capítulo dieciséis
Blanca doble
El día había resultado muy divertido para Blanca, se encontraba agotada de esquiar y de reír en compañía de ese joven que, ahora lo sabía, debería de haber sido su hijo.
Eso la conmovía de una manera muy especial, había disfrutado mucho más charlando y riendo con ese chico desgarbado y alegre de lo que podía recordar haberlo hecho la semana pasada al lado de su hija, de su hija de la que no podía acordarse ni cómo se llamaba, sabía que estaba fuera, en Francia, en Italia, dónde estaba, qué hacía allí, qué estudiaba, Blanca detuvo sus tablas y se plantó en la nieve, el joven vio el gesto y volvió hacia donde se encontraba la mujer, qué te pasa, no sigues, no, estoy ya cansada, creo que me quedo aquí, vale, paramos, podemos ir a casa del policía y le devuelvo la ropa, no, hazlo tú, Iván, creo que es hora de que nos separemos, el chico baja un poco la vista, duda unos segundos, como quieras, le habría gustado seguir pasando el tiempo con esa mujer que podría ser su madre pero que era más divertida que la suya, más alocada y más guapa, encantada de haberte conocido, Iván, y le ofreció una mano enguantada, el chico tardó un instante en estrechársela con su guante negro, que te vaya bien, Blanca, dale recuerdos a tu marido de mi parte, que encuentre lo que haya hoy aquí para él, o lo que sea que tenga que ocurrirle, se lo diré, se miraron como dos amigos que han de separarse por un motivo de fuerza mayor y que desearían que ese momento de despido durara siempre, que no tuvieran que subirse a ese tren, o que no acabara el verano o que los dos siguieran en el colegio el curso siguiente, pero saben que no va a ser así, cada uno tomará su propio sendero, tortuoso como son siempre los caminos de la vida, alejándose, perdiéndose entre la maleza y los arbustos que salpican la realidad, ambos permanecerán un tiempo como recuerdo, luego se desdibujarán en el día a día, para volverse humo y luego nada, adiós, Blanca, adiós, Iván, y el chico reúne toda la chulería de la que se es capaz a los veinte años y se tira sin precaución y con rabia por la Cuesta de San Vicente, no llora, porque el frío y el viento se lo impiden, pero vuela lejos de esa mujer que no puede entender por qué se va y no lo acunó de pequeño y lo llevó al colegio de la mano, va tan rápido que llega enseguida a la puerta falsa que levantaron no hace muchos años en el lugar donde vivían unas esculturas terroríficas que, en un gesto congelado, amenazaban con atroces sufrimientos a un niño cualquiera que algunas noches viajaba a bordo de un taxi desde casa de sus tíos hacia la suya, tiene más suerte que el ciclista de rodillas ausentes que chocó contra la puerta y desparramó su cuaderno de hojas, Iván gira y continúa su día de nieve, su vida tiene poco pasado, pero a diferencia de Nelson, su cuaderno dispone de muchas páginas en blanco para llenar de recuerdos, páginas recicladas, no lo olvidemos, recuerdos reciclados, memorias prestadas, de otros, quizá alguna suya que se confundirá con las otras hasta convertirse en una vida, y Blanca, aterrada porque no recuerda el nombre de su hija ni cuándo la concibió con su marido, se suelta las fijaciones de las tablas, se las echa al hombro y se encamina, tal como acordó ayer por la tarde con la Blanca desconocida, hacia el bar donde la pobre se tomaba un descafeinado cuando su trabajo diario, el cuidado de los niños y los golpes del marido se lo permitían, y quizás Iván tenía razón y su destino era conocer a esa mujer apaleada, porque una silueta tristona y perdida estaba cruzando la calle de San Bernardo con pasitos temerosos y desmañados, Blanca caminó resuelta hacia aquella personita y no tardó en darle alcance, hola, buenas tardes, buenas, no te llamarás Blanca, pues sí, señora, me llamo Blanca, yo también, hablamos ayer por teléfono, las dos se miraron durante unos segundos que