O espello do gato
Mayo 7, 2008 por Yoku
Tenía pendiente la reseña y comentario de esta obra tras su atenta lectura. Como ya he contado semanas atrás este libro llegó a mi en extrañas circunstancias (en mi vida sólo valoro lo que llega así) y gracias a las entretelas de ésta nuestra red, el autor –Álvaro Lago– había contactado conmigo.
Leer un libro está al alcance de pocas personas, de tan sólo un diminuto porcentaje de la población mundial. Creemos que todo el mundo sabe leer, pero no es así. La mayor parte de la humanidad es iletrada, apenas sabe distinguir alguna palabra suelta en carteles o en documentos que precisa. Leer por placer, por el puro y simple placer de hacerlo, siempre ha sido y sigue siendo una actividad rara y minoritaria.
Yo leo. Y escribo. Leo mejor que escribo, obviamente. A estas alturas ya no puedo seguir ocultando que escribo como un chimpancé poco aplicado. Pero sé leer y sé que sólo –insisto, sólo– se debe leer por placer.
Y esto es lo que uno siente cuando lee El espejo del gato. Placer. El autor sintió placer al imaginarlo, al verbalizarlo, al plasmarlo en letras y componer las historias. Y ese placer se transmite en cada párrafo, convirtiendo la lectura en un refocile algo libidinoso y solitario, que me abstendré de comparar con otras maniobras y procedimientos.
Y ahora no puedo evitar acordarme de Azorín y toda la grey de escritores rácanos que tanto daño hicieron y aún hacen a nuestro idioma (y a sus hermanos mayores, el gallego y el catalán). Frases cortas, sin adornos, ideas claras, una a una cada vez; cuento esto y no más, todo diáfano en párrafos bien diferenciados y autónomos; primero esto, luego lo otro, presentación, nudo y desenlace…
Mierda. Pura mierda.
El lenguaje es un juego y por lo tanto hay que retorcerlo, estirarlo, meneallo hasta que reviente. Sólo cuando hay juego hay placer. Y los adjetivos, siempre denostados, han de sumarse, unirse en largas cadenas hilarantes y llenas de sorpresas y requiebros.
Así lo entiende Álvaro Lago. En el Espejo encontramos un lenguaje rico, con tintes arcaizantes, complejo, rebuscado y alegre. Pura vida escrita. No hay un robótico sujeto + predicado + complementos. Todo se combina, todo es posible, y así cobra sentido y juego. Todo es una dulce trampa que te espera en cada página.
Sus historias me recuerdan, salvando las distancias, a las de Macondo o cualquier aldea caribeña que hemos leído en nuestros primos americanos. Multitud de personajes con nombres imposibles, con revueltos pasados, con oscuros presentes. Todos esperpénticos, excesivos, violentos. Olibirio, Desiderata, Vivencio, Teodosio, Virtuditas, creciendo en una época gris y estúpida de Francos y obispos, de oscuridad y recelo. Tanta caspa y tantos miedos. Y estos personajes, a la vez horribles y frescos, echan pedos, van a putas, siegan y cercenan cabezas de amadas. Un revoltijo desconcertante y estupendo que se agolpa en cada renglón.
No quiero desvelar tramas ni argumentos. La lectura es totalmente recomendable de principio a fin. Sólo quiero resaltar algo que, para mí, añade un enorme valor a la obra: a pesar de que muchos o casi todos los protagonistas y secundarios son provincianos espantajos, (a alguno dan ganas de matarlo), el autor los ha dibujado con tanto cariño que hasta el más odioso resulta tierno.
Tierno y tremebundo. Así es O espello do gato.
Un placer…
Consultaré con el autor si es posible que distribuya desde aquí el fichero .pdf en castellano, o nos da una dirección donde adquirir el libro acoquinando lo que sea menester.