Memoria de arce (6)
Marzo 26, 2008 por Yoku
CAPÍTULO SEIS
De cómo se reunió toda la pandilla
El doctor Medina se presentó a las once y media de la noche en la cafetería de la calle San Bernardo, muy próxima a la calle Marqués de Leganés.
Se acomodó en la barra, localizó a Nelson pero no le dijo nada aún, había percibido que el encargado era duro con los camareros y no quería comprometerlo, Nelson le preguntó qué iba a tomar, Agustín le pidió una copa de vino blanco y el ecuatoriano se la sirvió acompañándola de unos taquitos de jamón ibérico, el doctor había llegado a Villalba a las ocho y se había duchado durante más de veinte minutos con agua muy caliente, la última autopsia que había realizado le había afectado mucho, a él que destripaba cadáveres como si fueran sardinas, que cortaba lonchas de hígados y páncreas, que estaba acostumbrado a la mezquindad humana, a la ruina en la que todos acabamos antes o después, no hay nada más feo que un ser humano muerto y abierto en canal, pero había llegado un hombre de unos sesenta años, grueso, disfrazado de pitufo con el cuerpo abrasado por completo, unos desalmados habían regado con un líquido inflamable el disfraz sintético del hombre, que trataba de ganarse un jornal en un centro comercial actuando para los niños antes del día de Reyes, y le habían prendido fuego entre las palmas de los infantes que seguían rítmicamente la tonada que salía de los altavoces del pequeño tablado donde el pitufo, otro anciano vestido de tigre y un tercero de osito Winnie the Poo evolucionaban con poca gracia pero buena disposición, contemplar un cadáver quemado no era algo excepcional para él, pero al abrirlo hizo un descubrimiento aún más aterrador que el del cuaderno en el cráneo, el pitufo tenía el corazón helado, completamente congelado, una piedra dura y fría de músculo glacial, cómo era aquello posible lo ignoraba, pero ya había dejado de hacerse preguntas desde el primer muerto raro, la explicación a este hecho tan singular la conoceremos en el siguiente capítulo y en esta ocasión no pienso adelantarme, después de asearse y entrar en calor, le fue a decir a su mujer que saldría por la noche, que tenía guardia, ella hizo un gesto con la cabeza asintiendo, estaba hablando por teléfono con alguien, no le dijo con quién, Agustín salió del chalet y condujo con precaución de vuelta a la capital, no sabemos qué habría pensado Medina si su mujer le hubiera dicho estoy hablando con Ella, pero la esposa de Agustín no sabía que la persona que había contestado al teléfono cuando ella marcó el número del vivero de plantas era Blanca, la niña de la playa, buenas tardes, quería saber si ya han traído los cotoneaster que encargué, los qué, no es el vivero, no, es una casa particular, me he debido de confundir al marcar, aunque el número que me sale en el teléfono es el mismo de la tarjeta, seguro que no vende plantas y flores, no, se lo aseguro, tengo un potho, nada más, le pasa algo en la voz, parece que está llorando, no, ya no lloro nunca, es por los labios, los tengo hinchados, le ha ocurrido algo, no, nada, lo de siempre, mi marido, ya sabe, no, no sé, a usted no le pega su marido, pues no, no tiene costumbre, a mí sí, lo lamento, no es nada, y no lo denuncia, denunciar a mi marido, cómo me puede decir esas cosas, es mi marido, sí, pero no tiene derecho a pegarle, cómo que no, para eso es mi marido, los maridos no pegan a las esposas, ah, no, pues no, será que su marido no la quiere, en eso tiene razón, mi marido no me quiere, pero tampoco me pega, y qué le hace, me dice hola, paga las facturas y me deja tranquila, ve como no la quiere, si eso ya lo sé, pero prefiero que no me quiera a que me zumbe, a mí no me importa si no lo hace delante de los niños, se ponen a llorar y les pega también a ellos, me está contando unas cosas terribles, me va a hacer llorar a mí, cómo se llama, Blanca, hola Blanca, yo me llamo Blanca también, qué casualidad, sí, podemos tutearnos, sí, claro, tienes niños, sí, tres, una niña de catorce y dos niños de siete y diez, y tú, yo tengo una hija de diecinueve, qué mayor ya, sí, estudia en Inglaterra, mi chica también quiere estudiar pero su padre no lo ve bien, y eso por qué, dice que las mujeres no deben trabajar, y por qué dice eso, tú