Memoria de arce (7)
Marzo 28, 2008 por Yoku
CAPÍTULO SIETE
De cómo Madrid se cubrió de nieve
La tercera oleada de prodigios llegó a la capital en forma de seis metros de nieve.
Paco Chaves había adquirido una caja de chocolates para Marta, le gustaba llevarle pequeños detalles los días que, por su turno, llegaba tarde a casa, si se daba prisa aún podría encontrarla recostada en el sofá, con el pijama de felpa y tapada por la mantita roja, medio dormida mientras visionaba ese programa nocturno que tanto le gustaba, al llegar Paco solía darle un beso suave en la frente, abrazarla y decirle te quiero, Marta, qué tal el peque, bien, ha cenado croquetas y lomo, me ha dicho que vayas a darle un beso aunque esté dormido, Paco avanzaba por el pasillo hasta el cuarto de David, lo arropaba y le besaba en la mejilla o en las manos, le despeinaba los rizos rubios y sonreía en la penumbra, luego se quitaba los zapatos y se lavaba la cara y los dientes, picaba algo de la cena que Marta había preparado unas horas antes y se sentaba con ella un rato en el sofá, pero esta noche no pudo repetir su tibia rutina, tan placentera, tan curativa para sus nervios, la nieve lo hacía tambalear, su idea era subir por la calle San Bernardo y doblar por Divino Pastor para tomar su calle, pero no llegó ni a la calle de la Luna, lo que parecía una alegre nevada se estaba convirtiendo en una tempestad, llevaba calzado fuerte, pero notaba los pies helados y se hundía ya hasta media pantorrilla al llegar a la altura de la calle San Bernardo, Paco Chaves comprendió que el asunto se estaba poniendo feo, no temía por su vida porque era robusto y estaba en buena forma física, pero podría haber ancianos o personas en apuros, él era un policía y debía velar por la seguridad de los ciudadanos, intentó mirar alrededor para comprobar si podía ayudar a alguien que se encontrara en peligro, pero la ventisca era tan intensa que era incapaz de ver más allá de dos metros, intentó girarse cuando oyó a un ser humano emitir un gemido sordo, pero ya no pudo extraer las piernas de la nieve helada, estaba atrapado hasta las rodillas, hay alguien ahí, necesita ayuda, giró el tronco en la dirección en la que le parecía haber oído algo, su voz se le antojó extraña y blanda, opaca, se limpió la cara de los copos grandes que se la empañaban y trató de enfocar los ojos secos por el frío, pero la postura era muy forzada y cayó al suelo, entendió que debía incorporarse inmediatamente si no quería verse cubierto por la recia cortina de nieve, sentado sobre ella se ayudó con las manos ahuecando el manto esponjoso hasta conseguir liberar sus pies de la trampa blanca, y ya no pudo levantarse, consiguió superar el instante de pánico que le sobrevino, controló la respiración agitada que le quemaba los pulmones y avanzó a gatas en dirección contraria a donde venía, volvió a oír un gemido, le pareció una arcada, ya estaba ciego por los copos inmensos, se hundía pesadamente en el cieno helado y volvió a sentir un miedo atroz, tenía que salir de allí, refugiarse en un portal o en un bar, en algún lugar lejos de aquel terrorífico mar gélido y blando, perdió el control de la respiración y ya sólo fue un animal que se arrastraba por la nieve, entonces, a dos palmos de su cara vio una figura, le pareció un perro de nieve, una estatua labrada en el hielo, pero era una persona, y estaba vomitando, Paco se aproximó y se abrazó a la figura, ya estoy aquí, tranquilícese, soy policía, yo le ayudaré, su miedo se convirtió en una voz segura, desapareció al sentir la necesidad urgente de aquel ciudadano que vomitaba algo amarillo sobre la inmaculada blancura asesina que los envolvía, Chaves se pasó una mano enrojecida por el rostro para apartar los copos que la tapaban e hizo lo mismo con la cara de la estatua enferma, le apartó una capa de varios centímetros del rostro y el pelo y vio la cara pálida de Iván, manchada de vómito y con los ojos más muertos que vivos, Iván, chico, qué te ha