capítulo diecisiete
La playa
El doctor Medina se llegó a la calle de Monteleón sin saber muy bien qué iba a hacer allí y si conseguiría, con la ayuda de Madrid, dar con la casa del policía y de la hija del anciano demente.
Vagabundeó un rato arriba y abajo, atisbó una silueta en una calle adyacente y saludó, buenos días, por favor, quisiera hacerle una pregunta, estoy buscando a una persona, quizás usted la conozca, vive por aquí, la sombra aceleró el paso y se perdió en una bocacalle, Medina consideró que su acto era una estupidez y estaba ya decidido a alejarse de allí cuando vio a Paco Chaves en el balcón, hablando con un niño pequeño al que le mostraba la nieve, el chico miraba encantado el prodigio, Chaves, buenos días, soy el doctor Medina, doctor, pero cómo está usted por aquí, suba, suba, por favor, no quisiera molestar, pase a la casa, ha comido algo, no, la verdad es que no, le preparamos ahora mismo alguna cosa, tenemos latas y galletas, gracias, es usted muy amable, el doctor acaricia la cabeza rubia del muchacho, tú eres David, verdad, sí, dice el niño, cómo sabe el nombre de mi hijo, doctor, se extraña el policía, me lo ha dicho su suegro, mi suegro, sí, nos salvó anoche a Nelson y a mí, y hemos dormido en su casa, qué casualidad tan asombrosa, dijo el inspector, pero pase, por favor, Marta, mira, quiero presentarte al doctor Medina, hemos trabajado juntos en un caso, y decidió no dar más explicaciones, siéntese, por favor, encantado Marta, he conocido a su padre, a don Alberto, a mi padre, sí, le debo la vida, me salvó de morir en la nieve anoche, de hecho, salvó también a otra persona, qué tal está Nelson, se interesa el policía, se ha quedado en su bar esperando a que le abran la puerta, no ha habido forma de convencerlo para que me acompañara, estará bien, parecía resuelto, define el policía, Marta trae unas galletas, un poco de leche y mermelada, gracias, dice Medina, y se sirve con gusto una porción de jalea en una galleta y la moja en la leche, se sentía hambriento desde el escaso desayuno de la mañana, pues nos ha estado contando muchas cosas de su vida y de su infancia, los años tan agradables en el orfanato del Alberche, la adopción de sus tíos, cómo conoció a Silvia y cuánto la amaba, la tragedia de la muerte de su prometida Amelia durante la posguerra y el final feliz de la historia cuando se reencontró con su madre, Silvia, y fueron inseparables hasta su muerte, Marta abre mucho los ojos, tarda unos instantes en reaccionar, disculpe, qué le ha dicho mi padre, tu padre está peor de lo que quieres reconocer, Marta, le dice su marido, eso es demencia senil lo quieras aceptar o no, Medina se da cuenta de que su situación es embarazosa, aunque ha omitido todos los adornos dramáticos y absurdos que les había relatado el anciano, había puesto de manifiesto la enfermedad que padecía, se disculpó entre dientes sin saber muy bien el dolor que podría haber despertado en su hija, verá, doctor, mi padre sufrió mucho en la guerra, los años pasados en ese colegio en el Alberche lo trastornaron para siempre, nunca he sabido toda la historia porque para él fue tan doloroso que siempre lo ha desdibujado y variado, imagino que como un mecanismo de defensa ante el horror, al parecer los soldados pasaron a bayoneta a los hermanos que regentaban el colegio, y lo mismo hicieron con muchos de los niños, mi padre fue afortunado porque sólo recibió una larga cuchillada en la pierna, no conozco todos los detalles, sólo sé algunas cosas que mi madre me contó, pero mi madre se llamaba Amelia, no Silvia, y no murió en la posguerra sino hace once años, nunca se llevaron bien porque mi padre era y es muy particular, muy egoísta y no piensa en nadie que no sea él, le pondré un ejemplo, David, su único nieto, le regaló un dibujo para su cumpleaños, mi padre lo recibió con mucha