capítulo catorce
En el que Nelson roba un cuaderno
El doctor Medina estaba aterrorizado después de escuchar el relato espeluznante del viejo loco, y su compañero Nelson no le andaba a la zaga.
El anciano parecía un hombre tranquilo e inofensivo, pero era un orate que fantaseaba con matanzas y carnicerías horrorosas, ni Agustín ni Nelson habían creído una sola palabra de esa historia demencial, el médico acertó a suponer que su infancia no había sido tan feliz como les contaba y que, tal vez, presenciara en ese colegio alguna tropelía durante la guerra que le había trastornado el cerebro y que ya no era capaz de distinguir la realidad de la fantasía, sea como fuere, debían salir de esa vivienda cuanto antes, el viejo convivía con suficientes demonios en su maltrecha cabeza como para fiarse de lo que pudiera hacerles, buscó con la mirada a Nelson y los dos estuvieron de acuerdo en marcharse de ese piso sin tardanza, el anciano vio el gesto y se sobresaltó, no se pueden ir ahora, aún no les he contado el resto de la historia, la parte más hermosa y la que me ayuda a vivir cada día, el perro, quizá un sicario compinchado con el dueño, inició un movimiento que por primera vez resultó amenazador, enseñó los dientes sin gruñir y fue a colocar su pesado corpachón en el quicio de la puerta de la sala, dando a entender que nadie saldría de ese cuarto con facilidad, termino mi historia, les preparo algo de comer y luego ya se pueden marchar, los dos hombres no dijeron nada, estaban ciertamente asustados y optaron por no llevarle la contraria, durante unos instantes el doctor fantaseó con darle un puñetazo al anciano, salir corriendo del rincón donde se encontraba, saltar sobre el perro y ganar la puerta, lo que le sucediera a Nelson le preocupó muy poco, pero se dio cuenta de que nada conseguiría con salir al rellano, el portal estaba condenado con cinco metros de nieve, no se oían ruidos en el edificio, lo más probable es que lo habitaran cuatro viejos medio sordos que no le abrirían la puerta a un extraño en un día como aquél, intentó serenarse pero siguió calculando las probabilidades de su primer impulso de salir huyendo, caí agotado en el robledal, prosiguió el viejo, creí que iba a morirme o a nacer, todos mis recuerdos zumbaban en un solo torbellino ante mis ojos, mezclándose, fundiéndose en un solo rostro, podía ver a Silvia, podía oír su voz profunda y musical, pero la imagen se transmutó en pocos segundos y lo que contemplé fue a mi Silvia sufriendo, arrodillada en el bosque, gimiendo sin consuelo, aterrada y sola, allí, a escasos metros de donde yo yacía pude entrever su silueta agazapada, llorando, me levanté y fui hacia ella seguro ya de que todo aquel prodigio malsano que la ciudad había creado tenía un solo propósito, que ella y yo nos encontráramos para vivir nuestra vida juntos, para inventar un amor que no había sido nunca visto en la tierra, corrí hacia ella, Silvia me oyó y grito de puro horror, la tranquilicé, Silvia, soy yo, Alberto Robles, tu vecino, el amigo de tu hermano, tu amante eterno, se echó en mis brazos sollozando y por primera vez en mi existencia sentí su cuerpo cálido, su piel fina y blanca, su sangre latiendo en aquel cuello perfecto, abreviaré porque los veo impacientes, una vez se tranquilizó me relató el espantoso viaje que habían realizado ella, su marido y su familia desde el centro de la ciudad hasta allí, con ayuda de una patrulla de policía intentaron atravesar Madrid en dirección a la Plaza de las Ventas, donde su esposo, gracias a los contactos y el dinero que su posición en el poder le permitían, había contratado un transporte que les permitiría salir de la provincia y asentarse en una casa de campo que tenía en Guadalajara, el bosque se hacía menos espeso en Ventas, les recuerdo que los límites de la ciudad eran menores en esa época, y desde allí el camino estaba más despejado, avanzarían por la carretera de Guadalajara y escaparían de aquel horror que atenazaba Madrid, como supondrán, no llegaron a buen término, los policías que servían de custodios evaluaron las riquezas en