Memoria de arce (5)
Marzo 25, 2008 por Yoku
CAPITULO CINCO
De lo fácil que es destruir una ciudad, o salvarla
Dos días después de aparecer el último y definitivo muerto falso, Madrid quedó paralizada por una llamada telefónica.
Hay muchas formas de destruir el mundo, mentes preclaras y sobresalientes políticos no dejan de inventar maneras y tecnologías que faciliten tan interesante opción, pero Madrid descubrió la suya propia nada más terminar con el asunto de los muertos fingidos, alguien, no se sabe quién, hizo una llamada telefónica y a través de las redes de comunicación se desperdigó un virus simple que cambiaba de forma aleatoria los números de teléfono, así de sencillo, sólo fue eso, uno llamaba a su padre y salía la clínica dental, otro quería felicitar por su onomástica a su tía Azucena y le respondía un anciano solitario, dígame, vaya, me he equivocado, no, dígame, que me hace ilusión recibir una llamada telefónica, mi hijo no me llama desde hace meses, estará muy liado con el trabajo, es representante comercial, está bien colocado, se llama Andrés, bueno, y por qué no telefonea usted a su hijo y así se entretiene, es que cuando llamo me sale una señora que no conozco, pues hable con ella, quizás lo haga, parece educada, hágalo, adiós, adiós y gracias, uno llamaba al almacén de piezas de forja para reponer existencias y le respondía una mujer joven con una voz preciosa que decía no me interrumpas ahora, que iba a suicidarme, no lo hagas, piénsatelo dos veces, para qué, ya lo he pensado, la vida es dura pero hay que vivirla, es nuestra obligación, estoy harta de obligaciones, pues busca algo que te apasione y te dé fuerzas, ya no tengo fuerzas, bueno, pues yo lo he intentado, más no sé qué hacer, tranquilo, si era un caso perdido, pues nada, adiós, adiós, un consultor quería ofrecer los servicios de formación y selección al director de recursos humanos de una empresa de transporte y le salía un ama de casa que veía mucho la tele y jugaba a los ciegos cada semana con poca fortuna, alguien llamaba a Sonia para invitarla a cenar el viernes, con intenciones más lúdicas que gastronómicas, y se ponía al aparato la madre de un amigo suyo de la infancia que le pegaba en el recreo pero que era simpático, lo mismo sucedía con los móviles, el correo electrónico y los sistemas informáticos, se enviaban facturas de servicios profesionales a cuentas de correo de adolescentes, era imposible conectar con el servidor de la entidad bancaria y se trastocaban las contabilidades de empresas y organismos oficiales, se destinaba una partida para construir un puente sobre la M-45 y un anónimo empleado de una fábrica de aparatos neumáticos veía crecer su cuenta corriente de una manera milagrosa y encantadora, los mensajes SMS alegraban la vida a cuarentones que jamás habían recibido una simple señal de amor, t kiero muxo bsos, y se pasaban todo el día con la sonrisa tonta colgando bajo la nariz, quién será, quién no será, nadie podía contactar con nadie, o dicho de otra manera, todo el mundo podía contactar con todo el mundo, diga, soy Alberto, qué tal, tío, no, perdona, yo no soy un tío, me llamo María y no te conozco de nada, ah, pues mucho gusto, y qué tal, pues bien, llamaba a mi colega porque tengo entradas para el partido, a mí no me gusta el fútbol, pues vamos al cine, ah, pues vale, a eso sí me apunto, cómo quedamos, yo salgo a las seis del trabajo, podemos quedar en la puerta de la FNAC, me viene bien, pero a las siete, porque antes no llego, vale, y cómo nos reconocemos, llevaré un cuaderno de hojas en la mano, pero de los verdaderos, no, de los otros, ah, ya me parecía a mí, y a ti cómo te reconozco, pues soy morenita de pelo corto, anda, qué guapa, eso dicen, nos vemos a las siete, vale, un beso, morenita, un beso, Alberto, buenas tardes, es la clínica oncológica del doctor Tablada, no, es una tienda de ropa, y qué venden, ropa de chica jovencita, ah, pues me paso primero y compro algo bonito, me voy a morir en tres meses y me iba a dar unas sesiones de radiación, pero la verdad es que me apetece más comprarme ropa, hola, soy yo, te llamaba para decirte que he hablado con el abogado y voy a pedir el divorcio, qué casualidad, yo también me estoy divorciando, no eres Anselmo, no, me llamo Arturo y me gustan mucho los perros, a mí también, tengo un chow-chow, me encantan esos perros, yo tengo un husky, por dónde sueles salir a pasear con el perro, por el parque Berlín, lo conoces, no, pero puedo buscarlo en el callejero y me paso por allí esta noche, me llamo Javier, yo Angelines, hola mamá, no, se ha equivocado, ah, disculpe, oye, me suena tu voz, y a mí la tuya, joder, pero mucho, mucho, no serás Cornejo, el del instituto Cardenal Cisneros, joder, tío, tú eres Navascués, me cago en la leche, cuántos años, qué tal te va, qué haces, pues me he casado, yo también, tengo tres hijos, yo dos niñas, María Fernanda y Olivia, y de qué trabajas, soy comercial, yo tengo una tienda de revelado