capítulo quince
Donde se cuenta el fin de Nelson (se lo merecía)
El ecuatoriano guardaba, como todos nosotros, un terrible secreto, y muchos coincidiremos en que ya va siendo hora de desvelarlo.
Nelson estaba decidido a esperar que aquel desbarajuste se normalizara y alguien con autoridad le franqueara el paso a su lugar de trabajo, transcurrió media hora y nadie acudió, contados ciudadanos transitaban por las calles, se entretuvo viendo pasar como una centella a dos personas que se deslizaban por la nieve montadas en tablas y con equipos apropiados, siguió con la mirada a los esquiadores que llegaron a Gran Vía y giraron a la derecha aprovechando la bajada, aguardó un rato más hasta que el frío y el aburrimiento se ensañaron con él, no tenía adónde ir y estaba claro que ni el encargado ni Nancy tenían previsto abrir el bar, quizás estuvieran atrapados en sus respectivos hogares o hubieran valorado que era innecesario jugarse la vida para abrir una cafetería a cinco metros de profundidad, estaba decidiendo qué camino tomar cuando un ciudadano que subía por la acera lo abordó, al principio no pudo reconocerlo, pero enseguida su cara vulgar y algo triste despertó un ahogado recuerdo, hola, Nelson, sabes quién soy, hace tiempo que me viste, me dejaste tirado en la calle cuando más ayuda necesitaba, acabaste conmigo en el patio de tu casa y aunque tú ahora finges ser yo, yo estoy aquí, contigo, todo el tiempo he permanecido a tu lado y seguiremos juntos para siempre, porque yo tengo todo el tiempo del mundo y tú, que te llamas Eduardo, pronto dispondrás de eternas cantidades de tiempo para vagar junto a mí, pero primero, me vas a devolver mi vida, no hay peor cosa para un espectro que no poder viajar en sus recuerdos, los quiero para mí, son míos y me pertenecen, quiero ser de nuevo Nelson Jiménez, quiero estar casado con Nora y recordarla tendiendo en el patio, y quiero que tú vuelvas a tu vida miserable, a tus peleas, a tu alcohol barato, a tus noches ebrias de matón y busca pleitos, quiero que tú seas tú y yo sea yo, porque tengo una memoria y en ella quiero vivir, o morir, o lo que sea que me corresponda hacer, quiero devolverte tus recuerdos, quiero que sepas que deseabas a Nora, que la pretendías, que ella te rechazó una y diez veces, que era mi esposa y me quería, que nunca se entregó a ti gustosamente, quiero que sepas que una noche, ahogado en cerveza y licores la espiaste como hacías cada día, que no pudiste controlar ese impulso que desde joven te sobrevenía sin poderlo evitar, estoy seguro que no fue a la única mujer que violaste y mataste a lo largo de los años, no sé con certeza en qué orden realizaste tu maldad, quiero que recuerdes que yo te sorprendí mientras la asaltabas, que corrí para ayudar a mi mujer, quiero que no se te olvide que sacaste el machete de tu cintura, que me lo clavaste una y otra vez, recreándote en cada corte, excitándote cuando oías la hoja penetrar en mis órganos, zas, zas, que nadie salió a auxiliarnos, que todos tenían tanto miedo que prefirieron subir el volumen de sus televisores y mirar hacia otro lado, que después de sangrarme como a un cerdo degollaste a Nora, quiero que no puedas olvidar que nos sacaste a rastras del patio, nos cargaste en tu auto desvencijado, yo aún estaba vivo entonces, manejaste durante decenas de kilómetros hasta dar con el vertedero apropiado, nos tiraste al polvo, cavaste una somera tumba a la que arrojaste nuestros tristes despojos, quiero que recuerdes el olor de la gasolina y la carne quemada, nuestros gritos sordos que ni los árboles ni los animales pudieron escuchar, porque ya estábamos vacíos por dentro, porque nuestros pulmones y corazón, nuestros intestinos, no eran ya más que pavesas chamuscadas, haz memoria, Eduardo, recuerda el sudor que te bañaba el cuerpo mientras