forma de dinero y joyas que transportaban por el bosque y la codicia terminó por vencer al deber que habían jurado en sus cargos, bien mirado, puedo comprenderlos, estaban arriesgando sus vidas por una familia rica que escaparía de la miseria y muerte que les esperaba a ellos mismos en cuanto cumplieran su misión y los depositaran sanos y salvos en la plaza de toros, los ricos se salvarían y ellos volverían a la selva a sobrevivir o a morir, casi todas las acciones humanas, hasta las más perversas, pueden explicarse y aun entenderse, no me levantaré nunca como juez de otros hombres, yo mismo había robado y matado durante esos meses salvajes, los policías tenían familias hambrientas, niños muertos de hambre, pongámonos en su lugar, quién no hubiera reaccionado de modo similar, lo cierto es que el botín que consiguieron no les serviría para mucho en Madrid, pues el dinero no podía comprar nada, las joyas estaban de más en la selva y lo que se precisaba era alimento y agua fresca, ropas de abrigo y una línea de esperanza en aquel robledal, mataron o dejaron por muertos a los familiares de Silvia, este comportamiento tan cruel parecería innecesario, el robo siempre es menos reprobable que el asesinato, especialmente en situaciones de hambruna y necesidad, pero no olvidemos que se trataba de una familia influyente y, en el caso del marido de Silvia, de una figura política de segundo nivel, dejarlos con vida significaba que antes o después serían detenidos y ajusticiados, en cambio su asesinato quedaría impune entre las sombras silenciosas de la selva, Silvia consiguió escapar, horrorizada y sin dirección escapó de aquella masacre, se internó al azar en el bosque crecido, entre troncos poderosos que parecían todos iguales en su altura y corpulencia, decir que se perdió es poco decir, porque perdidos andábamos todos, horas después, presa del frío, del hambre y la sed, atormentada por las escenas de extrema violencia que habían sufrido los suyos, cayó agotada entre la hojarasca, se abandonó a su suerte, estaba anocheciendo y las alimañas que poblaban la selva saldrían a procurarse alimento, ya mencioné los jabalíes que rondaban por los robles, capaces de devorar a un ser humano en minutos con aquellos dientes descomunales, yo mismo había sido testigo del resto machacado y devorado de un hombre al que habían encontrado dormido, un final que no desearía ni a mi peor enemigo, además de los cerdos salvajes había zorros, gatos monteses y, sobre todos ellos, perros cimarrones, los fieles amigos del hombre que dormitaban calientes en los pisos de los ciudadanos conformaban jaurías enloquecidas y temibles pues, una vez sueltos, habían recuperado su condición salvaje y cazadora en pocos días y, lo que es peor, contaban con el conocimiento del ser humano, de su forma de ser, de comportarse y de sentir miedo, añadían a su potencia y salvajismo la inteligencia y el aprendizaje pasado a nuestro lado durante cientos de generaciones, escuché ladridos y aullidos porque, quizás lo desconozcan, los lobos no saben ladrar, el ladrido es propio del perro doméstico, su lenguaje evolucionado desde sus raíces lobunas, lo que le convierte en un ser casi humano dotado de lenguaje e inteligencia, los perros no andaban lejos y convencí a Silvia para que se levantara y me acompañara para buscar un lugar donde pasar la noche protegidos, en lo posible, de los depredadores, tuve que arrastrarla, así estaba de rendida a su suerte, sin ganas de continuar y salvar una vida que consideraba ya entregada, soy fuerte, aún lo era más a esa edad en la que el hombre está en su punto justo de musculatura y virilidad, me la cargué al hombro y caminé a toda la velocidad que pude entre los robles en la dirección opuesta a los ladridos de los perros, la noche avanzaba, a la luz de la luna le costaba atravesar el enramado de los árboles, pues es bien sabido que los robles, aunque se consideran de hoja caduca, no lo son del todo, y muchas de sus hojas se agostan y se pudren en las ramas sin terminar de caer, marcescencia es el término correcto, y no se desprenden de