trabajas, no, yo no trabajo, pero he estudiado, soy licenciada en Ciencias de la Información, yo no he estudiado, bueno, hasta el BUP, eres ama de casa, sí, y tú también, bueno, yo no, en realidad no hago nada, nada, no, nada, bueno, cuido el jardín, qué suerte, yo no paro de trabajar en casa, oye Blanca, te invito mañana a merendar, a merendar, sí, podemos quedar en Madrid y tomar un café, no sé, yo nunca salgo, vienen los niños del colegio, ahora los niños no tienen que ir al colegio, están de vacaciones, venga, anímate, no sé, a mi marido no le gusta llegar a casa y que no esté yo, invéntate algo, que vas al gimnasio o lo que sea, al gimnasio yo, ay hija, tú es que no te imaginas qué clase de vida llevo yo, cómo le voy a decir a mi Germán que me he ido al gimnasio, quedamos a las cuatro, a las cuatro, pero sólo media hora, vale, media hora, dónde, no sé, por dónde vives, en la calle San Vicente Ferrer, y eso por dónde está, entre San Bernardo y Amaniel, en el Metro de Noviciado, San Bernardo lo conozco, pues hay una cafetería que yo a veces me tomo un descafeinado por las mañanas, bueno, me lo tomaba antes, cuando mi Germán trabajaba, y dónde queda esa cafetería, en San Bernardo muy cerca de Marqués de Leganés, vale, allí a las cuatro, vale, me ha encantado hablar contigo, Blanca, lo mismo digo, Blanca, hasta mañana, adiós, Agustín Medina se bebió despacio su copa de vino blanco, picoteó el jamón y observó a Nelson recogiendo las mesas y limpiando el mostrador, se percibía que el ecuatoriano estaba nervioso, echaba rápidas miradas al reloj que adornaba la pared, vamos a cerrar, caballero, cuánto es, tanto, tome, le espero fuera, Nelson, soy el doctor Medina, aguárdeme unos minutos, salgo enseguida, muy bien, hasta ahora, las doce de la noche el tres de enero en Madrid no es cosa como para bromear, el frío es intenso, Medina lleva un buen abrigo de lana y se pone unos guantes de cuero marrón, se arrepiente de no haberse cambiado los calcetines de hilo por unos más fuertes, aún hay bastante circulación, la Gran Vía se ve a pocos metros, exultante de luces navideñas y promesas de buena voluntad, peor resultaría que el pitufo hubiera ido vestido de Rey Mago, se percata que la comisaría en la que trabaja Paco Chaves está muy cerca, no sería un disparate llamarlo e invitarlo a la conversación, saca del bolsillo interior el móvil, pero telefonear al inspector podía significar hablar media hora con un anciano coleccionista de sellos de la República, con un gay que tenía un gato o con una señorita que estudiaba Empresariales en la Universidad Autónoma, guarda el teléfono y espera a que el encargado apague las luces y salga junto con Nelson y Nancy, estos se despiden, hasta mañana, Nancy, buenas noches, Nelson, siento haberle hecho esperar, doctor, no es nada, caminemos un poco hacia el VIPs, como guste, el doctor extrae la mano del bolsillo, piensa que deberían saludarse correctamente, se da cuenta de que nunca ha hablado con un ecuatoriano y mucho menos le ha dado la mano, se la ofrece, encantado de conocerle, Nelson, éste mira la mano como si no entendiera, oh, mucho gusto, doctor, Nelson Jiménez, para servirle, caminan los metros que los separan de la Gran Vía en silencio, con las manos escondidas en los bolsillos de sus abrigos, más caliente el de Agustín, más liviano el de Nelson, giran en la avenida y suben dirección a Callao, el doctor propone que visiten el punto exacto donde encontró Nelson el cuerpo, yo le indico justamente, doctor, no hay día que no lo recuerde, muchas veces paso por esa esquina y me parece verlo ahí tendido, no me lo puedo sacar de la cabeza, yo tampoco, Nelson, yo tampoco, sucedió hace poco, pero parece que hayan pasado años, bueno, en realidad fue el año pasado dice Nelson con media sonrisa, está nervioso, no está acostumbrado a hablar con los españoles, lo amedrentan, y éste caballero lo trata con educación, tiene hijos, Nelson, no, aún no, recién me casé, su mujer está en España, no, no, doctor, quedó allá, con mi madre, espero traerlas a las dos pronto, que puedan venir, quiere traer a su familia a Madrid, sí, doctor, es lo que quiero, a Madrid ahora, tal como están las cosas, con los muertos y el caos de las comunicaciones, sí, quiero que vivan acá conmigo, y por qué no