las cejas de éxtasis.
—Oye, cari, ¿cuánto tardamos en llegar a X el otro día?
La señora termina el párrafo que estaba interpretando, apenas mira a su cónyuge y espeta:
—Pues no sé… ¡mucho! Ocho o nueve horas. Si se nos hizo de noche a medio camino. Y tuvimos que parar siete veces.
—Coño, por los gemelitos, que no paraban de vomitar. Y ahora quiero pis, y ahora tengo hambre… Así no se puede.
Asiento lentamente con la cabeza.
—Pero si no hubiéramos parado y si no hubiéramos encontrado atasco a la salida de Madrid, y si… y si…
Y si fueras en el Halcón Milenario o condujeras como Barrichello en vez de como Mr. Bean…
—Tres horitas, tío. Tres horitas…
Vuelvo a asentir.
Jajajajajaja… ¡Buenísimo Fran!. Me consuelo pensando que esos pensamientos realmente esconden un tremendo complejo que tiene que ser compensado para que la vida del veloz tiarrón merezca ser vivida.
Venga, venga, seguro que no es para tanto… oye, menuda vista tiene el señor de las babuchas.