las hojas secas hasta que brotan las nuevas yemas en primavera, como ven, desde aquel episodio de mi vida me he ido interesando por la botánica, de ahí la elección en las portadas de mis cuadernos, intenté recoger toda la diversidad forestal de la región y plasmarla en mis libritos, pero no pongan esa cara, ya continúo, abrevio y voy al grano, no se les escapará que la huída a través de la selva por la noche y con una jauría de perros cimarrones rondándonos no era cosa como para reírse y les aseguro que yo mismo estaba ya vencido y a punto de rendirme a nuestra muerte, pero Madrid, ya lo dije antes, nos tenía simpatía, o yo no sé, y cuando casi sentíamos a los perros pisando la hojarasca la luz gris de la luna se hizo más precisa, el bosque raleaba y vi el agua verde y oscura, quieta, y en medio del agua, la casita, tengo que reconocer que en ese momento me pareció surgida de algún cuento de mi infancia, como la casa de chocolate de Hansel y Grettel, así era de encantadora y colorida, tardé unos minutos en reconocerla, no lo hice hasta que di con el pequeño puentecillo de madera que permitía el acceso desde la orilla y hubimos penetrado en su interior, ese diminuto edificio no era otro que la Casita del Pescador de los Jardines del Buen Retiro, la puerta no resistió mi poderosa patada y nos escondimos entre sus muros, con el tiempo justo para hacerlo porque la jauría estaba alcanzando el muelle de listones, encontré unas cajas olvidadas en la estancia, quizás con aperos de mantenimiento para el jardín, y las coloqué en la puerta cuya cerradura había hecho saltar, me ocupé de asegurar las ventanas, todas ellas en buen estado y consideré que los perros no serían capaces de abrirse paso, Silvia estaba en un estado cercano a la locura, no hablaba, había dejado de llorar e incluso de sollozar, temí por su salud, inspeccioné la casita hasta dar con unas telas antiguas, unos maderos sobrantes, algunas cajas de cartón, y confeccioné con todo aquello un mísero camastro sobre el que la hice acostarse, la tapé con mi tabardo de cuero y pareció relajarse un tanto y conseguir dormitar, la noche fue larga, espantosa, los perros no cejaban en su empeño de intentar abrir la puerta, a veces cargaban varios contra una ventana o se dispersaban y atacaban por varios puntos a la vez, yo tenía cargada la escopeta y las varias armas de mano que había ido recolectando durante mis andanzas, no sabía si lograría acabar con todos antes de que consiguieran desarmarme con sus fauces y colmillos, pero juré que me llevaría a seis o siete por delante antes de morir, no estaba dispuesto a entregar a la mujer de mi vida a sus colmillos insaciables, su hambre y su inteligencia los mantuvieron durante horas dando vueltas e imaginando diferentes estrategias hasta que, bien porque comprendieron que no iban a conseguirlo, bien porque estuvieran del todo agotados, se marcharon, eran las cinco de la mañana cuando el bosque se quedó en completo silencio, la noche aún no se había retirado y el frío era intensísimo, improvisé una pequeña fogata que chisporroteaba con alegría y nos llenó de un tibio sopor, yo mismo cerré los ojos y descabecé un sueñecito que reconfortó mis músculos y mi alma, el sol entró decidido por los cristales y me despertó, miré hacia donde reposaba Silvia y vi su rostro mucho más templado y sereno, dormía profundamente, como una niña, la arropé con ternura y abrí la puerta de la casita, no había rastro alguno de los perros, se habrían ido a acosar a otros infelices con menos suerte que nosotros, el día era magnífico, el sol nos entregaba su calor y sus fuerzas, me dejé bañar por aquel chorro de vida y me sentí recuperado y feliz, quizás ese sentimiento de paz interior y lo delicioso del momento fue lo que me impidió ser consciente durante varios minutos del prodigio que había sucedido, de nuevo, mientras dormíamos, porque, amigos míos, los árboles que nos rodeaban eran los propios de El Retiro, esto es, castaños de Indias, magnolios, algún madroño, dos o tres pinos a nuestra izquierda, los árboles que allí plantaron nuestros