capítulo diecioho y último
Donde se da fin a la historia
El doctor Medina fue caminando desde El Retiro hacia el centro de Madrid mientras el sol de la tarde iluminaba de una manera muy hermosa los edificios.
El día estaba tranquilo y a pesar de las prisas y las compras navideñas, el tráfico no resultaba tan demoledor como en otras ocasiones, la reunión había resultado provechosa, iban a conseguir más medios y material para este año, él mismo acudiría a Londres a recibir un cursillo en una nueva técnica forense basada en la catabolización de ciertos compuestos, aprovecharía y pasaría unas semanas con su hijo Iván en Inglaterra, lo echaba de menos a pesar de que se había dignado a pasar la última semana del año con ellos, no hacía ni seis días que se había marchado y ya sentía deseos de volver a abrazarlo, si al final las buenas palabras del subsecretario se convertían en certezas, a mediados de febrero lo volvería a ver, esta vez en otro país, lo había visto muy delgado y demasiado moderno para su gusto, pero lo cierto es que le iba bien, que se había integrado perfectamente en aquella sociedad, temió perderlo, encontraría trabajo y a una chica tan moderna como él y no volvería, es ley de vida, se dijo con media sonrisa, decidió caminar por el centro, la temperatura era fresca y agradable, se pasaba demasiado tiempo encerrado en el edificio, demasiado tiempo con muertos que nunca decían nada, llegó a pensar que los muertos ya no eran seres humanos, que de algún modo estaban vacíos cuando los diseccionaba, quizás con la muerte se perdían los recuerdos, los años vividos se convertían en nieve fría que ya nada significaba, eran ya muñecos mudos, seres humanos falsos que se pudrirían o se convertirían en pavesas, abono para el suelo, sobre ellos crecerían árboles, quizás en cada árbol hay un muerto antiguo, puede que ese sea el futuro de todos nosotros, hacer crecer un roble sobre nuestro pasado, pertenecer a la selva, despojarse de la historia, de la realidad y convertirse en corteza, dividirse en ramas y generar hojas que se calienten por el sol en primavera, llegó a Cibeles y enfiló la Gran Vía, la recorrió observando a la gente, a los miles de madrileños que transitaban aquella arteria de la ciudad, eran hormigas atareadas, de aquí para allá, con sus diminutas tragedias y alegrías, cuando llegó a la intersección con la calle Silva un perrazo viejo y gordo le golpeó en la pierna, fue a decir algo al dueño pero tuvo una sensación rara, los ancianos que paseaban al chucho se miraban con tanta ternura que era difícil regañarles y decirles, tengan más cuidado con el animal, me ha llenado el pantalón de babas, él era alto y grande, de ojos azules y alegres, la mujer era más menuda, tuvo que ser hermosa en su juventud, te apetece merendar algo, Silvia, oyó que le decía el viejo a su pareja, Medina sonríe, le gustaría llegar a los ochenta años y seguir paseando con Blanca, mirarla como el anciano miraba a su mujer, una vida en común, tan larga que hasta los recuerdos anteriores se borraran, que sólo hubiera una vida, la de los dos juntos, ni antes ni después, llegó a la intersección con San Bernardo y cruzó la calle, subiría por ella hasta la glorieta de Ruiz Jiménez y de ahí hasta Quevedo, donde le aguardaría ya Blanca, esos días tenía menos lío en el periódico y saldría a tiempo para que dieran un paseo juntos, sintió cierta necesidad de orinar y decidió entrar en un bar, se tomaría un café y aprovecharía para ir al servicio, pidió un cortado a la camarera que le sonrió con educación, cuando alivió su organismo se sentó a la barra y observó a la gente que se había reunido allí, en una mesa había una señora con el pelo amarillo mal tintado tomándose un descafeinado, era fea y parecía nerviosa, fumaba compulsivamente y se palpaba lo que parecía un moratón en el labio, Medina no reparó en ella más de unos segundos, en la otra mesa había un hombre fuerte que tenía en sus manos la mano de una joven que no parecía española, gordita y con una pequeña cicatriz en el rostro, parecían amantes, se