vuelve usted a Ecuador y se olvida de todo lo que ha pasado, ya es tarde, doctor, Medina calla y cruzan la calle hacia la esquina en donde abandonaron el primer cuerpo, ya es tarde, repite mentalmente Agustín, aquí fue, doctor, aquí estaba, en las escaleras, no, en las escaleras exactamente no, más acá, más en esta parte, o sea, en la calle Silva, sí, en la esquina, pero más en esta parte de la calle, entiendo, y cómo estaba colocado, tenía la cabeza junto a la pared y los pies hacia la avenida, ya veo, y las manos, las manos bien firmes pegadas al cuerpo, y Nelson imitaba al muerto falso pero en posición erguida, y tenía los ojos abiertos, sí, los tenía abiertos, y la boca, la boca cerrada, tienes hambre, Nelson, no mucha, comí algo en el bar, yo no he cenado, vamos a picar algo, como diga, doctor, suben por Gran Vía, entran en el VIPs y el doctor le dice a Nelson has escrito algo en alguno de los cuadernos, no, doctor, yo sólo trabajo en la cafetería y luego me voy a casa, no has escrito nada tú que has sido la primera persona que vio el primer muerto, así es, y nunca has intentado localizar uno, verá, doctor, en ocasiones he visto a clientes en el bar con uno de los cuadernitos, los de las hojas o los otros, de ambos, ya, y nunca has tenido la tentación de pedirlo y escribir algo, la tentación sí, pero pensaba que era para los madrileños, tú eres madrileño, no, doctor, yo soy extranjero y siempre lo seré, vives en Madrid, no, vivo en Leganés, bueno, yo vivo en Villalba pero soy madrileño, usted es español, eso es distinto, yo soy ecuatoriano, los libros de las hojas son para todos, he leído pensamientos en inglés y en francés, camarero, por favor, sí, señor, ya han decidido, yo tomaré un sándwich especial y una cerveza sin alcohol, y tú, Nelson, no te importa que te tutee, verdad, yo nada, no tengo hambre, y claro que puede tutearme, doctor, lo que Nelson no tiene es dinero, el mes de diciembre ha recibido una nómina de sesenta y cuatro euros por los milagros de la aleatoriedad y aún no le han hecho una transferencia bancaria desde alguna empresa de electrónica o una clínica podológica, así que ha echado un ojo a los precios de los refrescos y se le ha caído el ánimo a los pies, vamos, pide algo, déjame invitarte, no, de verdad, insisto, Nelson, está bien, gracias, es usted muy amable, traiga dos de lo mismo, por favor, muy bien, el camarero recoge las dos cartas de las manos de los dos extraños compañeros de aventura, Nelson es la primera vez que está a este lado del juego, un camarero que no es él le está trayendo viandas, esto es Madrid, hasta el más mísero inmigrante se puede tomar un plato en un restaurante en pleno centro de la ciudad, piensa en su mujer, Nora, y desea intensamente poder reunirse con ella algún día en un establecimiento así, invitarla a cenar, echa de menos sus ojos grandes y tiernos, su piel que huele a leche dulce y sus muslos que saben a limón, el sándwich es sabroso, lo forman varios pisos con pechuga de pavo, jamón, una salsa de mayonesa mezclada con algo, lonchitas de beicon muy finas y queso, con muchas patatas fritas, comienzan a embaular el emparedado, Nelson, tú encontraste el primer muerto y yo encontré el primer cuaderno, y el virus informático que ha seguido al asunto de los cadáveres nos ha permitido conocernos, todo esto no puede ser una casualidad, en ese momento se levanta un chico de la mesa de al lado y les dice entonces tampoco es una casualidad que yo esté aquí por primera vez en mi vida tomándome una tónica porque llevo un pedo malísimo y quería ver si se me pasaba antes de llegar a casa, me llamo Iván y fui la primera persona que escribió en un libro de hojas, Medina lo mira, no dice nada durante unos segundos, por qué no te sientas con nosotros, vale, qué hoja tenía en la portada, no sé, una pequeña y roja, cómo de pequeña, muy pequeña, como dividida en tres, sí, ése es el primer libro, el del arce de Montpellier, pero tú no fuiste el primero en escribir en ese libro, el chico hace un gesto de contrariedad y de burla, no, fui el segundo, demuéstralo, antes alguien había escrito un cuentecillo absurdo, qué decía el cuento, hablaba de una chica y una playa, el pobre diablo se había enamorado como un mandril de una chica a la que no se atrevió nunca