antepasados, pero no había robles, la selva se había desvanecido en esa noche larga que pasamos ocultos en la Casita del Pescador, reconozco que caí hincado de rodillas en medio del puentecillo sobre el estanque, iba a dar gracias a Dios pero, rectifiqué y se las di a Madrid, la ciudad había creado aquella monstruosidad para unirnos, para permitirnos un rencuentro que sería para siempre, la voz de Madrid era inmensa, su poder, ciclópeo, su simpatía por nuestro amor, ultraterrena, quizás una ciudad no tenga manitas de princesa eslava, sino garras de felino, y carezca de la sutileza y el cuidado de un relojero, Madrid se comporta como un ogro bueno, como un gigante infantil, apenas sabe nuestro idioma, tal vez su mente funcione en otro plano que la nuestra y al moverse quiebre montañas, pero lo había conseguido, con el dolor de muchas otras personas, bien es cierto, pero su propósito era elevado y consideró que valía la pena, volví a entregarle mi gratitud, allí, arrodillado en aquel estanque de aguas tranquilas y me incorporé para despertar a mi Silvia, reparé entonces que por el ventanuco que había sobre el tejadillo que cubría la entrada principal entraban y salían palomas, me las ingenié para subir al altillo desde el interior de la casita y confirmé que habían construido allí su palomar y, por tanto, sus nidos, en pocos minutos recolecté suficientes huevos como para preparar un buen desayuno, alimenté la hoguerita que ya se había consumido y con ayuda de unos enseres que portaba en mi macuto preparé una mezcla de tortilla y huevos revueltos que al cuajarse despertaron a mi esposa, yo siempre la consideré como tal, y la trajeron de nuevo a este mundo sin sueños, aún se encontraba débil y asustada, le di de comer la tortilla y pareció recuperar un poco de color y de pulso, qué dulce despertar, mi corazón irradiaba tanto calor como el sol en el puente, cuidé de ella, lavé un poco su cara sucia de lágrimas y tierra y la abracé con todas mis fuerzas, poco a poco fue reaccionando, me relató con más detalle su espantosa aventura con la patrulla que iba a escoltarlos hasta Ventas, me contó lo que había sido su vida esos largos años, su tristeza, el recuerdo que siempre tuvo de mí, el amor que no podía ocultarse ella misma y que se veía forzada a entregar a otro hombre, un hombre egoísta y altanero, inflexible y cruel con todos los que lo rodeaban, me gustaría recrearme en las palabras y gestos que nos entregamos esa mañana de invierno, pero no lo haré, porque el pudor y el respeto a mi esposa deben retenerme, sólo les diré que allí, en esa casa de juguete, en ese capricho de reyes afortunados y ociosos, concebimos a nuestra hija, a Marta, que nos unió para siempre y nos permitirá vivir en ella y en su descendencia, tengo que decirles que mi hija Marta ya ha tenido su propio hijo, David, un precioso muchachito que es mi alegría y que me recuerda los años felices que pasamos su abuela y yo criando a nuestra hija, bien es cierto que no lo veo mucho, porque Marta eligió como esposo a un hombrón bronco y poco cariñoso, es policía, no deja de ser graciosa la coincidencia con la historia que vivió Silvia, y desde que se casó, mi hija Marta no ha venido a verme más que en contadas ocasiones, y eso que no viven lejos, en la calle de Monteleón, a un cuarto de hora de aquí, yo mismo he ido poco a su casa, no soy bien recibido por el papanatas de su esposo, el señor inspector de policía don Francisco Chaves, y el anciano adopta unos gestos pomposos para ridiculizar al agente de seguridad, pero el chavalín me adora, un día, por mi cumpleaños, vino con su madre a felicitarme y me trajo un dibujo que había hecho para mí, aquí lo tengo, no está nada mal, verdad, y les mostró un papel pintado con acuarelas por unas manos infantiles, una casa de campo geométrica con humo en la chimenea, ventanas redondas y un camino laberíntico que la unía con un río, ay, mi pequeño David, y qué más contarles, que vivimos felices durante muchos años hasta que mi Silvia murió, yo quería ir tras ella, pero el nieto y este chucho me lo impidieron, y aquí