nadie se entretuvo en contar, has venido, sí, he venido porque estoy muy preocupada, mi Germán no ha llegado a dormir, le ha tenido que pasar algo, que él será lo que sea, pero jamás ha dejado de venir a pasar la noche a casa, y has ido a buscarlo, preguntó Blanca, no sabía qué hacer, llevo toda la mañana sin saber si salir o esperar en casa con los niños y como había quedado contigo, al final me he decidido a salir a ver si estabas y decirte que me tengo que volver para arriba, no vaya a ser que vuelva y la liemos, Blanca se lamentó en silencio, no sentía demasiada simpatía por esa mujer una vez la había conocido, le producía lástima su situación y deseaba que se solucionase en lo posible su drama, pero supo en cuanto la vio que no podrían ser amigas, que nada tenían para compartir, aún así se sintió en la obligación de escucharla y darle ánimos, ése era un día especial y diferente, casi con total seguridad irrepetible, y prefería guardar un recuerdo agradable de todo lo que hiciera y dijera, la mujer dudó, hace frío, dijo, ha nevado mucho, cómo has salido de tu casa, se interesó Blanca, por el balcón, porque la puerta de abajo estaba tapada, los niños están bien, preguntó la esquiadora, sí, los he dejado tirándose bolas de nieve, la mayor cuida de ellos, les he dicho que volvía enseguida, y todo su cuerpo indicaba que estaba deseando dejar a aquella mujer de aspecto tan extraño con las botas enormes y el traje de nieve, y tú has venido esquiando, sí, y Blanca se rió, venga, te acompaño hasta tu casa, sí, y luego yo ya me subo a esperar a mi marido, vale, caminaron en silencio, Blanca pensó que en realidad había sido muy afortunada, aquella mujer tendría su misma edad, carecía de atractivo, de formación, de esperanza, su vida tendría que ser espantosamente previsible y gris, el cuidado de una casa que Blanca imaginó en blanco y negro, sin alegría, sin luz ni el más mínimo objeto bello, una historia vital fea hasta sus más pequeños detalles, por comparación, la vida de Blanca se veía saturada de buenos momentos, de tranquilidad, de cómodos gestos, rodeada de pertenencias bonitas, de personas educadas, Blanca siempre había odiado ser clasista, no se reconocía marcando esas distancias sociales, esta percepción hizo que se sintiera culpable y para compensarlo, puso de su parte todo lo que podía extraer de su interior para ser amable con aquella mujer, nosotros sabemos algo que Blanca no puede sospechar, y es que su marido no la ama porque de muchacho decidió entregar su ingenuo y absurdo corazón a esa hembra que pasaría desapercibida para casi todos, que no refulge ni lo hizo de joven, y que, con sus ojos indefinibles, con su cara amarga, con esa sombra de inevitable fracaso, impide que Agustín ame a Blanca y, casi seguro, que Blanca pudiera nunca haber amado a su esposo, porque nada puede haber más horrible que querer entregarse a alguien que nos mira como si fuéramos el suplente, el resto del primer plato, Blanca se casó con Agustín porque era el momento de hacerlo, a sus padres les parecía un buen partido y porque Javier se había ido a Inglaterra con una beca en un periódico de primera línea, Blanca desistió del juvenil empeño de ser feliz y hundió los pies en el suelo de la realidad más tangible, dijo sí quiero, puedes ponerle el anillo, yo os declaro marido y mujer, lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre, a dónde fueron de luna de miel, tampoco podía recordarlo, se dio cuenta de que la mujer le estaba diciendo algo y que ella estaba perdida en sus propios recuerdos y problemas, mira, aquí en esta esquina hay una floristería, el chico que la lleva es muy majo, yo no compro mucho, pero alguna maceta me llevo de vez en cuando, yo creo que le gusto un poquitín, porque un día al verme me regaló una flor blanca muy grande y muy bonita, bueno, pues no te lo vas a creer, en el piso de al lado