devoraban con los ojos, oyó entonces al encargado del bar decirle a la camarera, Nancy, te dijo Nelson si tardaría mucho en solucionar esos papeles, me dijo que tardaría una hora y lleva dos, por mí como si no viene más, dijo entre dientes la joven, Medina apuró su taza y salió de nuevo a la calle, pensó en detenerse en una pastelería y llevarle una caja de bombones a su esposa, le gustaba llevarle pequeños detalles los días que, por su turno, llegaba tarde a casa, solía encontrarla recostada en el sofá, con el pijama de felpa y tapada por la mantita roja, medio dormida mientras visionaba ese programa nocturno que tanto le gustaba, al llegar Agustín solía darle un beso suave en la frente y decirle te quiero, Blanca, qué tal tu día, luego charlaban un rato y se acostaban juntos, abrazados, él se quedaba dormido oliendo su cabello suave y todo estaba de nuevo bien, pero ese día no eligió la caja de bombones, al fin y al cabo era la noche de Reyes y le apetecía hacerle un regalo más personal, entró en una floristería y un joven de dientes imposibles le saludó con una sonrisa que era amable y fea, buenas tardes, en qué puedo ayudarle, quería algo especial para mi mujer, un ramo, una cesta, preguntó el encargado, qué tal un bonsái, tenemos estos a buen precio, y luego estos de aquí atrás que nos traen de la escuela de bonsái, realizados por profesionales, son un poco más caros pero, como verá, son magníficos, sí, la verdad es que son muy bonitos, le gusta éste, verdad, sí, sí que me gusta, es un arce de Montpellier, mire qué hojas tan diminutas han conseguido, en otoño se pone precioso, rojo intenso, sí, me lo voy a llevar, muy bien, se lo voy a meter en una caja, en cuanto llegue a casa sáquelo y humedézcalo con un vaporizador, su mujer ha tenido ya bonsáis antes, sí, tiene dos o tres, entonces sabe ya cómo cuidarlos, seguro que lo sabe, sí, como todas las plantas lo que más necesita es amor y cuidados, eso es lo que necesitamos todos, dice el doctor, pues también es verdad, responde el chico, pero no siempre nos lo dan, Agustín Medina sale a la calle con cierto alivio en el corazón, se siente bien, no sabe exactamente a qué achacarlo, con su árbol, quién estaría debajo de ese bonsái, quizás alguien minúsculo, que hubiera vivido poco, una sombra de existencia, una miniatura de vida, alejó esos pensamientos tan extraños, ahí lo dejamos, con su cajita con el árbol de hojas enanas, con sus recuerdos nuevos y viejos, con su pasado y un presente que se pinta a cada paso que da por las calles de su ciudad.
No esperemos grandes pasiones, ni un amor de película, éste iba a ser un amor pequeño, de todos los días, de andar por casa, diminuto y tranquilo como el bonsái.
Porque el recuerdo de un amor diminuto es todo lo que se necesita para vivir en Madrid.
Me encantó…
Y no sólo para vivir en Madrid, pero siendo que es lo que conoces, está muy bueno
Muchas gracias, Emevecita. Eres muy amable. Creo que eres la segunda persona (además de mí) que se ha “tragado” el bodrio entero.
A ver, cuidadito con llamar bodrio a algo que me gusta.
Para bodrios el de Javier Marías … ya te diré el título, lo compré porque decía que había ganado premio y quiero yo ver a esos “jueces” para que me devuelvan mi plata!!!
A mí Javier Marías me gusta. He leído “Todas las almas”, “Mañana en la batalla piensa en mí” y la primera de la trilogía de “Tu rostro mañana”.
Me parece que hay que pillarle el aire: en realidad en sus novelas apenas suceden cosas. Y le da demasiadas vueltas a todo, profundizando hasta sus últimas consecuencias en cada minúsculo pensamiento.
Esa es, mañana por la mañana…. eso, muchas vueltas… very boring y eterno, más insoportable que la levedad del ser y del tener y en fin… ¡¡¡que le quiten el premio y te lo den a ti!!!!
He dicho
Eso, la pasta para mí, que buena falta me hace. No sólo llevo años sin cobrar, sino que previamente arruiné a mi familia. Así que no te digo nada de lo mal de dinero que ando.
Muchas gracias por tus palabras, Emevé, especialmente por hacer el esfuerzo de leerte mis chorradas.
Gracias