pasado, prendimos fuego al pitufo, le pegamos fuego, calla, qué dices, ardió como una tea, mis colegas se reían, los niños daban palmas, y yo me fui corriendo, estás delirando, Iván, debemos refugiarnos o nos quedamos enterrados en la nieve, quiero entregarme, llévame a la comisaría, luego, ahora tenemos que levantarnos y meternos en algún sitio, apóyate en mí, vamos a levantarnos, no puedo, déjame aquí, en pie, Iván, vamos, no puedo contigo si no me ayudas, socorro, por favor, que alguien me ayude, sonó una voz de mujer amortiguada por la nieve, estoy atrapada, no puedo salir, por favor, dios mío, ayúdame, señora, gritó el policía, ahora voy, dígame dónde está, no sé, no veo nada, por favor, ayúdeme, Paco Chaves resbaló y cayó de nuevo a las olas de nieve, cada segundo la situación se volvía más comprometida, intentó respirar pero los copos le hicieron toser, el pecho le ardía, era lo único que conservaba el calor en su cuerpo, no llevaba guantes, apenas notaba los dedos ya, se sintió ciego, una ceguera impoluta y gélida que lo engullía por instantes, Iván ya no vomitaba, era sólo un montoncito blanco que empezaba a desaparecer entre la blancura total, la mujer tampoco gritaba, iban a morir, pensó que cientos de ciudadanos se encontrarían en situaciones similares en toda la ciudad, se dio cuenta de que no había coches circulando, nada podía avanzar en aquella tormenta brutal e incomprensible, esto no es Siberia, esto no puede estar sucediendo, pensó en lo que sus compañeros policías estarían haciendo en esos momentos, si serían capaces de salvar a alguien o apenas podrían cuidar de sí mismos, ya no vio nada, iba a morir enterrado en metros de nieve, no sentía dolor, no sentía nada, sonrió al visualizar a David en su cama, podía ver la habitación pintada de azul en dos tonos, su espíritu pasó la mano por el embozo del edredón y alisó su superficie, luego ya no pudo ver nada, porque había medio metro más de nieve sobre su cuerpo tendido, aquí hay otro, se oyó una voz que pretendía alzarse sobre el silencio blanco, habían descubierto a Iván, porque su postura agazapada había favorecido un amontonamiento irregular de la nieve sobre su cuerpo, eran cuatro individuos, Germán estaba entre ellos, habían estado tomando unas copas en los bares sórdidos en torno al cine Luna y cuando volvían a sus casas los había sorprendido la tormenta, se mantenían en pie, todos ellos eran fornidos trabajadores manuales, y aunque la ropa que llevaban no era apropiada al frío helador que estrangulaba las calles de Madrid, seguían resistiendo, y aún más, habían ayudado a varias personas que estaban a punto de ser engullidas para siempre por la marea de nieve, en la calle de la Luna consiguieron arrebatar a la duna blanca el cuerpo inmóvil de una mujer, es sólo una puta, dijo uno de los compinches de Germán al extraer su cabeza de la prisión de hielo, casi no respira, que se joda, no haber salido de su puto país, que ahí seguro que no nieva nunca, vamos, que no la contamos como sigamos sacando putas, y formaron una hilera los cuatro que multiplicaba sus fuerzas y facilitaba encarar la ventisca aterradora, Germán tropezó con el cuerpo de Iván y dio la voz de alerta, aquí hay otro, escarbaron un poco y sacaron la cabeza cubierta de rizos castaños, está muerto, no, respira, está vivo, eh, chaval, lo abofeteó sin contemplaciones, despierta, consiguieron entre los cuatro liberarlo de la capa de nieve y al desenterrarlo vieron una mano blanda, me cagüen diez, aquí está su compañero, Germán se afanó en apartar la nieve, que se apelmazaba y se congelaba a cada minuto que pasaba, vamos, Germán, pasa de ellos, que esto se está poniendo muy feo, no podemos dejar a esta gente aquí muriéndose, replicó el maltratador, lo que ratifica una tesis ampliamente aceptada, la que defiende que nadie es del todo malo, no existe la maldad absoluta, y el más inmundo psicópata puede liberar a una mariposa nocturna que ha entrado en su cocina, ni siquiera el diablo es tan