del nuestro vivía un matrimonio ya mayor, muy buenos vecinos, pues agárrate, el señor lo primero que hacía cada mañana, ya estaba jubilado, era acercarse a la floristería y comprarle una rosa roja a su mujer, te imaginas, pero todos los días, sin dejar ni uno desde que se casaron, puede haber algo más romántico y maravilloso que un marido tan detallista, Blanca asintió con educación, imaginándose la absurda tortura de recibir una rosa cada día de su vida, lo que podía llegar a odiar ese acto abominable de un hombre enfermo, lo que quizás se considerara un gesto romántico una vez, o dos, se convertiría con el tiempo en repugnante, mientras la mujer le relataba los pormenores de la historia Blanca visualizó una llave en la cerradura a primera hora, una puerta que chirría sobre sus goznes y una presencia odiada que entra en la casa, con aquel estúpido vegetal ya muerto, el aroma detestado impregnando las paredes de una casa rota y vacía de amor, sus pasos quedos por el pasillo, la mujer ni se vuelve a recibirlo, sigue haciendo la cama, el señor con la flor en la mano, qué haría con ella, se la entregaría personalmente, la dejaría en alguna mesa o en el aparador, la metería él mismo en el jarrón dedicado al entierro y lo llenaría de agua fresca o sólo diría, la rosa, y ella mascullaría algo entre dientes, algo que podría sonar a gracias o a métete la puta flor donde te quepa, el anciano se sentaría en el sillón a leer la prensa, ella continuaría con sus quehaceres, la flor muda y sola en el agua con una aspirina que alargara su propia agonía y la de los viejos, el silencio espeso en el piso, el odio denso y ronco que todo lo tiñe, que ha marcado su vida y la de los suyos, los hijos ya no vienen a visitarlos, los abandonan con su rosa y su cruel rutina, pues no te lo vas a creer, pero hace poco vino la policía y se la llevó presa, había matado a su marido con un cuchillo en el corazón, cómo puede una mujer hacer algo así con un hombre tan bueno, si lo tenía todo, qué tenía que hacer yo con mi Germán entonces, pues no sé, pero tampoco sabes lo que pasarían ellos en su intimidad, responde Blanca, igual no se llevaban tan bien, la otra Blanca hace un par o tres más de comentarios sobre la historia y llegan a la calle San Vicente Ferrer, pues aquí vivo yo, esos de ahí son mis chicos, esos tres, los de ahí son otros vecinos, qué guapos son, mintió Blanca, oye, no querrás entrar y te preparo un café, no te molestes, de verdad, no es molestia, mujer, venga, entra y te enseño la casa, yo misma he hecho las cortinas, me han quedado muy bonitas, Blanca pasó las piernas por los barrotes del balcón y entró en las sombras que rodeaban la vida de la otra Blanca y conformaban su vida, desde el balcón, la dueña de la casa gritó Jessi, iros metiendo para casa que hace frío y estáis ya empapados, siguieron minutos de visita, esto es el baño, pequeñito, la cocina, éste es el salón, ves las cortinas que te decía, sí, muy bonitas, pero siéntate que preparo un cafetito, no lo hagas, de verdad, no sabemos los días que durará la nieve y conviene que raciones los alimentos, Blanca estaba repitiendo la recomendación que le había escuchado al capitán Sanjuán por la mañana, la otra Blanca cayó en la cuenta de que tampoco tenía electricidad que pusiera en funcionamiento la cafetera, se deshizo en disculpas y le ofreció desde embutido a una lata de espárragos, la esquiadora rechazó con educación y una sonrisa y le dijo que era mejor que lo guardara para los niños hasta que se restableciera el suministro de energía y se pudiera volver a comprar alimentos, las dos se sentaron en el tresillo y se miraron a los ojos, Blanca, dijo la mujer, estoy desesperada, sé que mi marido acabará matándome de una paliza, pero sabes, sin él estoy perdida, no me puedo enfrentar sola a esta nieve, a esta soledad que nos rodea, Blanca toma sus manos feas entre