nos enterrabas una vez convertidos en huesos calcinados, quiero que rememores luego tu miedo a ser descubierto, a nadie se le escapaba quién era el truhán que rondaba a Nora en la barriada, me habías arrebatado la cartera con unos míseros billetes y mi documentación, quiero que visualices paso a paso lo que hiciste ayudado por tus compañeros para usurpar mi personalidad, cómo te hiciste pasar por mí para conseguir franquear el filtro ineludible que el estado español exigía para venir a trabajar acá, yo, Nelson, el verdadero Nelson, no tenía cuentas con la justicia, carecía de antecedentes penales, el requisito necesario para el permiso, ya te habías convertido en mí, me habías robado mi vida y el futuro que nos aguardaba a Nora y a mí, llegaste a Madrid, y qué bien te has portado, has sido un hombre cabal, honrado y trabajador, mis recuerdos fueron tuyos, mis días pasados se hicieron los tuyos, me arrebataste lo que más mío era, y yo no era ya un hombre, porque cuando morimos ya no somos nada, sólo un recuerdo para los que nos amaron o nos odiaron, pero yo ya no era ni eso, no era más que un muñeco vacío por dentro, sin memoria, sin historia, un libro en blanco en que nadie había escrito ni una sola palabra, pero tu amigo el doctor me encontró en su mesa de acero inoxidable, me abrió y me dio un primer recuerdo, una memoria en una hoja de arce, no era mía, quizás no fuera ni siquiera suya, no era más que un suspiro en una vida, pero así se empiezan las vidas y se terminan, con un suspiro, una bocanada de aire que se inhala al nacer y otra que se exhala al morir, en medio sólo hay memorias, falsas o ciertas, eso quién lo sabe, y los madrileños me llenaron de recuerdos, me inventaron una vida nueva, rica en tristezas y alegrías, en momentos, una vida son momentos aislados, nuestro miedo luego los une en un continuo, rellena los espacios en blanco con mentiras a medias, con frases cogidas al azar que oímos un día o leímos en una novela, nadie es del todo dueño de su historia, se alimenta de las historias de otros que a su vez son prestadas o soñadas, pero tuve una vida, tengo una vida, Eduardo, la vida de cuatro millones de seres humanos que arrastran sus penas por esta ciudad, pero ahora quiero la mía, quiero mi historia y mi memoria, que sé que también será sólo medio real, medio cierta, sé que me habré inventado casi todo, quizás nunca me casé con Nora, o a lo mejor ella te quería a ti y fui yo quien os maté, me da igual, no quiero hacer más averiguaciones, he venido por tus recuerdos, dámelos de buen agrado o yo mismo los tomaré a la fuerza, están ahí, dentro de esa cabeza hueca que siempre has tenido, porque nunca has pensado lo que hacías, sólo has sido instinto depredador, sólo has buscado la recompensa inmediata, tengo sed, me bebo dos botellas de licor, quiero un beso, violo a esa mujer joven, la abuela me regaña porque no voy a la escuela, la asfixio con su propio almohadón mientras dormita en la tarde caliente, fue tu primer crimen, luego echaste lagrimitas sinceras cuando tu mamá la descubrió a las horas, te sentiste poderoso, señor de cuerpos y almas, yo ya no quiero tu cuerpo, ni tu alma, eso no lo querría nadie, sólo quiero ese libro de hojas amarillas que llevas en la cabeza, porque tú, Eduardo, el falso Nelson, eres el falso muerto que tú mismo encontraste en las calles de Madrid, vuelve a esa esquina, Nelson te encontrará, avisarán a las fuerzas del orden, una ambulancia te llevará al Anatómico Forense y el doctor Agustín Medina te hará de nuevo la autopsia, qué raro, esto no se puede creer, es inconcebible, en mi larga carrera, etc, este hombre no está muerto porque nunca ha estado vivo, hay que hacer un informe, y todo volverá a empezar y puede que sea eterno o cambie un poco, o sea completamente distinto, porque cada