alegría, mucho qué dibujo tan bonito, eres un artista, lo voy a colgar de la pared ahora mismo, en la siguiente visita que le hice, encontré el dibujo arrugado y con cercos de una taza de café escondido bajo una pila de esos cuadernos que usa siempre para sus cosas, cogí el dibujo y me lo guardé, lo traje a casa y ahí está, colgado en la pared como debe estar, y señaló el dibujo que Medina había visto en casa del anciano unas horas atrás, y sabe, doctor, ni lo ha echado de menos, hace más de un año que se lo dibujó el niño y no lo ha echado en falta, así es mi padre, Medina no dice nada, sólo es medianamente consciente de que padre e hija han guardado distintos recuerdos de un mismo hecho, y que ese hecho ha producido al menos dos cuadros idénticos dibujados por un niño una sola vez, no acierta a saber cuál es el original de los dos o si alguno de ellos lo es, o lo es un tercero o ninguno de todos, ve llegado el momento de enfrentarse él mismo a sus recuerdos y verbaliza unas excusas amables y se despide de la familia, estamos en contacto, doctor, le dice el policía, claro, inspector, siempre, ya sabe dónde encontrarme, que sigan bien y a ver si se pasa ya esto de la nieve y volvemos a nuestra vida normal, adiós, adiós, doctor, y Medina escapa de esa casa y gira para volver a San Bernardo, prefiere la compañía callada de Nelson, espera encontrarlo en esa esquina donde lo dejó, desciende por la calle a buen paso, a lo lejos ve a dos personas, le parecen dos mujeres, que se dan un abrazo y se despiden, una se interna en una calle perpendicular y la otra comienza a cruzar la calle, pero se detiene a los pocos pasos, lleva un traje completo de esquí y se la ve resuelta y capaz, pero se ha hundido hasta las rodillas en la nieve, Medina repara en que él mismo está produciendo huellas muy profundas en la nieve que hasta ese instante estaba dura y casi helada, llega como puede hasta la altura en la que está la mujer y entonces ve su rostro, Blanca, Blanca, qué haces aquí, Agustín, me estoy hundiendo, no puedo sacar las piernas de la nieve, espera, por favor, voy a ayudarte, no te muevas, pero los movimientos del doctor son cada vez más desmañados e irregulares, la nieve se está licuando bajo sus pies, pero no está dispuesto a abandonar a su esposa en esa masa asesina y consigue dar otros tres pasos, están a escasos tres metros el uno de la otra, casi pueden tocarse con las manos estiradas, tengo miedo, Agustín, me estoy hundiendo, tranquila, Blanca, voy a por ti, no te muevas que ya llego, pero nunca llegó, la nieve se hizo agua bajo ellos, la lengua blanca se convirtió en un río verde y transparente que los engulló sin piedad, los zarandeó, los estrujó con sus dedos líquidos y los alejó al uno del otro más de lo que veinte años de vida en común habían conseguido, el río imposible seguía dos cursos en direcciones opuestas, siguiendo los carriles del tráfico de la calle, en el lado de Blanca el río ascendía por la calle San Bernardo en una burla absoluta de la gravedad, el sentido común y las normas europeas de tráfico, lo que hace pensar que el Universo y sus hijos tienden a ser levógiros más que dextrógiros, el caudal arrastró el cuerpo de Blanca en un abrazo suave pero férreo, la despojó de útiles de esquí, de ropas, de recuerdos y de toda memoria, el río la lavó por dentro, se introdujo en sus más íntimos intersticios, se confundió con su plasma, con sus jugos variados, trastocó la composición de su organismo, de sus circuitos neuronales y la condujo buceando aguas arriba hasta llevarla a la Glorieta de Quevedo y depositarla en el balcón de la casa de Iván y de su padre Javier, mientras el carril de Agustín descendía libre por la calle y el doctor era empujado entre dos aguas, la claridad transparente y verde del río le permitía ver con total nitidez la calzada, podía contar