malo, tiene sentido del humor y hasta se ríe cuando algún osado le toma el pelo e incumple lo pactado en el contrato, Germán podía mantener al mismo tiempo equilibrado en su cerebro que debía pegar a su mujer y que había que salvar a un hombre herido, a las putas no, claro, eran mujeres, de piel canela y putas, no hay escalón más bajo, pero a un hombre herido sí, algo es algo, no es maldad absoluta, es sólo cincuenta por ciento de maldad, sacaron al policía que aún no había perdido el conocimiento pero no podía articular palabra, está helado por completo, Paco Chaves se encuentra relajado, no siente miedo, no está preocupado por la situación crítica que está viviendo, podría decirse que ha perdido el miedo a la muerte sino fuera porque previamente ha perdido el miedo al miedo, lo levantan entre los cuatro operarios, está bien, jefe, puede hablar, apóyese en la pared, por qué no nos movemos, esto cada vez está más negro, será más blanco, da igual, lo que sea, ya no sé si todo es blanco o negro, no veo nada, vámonos de aquí cagando leches, eh, amigo, puede andar, diga algo, joder, no ves que está conmocionado, puede ocuparse del chico, nosotros nos vamos, venga, déjalo, se ha quedao gilipollas, Germán le agarra por los hombros, le limpia una vez más la cara, lo mira desde muy cerca y le dice buena suerte, tío, que la vamos a necesitar, Germán y sus amigos se unen en cadena y continúan su camino a cámara lenta, van dando pasos sincronizados muy cerca de la pared, allí donde han visto que la nieve está más dura y permite mejor el avance, con la mano izquierda se agarran al compañero que los precede y la derecha la deslizan por la pared de las casas, excepto cuando tienen que cruzar la calzada, afortunadamente son calles estrechas y en pocos metros consiguen atravesarlas y alcanzar de nuevo la seguridad parcial de los muros de las manzanas, Germán ha de cruzar la calle San Bernardo para llegar a su casa, que queda al otro lado de la avenida, hasta ahora se ha sentido protegido por el grupo, pero sabe que pronto llegará el momento de decirles adiós y enfrentarse solo a la tormenta, sus compañeros son más afortunados y viven en calles a este lado de la acera, en ningún caso tendrán que cruzar más de cinco metros, traga saliva, aprieta el hombro del que tiene delante y anuncia, yo me quedo aquí, me voy a casa, cuídate, Germán, dentro de media hora nos llamamos, vale, venga, suerte, macho, nos vemos mañana, sí, mañana, repite Germán para darse ánimos, la cadena se recompone dejándolo fuera y sus amigos avanzan paso a paso, como un gusano blanco en la arena blanca, cuando dan tres pasos ya no los ve, sabe que están muy cerca pero han desaparecido, Germán siente un terror inmenso de repente, se ha quedado solo, hasta ahora eran cuatro hombres ayudándose, ahora es uno solo, ciego, congelado de pies y manos, sabe que tiene que cruzar justo ahí porque ha contado las calles transversales y reconoce la esquina por la que suele cruzar hacia su lado del mundo, sólo tiene que avanzar veinte metros en línea recta, ya ha evaluado que puede dar un paso cada diez segundos y en cada paso avanza medio metro, en cuatrocientos segundos debe alcanzar el puerto salvador, desde ahí tiene otros veinticinco metros hasta su casa, ya sin más cruces importantes, siempre pegado a la pared, lo crucial reside en esos cuatrocientos segundos de avance perpendicular sin referencias, sin apoyo posible en muros y portales, cuánto son cuatrocientos segundos, debe dividir por sesenta, cuántos jodidos minutos son, ladra en voz alta mientras se aferra con ambas manos a la esquina que será su último refugio antes de cruzar ese proceloso océano helado, cinco minutos son trescientos, seis por seis treinta y seis y me faltan cuarenta, seis minutos y medio en medio de la nada, soportando ese viento horrendo que podría tumbarlo y matarlo en mitad de la calle, suelta una mano y se limpia la cara, luego se limpia el reloj de pulsera y ve la hora, la una y veintiséis