día que pasamos en Madrid las cosas son nuevas o viejas, cambian o permanecen, pero siempre nos dejan recuerdos, yo sólo quiero los míos, Eduardo, dámelos, y el verdadero Nelson extrae del cráneo del falso Nelson un cuaderno a medio rellenar con una hoja de un árbol de la que no puedo decir su nombre, porque, creedme, no la conozco ni la he visto nunca en ningún libro o documental, y como la escena en sí es espantosa y sangrienta y ya hemos contado sucesos muy terribles, me permitiréis que no me solace en detalles, el cadáver falso del falso Nelson chorreó su sangre caliente en la nieve, ésta se derritió y hundió el cuerpo en la nieve frente a la puerta del bar de la calle de San Bernardo esquina con Marqués de Leganés, el verdadero Nelson recuperó el cuaderno de sus memorias y quién sabe si volvió a Ecuador con Nora, si abrió un bar con su amigo y se labró un porvenir o nunca salió de ese cementerio improvisado en el que Eduardo depositó sus cadáveres aún humeantes, la historia por este vértice toca a su fin y debemos apresurarnos ahora a alcanzar al doctor Medina, el cual, sin saber muy bien a dónde encaminarse, tiene una dirección parcial, pues el anciano Alberto Robles les dijo que su hija Marta vivía con su marido, Paco Chaves, y el pequeño David, en la calle de Monteleón, como no se encuentra lejos de donde está decide pasar por allí, si se topa con alguien le pedirá por favor si usted conoce a Francisco Chaves, que es policía y vive por aquí, conocemos poco a los vecinos, o los detestamos tanto que ni su nombre llegamos a saber o podemos cruzarnos con ellos cada mañana en la escalera y no reconocerlos si nos enseñan una fotografía suya, nada tenía qué perder y caminó por la ciudad blanca, ciudad blanca, se repitió, se detuvo, contempló la calle blanca, el mundo blanco, Blanca, dijo en voz alta, recordó las palabras del viejo desquiciado, en cada árbol de aquel bosque estaba mi nombre, Robles, y en toda la selva el de mi amada, Silvia, el recuerdo lo llenó de estupor, él se llamaba Medina, y acaso no era medina el nombre que los árabes daban a las ciudades, la medina, el zoco, los adarves, la casba, acaso Madrid no fue una población árabe, cuál era el nombre, Magerit o Mayrit, una medina, una ciudad, él, Medina, y acaso el nombre de su amada era Blanca, no, Blanca era su esposa, y no era su amada, ni su amante, ni su cómplice, ni su amiga siquiera, Blanca no era nadie, era un alguien esquivo con el que cenar, con el que acudir a reuniones familiares mortalmente aburridas, quién era Blanca, Blanca era el fracaso como hombre, era una mujer que nunca lo amo, que nunca le dio un beso de verdad, ni suspiros, ni gemidos, ni el más mínimo gesto de cariño, un roce en la mano, una sonrisa mientras leían, nada, había pasado más de veinte años a su lado y apenas recordaba nada que hubieran hecho juntos, los viajes en verano o los fines de semana, dónde estaban, ya no tenía memoria de ellos, era como si nunca hubieran salido juntos, qué habían visto, qué otras ciudades o países habían visitado, no podía decirlo, había un inmenso vacío del pasado, quizás porque nada había pasado nunca entre ellos, cómo se conocieron, por qué habían empezado a citarse, dónde se besaron por primera vez, cuándo fue el primer día que habían hecho el amor, no había nada, no existían esos días, esas noches, esas citas, no podía recordar un solo momento a su lado, quién era su esposa, intentó visualizarla y sólo tuvo la impresión fugaz de una melena castaña clara, un olor a frutas frescas, unos ojos hermosos que no le miraban a él, dónde quedaba su vida, cómo había podido ir perdiendo el latido de su vida durante tantos años, Blanca ya no estaba, nunca lo estuvo, entonces, si la ciudad le estaba llamando a gritos para comunicarle algo, quién era Blanca, quién era Blanca.