los grumos del asfalto, se cruzó con un cadáver, que nosotros sospechamos era el de Germán, pero que Medina no pudo reconocer, intentó aferrarlo con los dedos y tirar de él hacia arriba, salvarlo y salvarse él mismo, pero se le escurrió por milímetros, Germán se hundió como una piedra muerta en el río monstruoso y allí quedó mientras Medina descendía a toda velocidad hacia la Gran Vía, llegó a la Puerta de Alcalá, y ahogado y sin esperanza fue a dar con su cuerpo marchito a las escaleras que se bañan desde hace tanto tiempo en las aguas tranquilas y verdes del Estanque de El Retiro, allí quedó, tirado y sin recuerdos, en la escalinata, el sol reverberó en los bronces y las columnas, los pájaros sobrevolaron el monumento y fueron a acercarse al hombre varado, el calor amarillo lo trajo de vuelta a casa, Medina abre los ojos, está en la playa de su adolescencia, está solo, no hay Blancas, no hay sombrillas ni helados en el banco de las palmeras, se incorpora, siente los rayos tibios en su piel blanca, las olas lamen sus tobillos, la brisa levanta mechones en su cabello que un día fue rojo y hoy ya no tiene color, se palpa la ropa buscando algo que encuentra en el interior de su abrigo de lana, es el cuaderno de la hoja de arce que Nelson robó en casa del anciano, está mojado, la tinta de los recuerdos del viejo se ha corrido, diluyendo sus memorias, Medina pasa las hojas húmedas y comprueba que el cuaderno tiene varias páginas al final sin la escritura abigarrada del anciano que ya nada significa, extrae una pluma del interior de su chaqueta, abre el cuaderno por la primera página en blanco, sabe que es papel reciclado, que sus recuerdos lo son y lo serán, pertenecen a otros, o a él mismo, o a nadie, con cuidada caligrafía escribe el título:
Dame esperanza
Y bajo ese título escribe lo siguiente:
Fueron las mejores vacaciones de mi vida, nunca podré agradecerles lo suficiente a mis padres que eligieran ese pueblecito de Castellón para pasar las dos semanas de permiso estival, el tiempo fue espléndido y la playa estaba limpia, las olas eran pequeñas y el agua y la brisa nos llenaban de energía y salud, pero no por eso la recuerdo, sino por Blanca, allí conocí a mi esposa, a la mujer que me ha acompañado desde entonces, a la mujer que amé en cuanto la vi y que cada día amo más y más sabiamente, quedé prendado de su cabello castaño claro, de su olor a frutas suaves, de esos ojos que brillaban bajo el sol amigo, su feminidad y juventud exultantes eran un canto a la vida, me enamoré en el mismo segundo que la vi, supe que era para mí y vencí todos mis miedos e inseguridades infantiles, a los dos días reíamos y saltábamos juntos las olas, nos salpicábamos y jugábamos bajo el agua, nos rozábamos, nos tocábamos, nos besamos en una ola salada que nos inundó de sabor y cosquillas, luego vinieron los paseos, los besos suaves por la tarde, los días transcurrían dichosos y parecía que las dos semanas durarían siempre, pero acabaron, volvimos a Madrid, y aquí, en esta ciudad que nos une y nos separa, Blanca fue mi novia y yo su novio, ella mi esposa y yo su marido, y ahora y para siempre, la mujer que siempre he amado.
Agustín protegió la pluma con su capucha, la devolvió a su bolsillo y sonrió, fue una sonrisa mitad amarga mitad de abandono, quizás no fuera aquélla la verdadera historia de su vida, quizás había menos amor y más comodidad y costumbre, cerró el cuaderno, contempló la pequeña hoja roja del arce y lanzó el cuaderno con todas sus fuerzas al estanque verde, el librillo se hundió en un instante, el chapoteo cesó, las ondas concéntricas se diluyeron en la inmensidad de la playa.
Medina se zambulló, de nuevo, en la sopa fría de sus recuerdos.
Estuve enferma y me he leido recién el 14, el 15, el 16 y el 17 … ¡¡¡y sigo queriendo leer más!!!
Me gusta esta historia
Pues ya termina hoy…