las suyas, anímate, es todo lo que sabe decirle, encontrarás tu camino en la vida, todos salimos adelante, algún día esto sólo será un recuerdo, apenas una memoria que ya no duela, es que duele, duelen los golpes y duele estar sola aquí, sin saber qué hacer ni a quién llamar, lo sé, todos andamos más o menos igual, tienes que ser fuerte, has pensado en separarte y solicitar alguna ayuda, yo no quiero separarme, Blanca, yo quiero que se quede conmigo y los niños, que nos llevemos bien, que seamos un matrimonio como todos los que veo, Blanca pensó que la mayoría de los matrimonios que conocía eran muy similares, quizás sin golpes, pero igual de tristes, dos personas que apenas ya se intuían condenadas a vivir juntas, arrastradas por la comodidad o las responsabilidades, en el mejor de los casos barnizadas de cierto respeto por el otro, en el peor, teñidas de rencores que crecían a cada noche en esas camas diseñadas para dormir juntos y que sólo separaban sus cuerpos derrotados, pero no le dijo nada de esto, la mujer se animó, solía hacerlo con sus propias energías, nadie le prestaba las suyas, sonrió y no pareció tan fea y gris, te voy a enseñar mis fotos, mira, en este álbum guardo mis recuerdos felices, y se levantó para alcanzar un pequeño cuaderno con instantáneas de una vida pasada que puede o no ser verdad, le mostró las fotografías tomadas un verano en la playa, parecían más jóvenes, los niños y ella, un pasado algo menos monstruoso, muchas estaban desenfocadas, las composiciones le parecieron pésimas a Blanca que, ya lo sabemos, era buena fotógrafa, pero en esas caritas feas fuera de foco se podía leer una alegría puntual, Blanca se apiadó de esa familia y deseó que pudieran recuperar esos momentos vividos, la mujer le va comentando cada escena, aquí comimos una paella riquísima, con cigalas y de todo, anda, mira lo que aparece aquí, y extrajo una pequeña foto en blanco y negro con una infinita gama de grises, mostraba a una Blanca muy joven, apenas una adolescente huesuda, posando en la arena de una playa, tras ella se veía a otra familia bajo la sombrilla, los padres y un chico delgado con el pelo claro y alborotado que leía un tebeo, te voy a contar un secreto, Blanca, ese año mis padres consiguieron alquilar un apartamento a unos conocidos y fuimos a la playa, era la primera vez que íbamos al mar, qué jovencilla estoy, tenía buen tipito, no como ahora, el caso es que siempre nos poníamos al lado de esta familia, los ves, ves al chico, yo estaba loquita por él, no hacía más que mirarlo, intentaba entrar al agua cuando él lo hacía, que se fijara en mí, él sólo leía libros y revistas, no se interesaba por mí por más que me insinuaba, un día, por la tarde, mis padres estaban echando la siesta y yo me bajé a dar una vuelta por los alrededores, y me lo encontré comprando un helado, sé que me reconoció y le sonreí, le dije, hola, hace calor, sí, me respondió, quieres un helado, gracias, le dije, me invitó a un helado y paseamos un ratito en silencio, yo era tímida, pero él lo era aún más, nos comimos los helados sentados en el paseo marítimo, bajo unas palmeras, y sabes, me besó, o le besé yo a él, ya no me acuerdo, era la primera vez que lo hacía, y me pareció que también él se estrenaba, le pregunté su nombre y me dijo que se llamaba Agustín, que vivía en Madrid y que quería ser médico, pasamos el resto de las vacaciones viéndonos a escondidas, un ratito cada día, sin que nuestros padres se percataran de nada, para mí fue algo tan hermoso que las noches que no puedo dormir lo recuerdo y dejo de llorar, porque sé que el amor verdadero puede darse entre un hombre y una mujer, que existe, que se puede conseguir, y sabes, siempre sueño con que un caballero distinguido, un médico quizás, llame un día a mi puerta con una rosa roja en la mano y me diga, hola, Blanca, soy Agustín, vente conmigo a la playa.