minutos, decide utilizar el cronómetro para disponer de una referencia temporal cuando inicie el cruce ciego, se apoya con fuerza en la pared y trata de pulsar los diminutos botones laterales del reloj para poner el cronógrafo a cero, pero los dedos son garfios helados, no responden a órdenes tan minuciosas como ésas, en pocos segundos entiende que no va a ser capaz de apretar esos pulsadores y decide aguardar a que sean justo la una y veintiocho para comenzar el periplo, se aproxima la muñeca a la cara para proteger la esfera de los copos inmisericordes y poder ver la hora, aún hay alguna luz en la calle, las farolas se intuyen como gasas de luz lejana, llega la hora acordada y decide esperar otro minuto, mira en la dirección en la que se marcharon los tres amigos e intenta buscarlos con los ojos fríos, estáis ahí, chicos, soy Germán, estáis ahí, nadie responde, sus palabras suenan a madera verde, a cuero destensado, apenas las oye él y casi no logra entenderlas de lo opacas que le han nacido en la boca, a y treinta salgo, me cago en la hostia, dos segundos antes de marcarse en su reloj da un grito inmenso y se lanza en línea recta, va avanzando rápido, demasiado rápido, quiere disminuir esos casi siete minutos de angustia ciega, consigue dar dos pasos buenos, largos, decididos, antes de meterse hasta los muslos en la ciénaga absorbente, el siguiente minuto y medio lo invierte en sacar las piernas de la nieve, queda agotado, ya lleva tres minutos y aún no ha debido llegar siquiera a la calzada, se tumba en la nieve para recuperar el aliento, está hiperventilándose y siente un ligero mareo que no cesa, escupe los copos gigantes que no dejan de llover sobre su cara, cuatro minutos y sólo es una figura reptante, trata de orientarse, ya no sabe hacia adónde debe dirigir sus esfuerzos, mira hacia atrás, quiere ver sus pasos pero sólo ve sus marcas en la nieve en todas direcciones, al caer y quedar tumbado ha producido un caótico revuelo en la nieve, grita, grita hasta quebrarse la voz y avanza reptando sin importar hacia adónde, gasta el resto del calor y la energía que conservaba su cuerpo en arrastrarse bajo la manta de nieve que descarga el cielo cruel, si utilizáramos algún detector de infrarrojos o una cámara nocturna podríamos comprobar que está avanzando en diagonal, separándose de la línea recta propuesta, lleva siete minutos, ocho, no llega al nueve, se derrumba con la cara metida en la arena blanca, ya no es un lagarto, ya es un molusco enterrado en la playa en la bajamar, pero la nieve sigue cayendo como la marea sube por el influjo de la luna, Germán no pegará más a Blanca, porque ya no es hombre ni es nada, unos metros más abajo de la calle se oye una voz aullar Iván, Iván, eso es un portal, el chico mira a Paco Chaves con ojos vacíos, tiene que haber un portero automático, por dios, búscalo, Iván no entiende lo que le dice el policía, está sentado contra una madera caliente y dura, su espalda siente ese contacto maravilloso, el resto de su cuerpo sólo siente el frío y la blandura de aquella masa inmensa de muerte blanca, Iván, yo no llego, no puedo sacar la pierna, tira de mi mano, o llama al telefonillo, por dios, Iván, reacciona, Iván dirige la vista hacia el foco de voz de corcho, casi puede ver las palabras formándose en nubes de esponja, no sabe si oye o lee, pero entiende, se pasa una mano muerta por la cara y mira hacia su derecha, hay un cuadro de comunicación con los pisos, el quicio de la puerta lo protege de la ventisca, lo primero que piensa es cuánto habrá nevado que me queda a veinte centímetros de la cara y estoy sentado, toca los botones, Iván, te lo suplico, luego ya no oye al policía, ya no lee sus palabras de esponja, ya sólo ve un montoncillo de nieve sobre el suelo eterno, Iván levanta la mano derecha y la pasa por los pulsadores, no está seguro de haber apretado en ninguno, sabe que tiene una mano pero no la percibe, no puede sentir las yemas, se ordena repetir la operación