a entrarla, se mataría a pajas pensando en ella, sí, eres el segundo que escribió en el cuaderno del arce, y tú, yo fui el primero, el idiota de la playa, vaya, lo siento, no quería ofenderte, no lo has hecho, básicamente estabas en lo cierto, me llamo Agustín Medina, y le dio la mano, él es Nelson Jiménez, qué tal, tío, mucho gusto, quieres comer algo, Iván, paso, estoy fatal, me he comido una pirula que no sé qué sería, el doctor Medina arruga los labios, bueno, la cosa está clara, nos hemos reunido los tres primeros eslabones de una cadena imposible, nada nos podría hacer coincidir a los tres, no podemos tener vidas más distintas, representamos tres generaciones, tú, Iván, estás en los veinte, Nelson, tú en los treinta, y yo, a mediados de los cuarenta, entonces Iván cae en otra casualidad, tenemos un doctor que representa a la ciencia, yo soy estudiante de filosofía y Nelson es la sabiduría popular y pragmática, en eso no había pensado yo, admite Medina, y qué proponen ustedes que podemos hacer con todo esto, cuestiona el ecuatoriano, Iván se rasca pensativo la barba desabrida, igual tenemos una misión, Medina asiente, eso creo yo, aunque eso que has dicho tú antes, Iván, me parece que nos falta otra cosa, Iván mueve la cabeza pensando hasta que da con el acertijo, la ley, alguien que represente las convecciones sociales, sí, corrobora Medina, no será el policía al que usted llamó cuando habló conmigo, doctor, aventura Nelson, efectivamente, el doctor se levanta y se dirige a la zona donde los clientes curiosean entre la multitud de productos que se exponen en las góndolas, ha visto a Paco Chaves eligiendo una caja de bombones, suponemos que para su mujer, porque la quiere mucho, inspector, me recuerda, nos conocimos en el Anatómico Forense, claro, doctor Medina, cómo usted por aquí, estoy con unos amigos que me gustaría que conociera, se toma algo con nosotros, el policía acepta, he intentado llamarlo, doctor, pero me respondían siempre desde una cafetería, alguien con acento suramericano, era lo previsible, está conmigo, se lo voy a presentar, los dos vuelven a la zona de restauración, Agustín hace las presentaciones, todos se saludan y Paco toma asiento con ellos, Agustín resume la conversación que han mantenido y que el policía parece tomarse en serio, Nelson, me cuenta el inspector que cuando intentaba llamarme al móvil siempre saltaba el número de la cafetería en la que trabajas, el ecuatoriano tarda unos segundos en hacer memoria, así es, doctor, ahora recuerdo que su nombre no me era desconocido, habían llamado en varias ocasiones preguntando por el doctor Medina, éste abre los ojos y encuentra otra conexión, les explica que Nelson vive en Leganés y trabaja en un bar en San Bernardo esquina a la calle Marqués de Leganés mientras que el inspector Chaves pertenece a la comisaría de la calle Leganitos, todos meditan unos instantes, yo tengo una iguana que se llama Nelson, no lo quería decir para que no te molestaras, tío, dice Iván para cortar el silencio, las coincidencias son demasiadas, podría decirse que hay un plan maestro que los ha conducido irremisiblemente al punto en el que los cuatro se encontraban, para qué, aún no lo sabían, de su extraña conversación los sacó el revuelo que se estaba formando a la entrada del establecimiento, la gente entraba riendo para protegerse de la nevada, está nevando que no veas, decía un joven cubierto de copos blancos, todos los presentes en la cafetería del VIPs sonrieron y comentaron el meteoro, pues a los madrileños nos fascina la nieve, especialmente cuando ésta decide visitar la ciudad, es como un tío viajero y esquivo que viene a casa cada tantos años y nos relata sus aventuras por el ancho orbe, no todos los inviernos nieva en Madrid y nos gusta cuando lo hace, la ciudad se vuelve amable, la circulación empeora pero no nos importa, salimos a pasear, buscamos el exterior como hormigas exploradoras, tomamos fotos, nos tiramos bolas y los telediarios abren con imágenes encantadoras que nos hacen desfruncir entrecejos y relajar los músculos tensos de la boca, será mejor que me vaya, dice Nelson levantándose, se me hace tarde, yo te llevo, se ofrece Medina, el policía se levanta también, cómo hacemos para reunirnos de nuevo, en los teléfonos