estoy, anciano, cansado y con mis historias que transcribo en esos cuadernos de hojas para recordar mi vida, mi pasado que fue hermoso y feliz y guardar memoria de los míos, y ahora, mis pacientes y educados amigos, comamos algo antes de su partida, y el anciano se levanta con el rostro relajado por los recuerdos buenos de su vida, el perro se alza y se van los dos a la cocina, el doctor y el ecuatoriano se miran, se incorporan, Medina se acerca al balcón, lo abre y salta a la nieve, Nelson tarda un poco en seguirlo, entretenido en algo, luego los dos salen corriendo por la lengua blanca hasta llegar a la calle de San Bernardo, se paran, se miran, y comienzan a reír a carcajadas, caminan despacio por la calle hasta llegar a la esquina donde debe de estar enterrado el bar en el que Nelson trabaja, aquí me quedo yo, doctor Medina, pero cómo, Nelson, estamos juntos en esto, no me puedes dejar ahora, mire, doctor, yo no sé qué es toda esta historia, a mí me da miedo, ese hombre yo no sé quién es, ni lo que ha hecho o dejado de hacer con los cuadernos y los muertos falsos, yo estoy aquí labrándome un futuro, quiero traer a mi esposa y a mi mamá, necesito esa esperanza, he venido a trabajar, a esforzarme, a sembrar para luego recoger, yo no entiendo de nieve, ni de escribir poemas en libros, yo quiero mi dinero honrado que pueda enviar a mi familia, no sabe lo duro que es tenerlos lejos, yo trabajo aquí, hoy es cuatro de enero y tenía que haber entrado a las siete a trabajar, aquí me quedo, esperaré a que venga el encargado y abra el establecimiento, es mi deber y es lo que quiero hacer, pero Nelson, nadie va a poder abrir este bar, no lo entiendes, está bajo tus pies, a varios metros de profundidad, yo eso no lo sé, doctor, yo no entiendo nada, sólo quiero que me abra y conectar la cafetera, pasar una bayeta por el mostrador y las mesas y servir cerveza y cafés con leche, el resto no es mi responsabilidad, así que me abandonas, Nelson, no, doctor, quizás usted tenga algo que ver en todo este despropósito, eso yo no lo sé, pero yo me quedo al margen, lo único que hice fue cruzarme con uno de esos muñecos, no tengo otro papel en este cuento, eso es cosa suya, yo quiero vivir tranquilo, sin sobresaltos, venir a trabajar, abrir el bar en Leganés, tal como acordé con mi compadre cuando me dijo que viniera, él tenía apalabrado un local en el barrio donde vivimos, me dijo que estaba ahorrando para la fianza y el arranque, que yo mientras cogiera un poco de experiencia y que luego abriríamos juntos el bar, yo quiero eso, doctor, no quiero más, eso es todo, espero que me comprenda, perfectamente, Nelson, te deseo lo mejor, mucha suerte, que consigas tu propósito, que puedas traerte a tu familia y que lleguéis a considerar Madrid como vuestra casa, que veas crecer a tus hijos en nuestra ciudad y ya sabes, si alguna vez necesitas cualquier cosa, estaré para ti, pase el tiempo que pase, para lo que sea, te doy las gracias por tu ayuda y tu compañía, te das cuenta de que nos conocimos ayer por la noche y parece que llevamos juntos muchos años, yo te considero mi amigo, Nelson, lo digo con el corazón, yo también a usted, doctor, y se abrazaron con cariño, se despidieron y Medina siguió su camino calle arriba, doctor, llamó el ecuatoriano, éste se volvió y espero a que Nelson lo alcanzara, verá, me he permitido cometer un pequeño robo, y extrajo un cuaderno del bolsillo de su chaqueta verde oliva, tomé al azar uno de los cuadernos de hojas del viejito, quería quedarme con un recuerdo de todo esto, y como nunca me atreví con los que circulaban de mano en mano, en fin, que prefiero que se lo quede usted, tiene una hoja pequeña como la que usted e Iván dijeron anoche en la cafetería, y le alargó el librillo, usted sabrá mejor qué hacer con él, si quiere quedárselo o devolvérselo al anciano, decida usted, no ha estado bien eso que has hecho, Nelson, pero te comprendo, yo también tuve la tentación de leer uno de estos cuadernos, lo leeré hoy y mañana se lo dejaré en el balcón, como usted quiera, doctor Medina, ahora, adiós, adiós, Nelson, adiós.