y clava la mano con fuerza en uno de ellos, ahí la deja, luego cae sola, no es su mano ya, quién es, quién llama, es la voz de un anciano, se le nota muy preocupado, no son horas, quién llama, Iván insinúa una sonrisa que no llega a producirse, no sabe muy bien lo que está sucediendo, sólo sabe que ha tomado una pastilla, quizás esté teniendo una alucinación, quién es, gamberros, ayuda, ayuda dice Iván con una voz que se le antoja insuficiente, él no oye la conversación que el anciano y su mujer tienen al otro lado del telefonillo, Armando, quién es, no sé, han llamado, vuelve a la cama, espera, está nevando mucho, igual alguien está en apuros, la mujer sale de la cama, se enfunda una bata de felpa y mira por el cristal del balcón, no ve más que nieve y nieve, una blancura monstruosa, la nieve parece niebla en movimiento, no te haces idea cuánto nieva, Armando va hacia el salón y abre la puerta del balcón que da a la calle San Bernardo, el frío lo paraliza, residen en el primer piso, se asoma y grita hay alguien ahí, hay alguien en el portal, sí, aquí dice Iván, le gustaría gritar pero no sabría cómo hacerlo, ayuda, por favor, Armando no ve los cuerpos que se refugian en el portal, pero oye algo que parece muy lejano y raro, ayuda, ayúdenos, socorro, Pepita, ahí abajo hay alguien, debe de estar atrapado por la nieve, entra ahora mismo que te va a dar una pulmonía dice Pepita, madre de dios, cómo nieva, entra, Armando, entra a casa que no sé lo que va a pasar, no podemos dejar a ese hombre ahí muriéndose de frío, se va a congelar, nosotros sí que nos vamos a congelar si no cierras el balcón ahora mismo, yo bajo a ver qué pasa, estás loco, cómo vas a salir con esa nieve, qué quieres, morirte tú también, sólo al portal, a ver si está ahí, no bajes, Armando, por dios santo, no salgas de casa, no podemos dejarlo morir ahí, Pepita, y el anciano abre la puerta del piso y desciende lo más rápido que puede los dos tramos de escaleras hasta el zaguán, Pepita se aprieta los bordes de la bata con la mano derecha y saca la cabeza por la barandilla, este hombre, no se podrá estar en su casa nunca, te vas a meter en un lío, Armando siente la respiración agitada y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho menudo, va sin peinar sus escasos cabellos blancos, se ha puesto las gafas metálicas que siempre lleva en el bolsillo de la bata gris, las pantuflas resuenan en los escalones de madera gastada, llega al portal e intenta abrir la puerta girando el picaporte interior, que no cede en el primer intento, vuelve a probar y tira con todas sus limitadas fuerzas hacia dentro, la gruesa puerta de madera antigua se abre y varios kilos de nieve caen sobre sus pies junto con una brutal corriente de aire gélido, la luz cansada del portal amarillea unos metros de nieve de la calle, Iván se gira y se arrastra hacia dentro, cae desde una altura de más de metro treinta hacia las baldosas frías del portal que le parecen ardientes y deliciosas cuando sus mejillas las tocan, dios mío, qué está pasando, acierta a decir Armando, tarda unos segundos en comprender que hay un joven cubierto de copos a sus pies, se agacha y le limpia la cara, Iván sonríe, buenas noches, dice el chico, mi amigo está ahí fuera, me ayuda a meterlo aquí dentro, si es tan amable, por dios, por dios, esto es horrible, Armando, con quién hablas, sube ahora mismo que me va a dar un ataque, Pepita, avisa a los vecinos, hay un joven que está muy mal y debe de haber otro en la nieve, Armando, a ver si te van a hacer algo, que estarán drogados, Armando saca la cara unos centímetros hacia el mundo blanco que vislumbra gracias a la luz esquiva del techo del zaguán, oiga, está usted ahí, Iván se arrodilla en el suelo del portal, recupera parcialmente el control sobre su pensamiento, mira a su alrededor, ve los buzones grises y su mente los cuenta, uno dos tres cuatro por dos filas ocho pisos, sonríe de nuevo y ve a un viejo en bata y pantuflas intentando sacar la cabeza