no podemos confiar, yo lo dejaría al destino, apunta Iván, si lo que hemos estado hablando no es una fantasía absurda las situaciones tenderán a unirnos de nuevo, si esto es sólo una casualidad, encantado de conoceros y buena suerte, me piro que ya se me ha pasado el pedo, se cerró la trenca y se perdió en la noche nevada, vive cerca, inspector, o quiere que le acerque en el coche, vivo por aquí, en la calle Monteleón, en quince minutos estoy en casa, gracias de todos modos, además será agradable caminar bajo la nieve, se miraron los tres unos segundos sin decirse nada, se había tejido entre ellos una especie de hilo de confianza mutua, de camaradería y simpatía extraña que no respondía a otra cosa que al misterio y al azar, voy a comprar unos bombones para mi mujer, bien, hasta pronto, inspector, hasta pronto, doctor, Nelson, adiós, Medina y Jiménez quedaron solos en la mesa, el forense parecía melancólico, su esposa no estará preocupada, doctor Medina, éste miró a su compañero y negó muy despacio con la cabeza varias veces, no, Nelson, no, ni me echará de menos, siento oír eso, doctor, por qué no me tuteas, me llamo Agustín, como quiera, doctor, cuéntame algo de ti, Nelson, pues lo que le puedo decir es que es casi la una de la madrugada y me levanto a las cinco y media y tengo un largo camino a casa, disculpa, Nelson, vámonos ahora mismo, no se moleste, doctor Agustín, ya encontraré la manera de ir a Leganés, ni hablar, nos vamos ahora mismo, el doctor dejó dinero suficiente para pagar los refrigerios y salieron a la calle, la nevada era realmente intensa, varios centímetros de espesos copos se cuajaban sobre el pavimento, la cortina de nieve era tan densa que no se veían los edificios de la Gran Vía, apenas las luces navideñas y comerciales se intuían tamizadas por el velo blanco, Nelson se detuvo, contempló la estampa invernal maravillado, pero su ropa era muy inadecuada para permanecer quieto bajo la tormenta de nieve, se cubría de copos por segundos, es muy hermoso, sí que lo es, Nelson, pero como no saquemos el coche del parking ahora, me parece que no lo haremos nunca, así que descendieron la Gran Vía Blanca haciendo crujir la nieve bajo sus pies, arrebujados en sus abrigos, con los hombros y los cabellos blancos y fríos engarzados de copos grandes, a cada instante la gruesa cortina de nieve se espesaba más y más, Medina calculó que estaba cayendo la mayor nevada que hubiera presenciado en su vida, y entonces la ciudad se volvió silenciosa, se amortiguaron los sonidos, se apagaron los ruidos y todo se volvió blando, los copos caían a una endiablada velocidad, sin embargo el resto de movimientos se tornaron lentos, Medina dejó de oír, sus orejas estaban heladas pero no se trataba de eso, simplemente no había sonido alguno, volvió la cabeza para mirar al ecuatoriano, que ya no era más que un muñeco de nieve avanzando centímetro a centímetro sobre las olas blancas, intentó hablar, decirle algo, estás bien, Nelson, puedes continuar, el parking está aquí al lado, en la plaza de Santo Domingo, pero las palabras sonaron como si fueran de corcho, casi podía verlas caer de sus labios, al pronunciarlas y expulsarlas se volvían sólidas, no duras sino de una morbidez esponjosa, y caían blandas a sus pies, la nieve las cubría en pocos segundos y las hacía desaparecer enterradas, Medina comprendió que se encontraban ante una muestra más de los sucesos prodigiosos que Madrid estaba sufriendo en las últimas semanas, no sintió miedo, él era uno de los protagonistas, sentía en su corazón que todo giraba a su alrededor, que la ciudad le estaba transmitiendo algo que aún no comprendía, vio a Nelson cubierto de nieve por completo, no podía encontrar sus ojos en aquel tejido blanco que lo envolvía, no podía asegurar en qué dirección estaba su cara y en cuál su nuca, Medina dejó de andar, o para ser precisos, de intentarlo, porque ya nadie podía dar un paso sobre aquel mar de nieve que los estaba tragando, lo último que vio antes que sus ojos quedaran nevados es que se encontraban los dos en el mismo lugar donde apareció el primer muerto que buscó desesperadamente a Nelson en las calles de Madrid.
Yo no sé el resto, pero esta manía tuya de hacerme esperar tanto por el siguiente capítulo me está desesperando!