por el muro de nieve congelada, Paco está ahí afuera, Iván trata de incorporarse, pero no le responden las piernas, avanza a cuatro patas y casi arrolla al viejo en su camino, asciende a gatas por el desprendimiento de nieve y vuelve al horror del que ha podido escapar, su cuerpo le grita quédate aquí sobre estas baldosas frías tan calientes, bajo esta luz moribunda tan reconfortante, junto a este anciano medio muerto tan lleno de vida, pero su voluntad enmudece a sus células y avanza centímetro a centímetro en las dunas de hielo, ve el montículo informe que oculta al policía, mete la mano en la nieve y se encuentra con una cabeza, agarra el pelo con unos dedos que no siente suyos y extrae las últimas fuerzas de sus huesos finos, de sus músculos juveniles y lo atrae hacia la luz, Paco debe de pesar noventa kilos con la ropa y los zapatos, Iván poco más de cincuenta y cinco, pero está dispuesto a meterlo en aquel refugio y vuelve a tirar de su pelo, el anciano está aterrado, pero ve que el chico está atrayendo hacia sí a otro hombre y reúne el valor suficiente como para ayudarlo, su bata se inunda de nieve, su pijama azul se hiela sobre sus piernas flacas, sus manos no son fuertes mas han hecho presa en la solapa del cuello del chaquetón del hombre caído y el tercer impulso consigue meter medio cuerpo del policía tras las jambas de la puerta de madera, Iván tiene una mueca de desesperación, ya no puede más y cae sobre la espalda de Paco, Armando recuerda una anécdota de su infancia, se ve niño y menudo, el día es luminoso, el cielo es tan azul que parece pintado, saltan desde la orilla de un río verde y transparente, está Luisete, está García y aquel chico alto que era tan serio, todo son risas y gritos de placer y frío en las aguas esmeraldas, Armando nada mal pero gana confianza en cada brazada, se aleja de la orilla, los amigos le dicen que vuelva, el padre Anselmo se levanta de la roca donde está leyendo, Armando, no os he dicho que no os separéis de la orilla, Armando se mueve como un perrillo pálido en el río, sabe hacer el muerto, vuelve ahora mismo, grita el padre Anselmo, se tumba boca arriba, el sol le acaricia la cara pecosa y las costillas marcadas en su piel transparente, entonces el río esmeralda se convierte en un monstruo, el remolino lo succiona, lo aprieta entre sus manos poderosas y lo engulle un metro, dos metros, Armando sólo ve verde, su cabeza está más baja que sus pies, el río se lo come, patalea y trata de avanzar pero lo hace en la dirección opuesta a la luz y al cielo azul, el pecho le arde, no hay oxígeno en sus pulmones, abre la boca para gritar y es cuando muere un poco, el agua se mete como cuchillos mellados en sus bronquios, se agita y abre tanto los ojos que ve con portentosa claridad las piedras cubiertas de algas del lecho del río monstruoso, y entonces, con la celeridad del rayo, el chico alto y serio lo agarra del pelo y lo sube a la superficie azul del mundo, oye los gritos de sus compañeros de clase, el padre Anselmo está metido hasta los muslos en el agua tranquila de la orilla con la cara desencajada, el chico alto y callado lo toma del mentón y bracea arrastrándolo de nuevo hacia la vida, el chico alto y silencioso dejó el internado semanas después y nunca más supo de él, no recordaba su nombre y nunca le dio las gracias, sólo se comenzaron a saludar con un gesto de la cabeza en el patio tras la tarde del río, así que Armando agarra al hombre de nieve y lo mete de un solo movimiento en el portal y, temblando aún, cierra la puerta de madera buena y antigua para apartar de sí ese río que hoy tampoco se lo va a comer, se gira lentamente, Iván lo mira y ve a un hombre diminuto, casi una caricatura, Pepita ha bajado las escaleras y ha sido testigo del prodigio, su marido se coloca bien las gafas metálicas, avanza unos metros hacia ella y le dice en voz muy baja, Pepita, calienta un poco de leche, anda, y saca las rosquillas de aceite, esta noche todos las vamos a necesitar.