de fotos, por dónde estás, en Argüelles, coño, yo estoy ahora en Princesa, nos tomamos una cerveza, venga, buenas tardes, llamaba a la Asociación Ibérica de Amigos de los Alienígenas, sí, dígame, es que quería afiliarme, pues nos trae dos fotos tamaño carné y se lo hacemos en el momento, cuánto cuesta, recordemos que el proceso vírico era aleatorio, así que en alguna ocasión podía adjudicar el mismo número al que se trataba de llamar, cuesta sesenta euros e incluye un año de suscripción a nuestra revista bimensual, ah, pues me paso en media hora, venga, le esperamos, y sonaba una risa tétrica que erizaba el vello de la nuca, también el virus afectaba a todos los instrumentos electrónicos, lléneme el depósito de 95, por favor, el hombre con uniforme rojo llena de carburante el automóvil, son veinticinco céntimos de euro, qué barato, es lo que pone, buenas, lléneme el depósito de gasoil, son mil quinientos euros, qué caro, es lo que pone, buenos días, venía a renovarme el DNI, me deja su documento, aquí tiene, el ordenador dice que se llama Adelaida Gómez de Benito y tiene ciento nueve años, debe de haber un error, me llamo Fermín Bolaño García y tengo cincuenta y tres, no, no, el ordenador dice que se llama Adelaida, insisto, me llamo Fermín, llame a mi mujer y ella se lo confirmará, vive usted en la calle Hermosilla 54, no, en Embajadores 16, lo siento pero el ordenador me da esta dirección, se habrá cambiado de domicilio sin empadronarse de nuevo, que no, que siempre he vivido en ese piso, nos lo dejó mi suegro, que en paz descanse, espere que llamo a su mujer, mi número es éste, a ver, que ya contestan, sí, dígame, buenos días, le llamo de la comisaría de la Ronda de Toledo, es usted la esposa de doña Adelaida Gómez de Benito, no, mi mujer se llama Gabriela, pero todos la llamamos Gabita, aquí hay un señor que dice que es usted su mujer, pues le aseguro que no, me llamo Ernesto y soy hombre de pelo en pecho, se puede poner doña Adelaida, no, por qué no, porque aquí no vive esa señora, ya se lo he dicho, gracias, de nada, adiós, señor mío, los hechos confirman que es usted Adelaida, pues nada, seré Adelaida, ha traído las fotos, sí, aquí las tiene, debo decirle que se conserva muy bien para tener más de cien años, gracias, en unos días puede venir a recoger su documento, muy bien, gracias, adiós, buenos días, el siguiente, el inspector Chaves, por favor, soy el doctor Medina y le llamo por un dato del muerto que apareció en la calle Silva, no, se equivoca, esto es una cafetería, vaya, disculpe, señor, una cosa, quizás le parezca extraño, pero yo descubrí el muerto de la calle Silva, lo que pasa que me asusté y no dije nada, no me diga, pues sí se lo digo, llevo tiempo queriendo contarlo, pero nunca me atrevía a hacerlo, cómo se llama usted, me llamo Nelson Jiménez, señor, no es usted español, no, soy ecuatoriano, yo soy el doctor Agustín Medina, realicé la autopsia a ese primer muerto, y al segundo también, mucho gusto, doctor, igualmente, cree que debo hablar con el policía al que usted llamaba, doctor Medina, no, no creo que sea necesario, pero me gustaría hablar con usted, conmigo, sí, con usted, Nelson, pues dígame usted, a qué hora podíamos vernos, yo trabajo todo el día, dónde está, en una cafetería en San Bernardo, a qué hora sale, a las doce de la noche, le invito a comer, Nelson, y así podemos charlar un rato, me temo que no puedo salir del establecimiento, entonces quedamos a las doce de la noche, lo lamento, doctor, pero me aguarda un largo trayecto a casa y si me descuido me cierran el metro, no se preocupe, le invito a tomar algo y luego le llevo en coche a su casa, no sé, no nos conocemos de nada, tiene miedo de mí, no, no sé, doctor, venga, nos tomamos un sándwich en el VIPs de Gran Vía y comentamos lo del muerto, Nelson duda y aguarda unos segundos antes de responder, tengo que colgar ahora, doctor, el encargado me está mirando, nos vemos a las doce, bien, a las doce, adiós Nelson, adiós doctor, Medina tiene una intuición desde hace días, cree que puede encontrar el foco desde el que partieron los muñecos, ha estado dibujando puntos en un mapa de la ciudad y percibe que han ido apareciendo en oleadas cada vez más lejanas desde único punto que coincide con la calle Silva, sabe que Paco Chaves ya no se dedica al caso, en realidad no hay caso, nunca lo hubo, no se quebrantó ley alguna, por el contrario, los ciudadanos estaban encantados con los muertos y los cuadernos de hojas, así que nadie se llevaría un ascenso por descubrir el tinglado y privar a los madrileños de su singular regalo, se desestimó la investigación y Paco continuó haciendo la vida imposible a los vendedores de CDs piratas, a los trileros y carteristas y a algunos proxenetas, cosas sencillas y sin riesgo, el año había terminado y renacido, enero fue frío y luminoso, la ciudad era menos amenazadora que nunca y Chaves disponía de un poco más de tiempo para disfrutarlo con su hijo David, que crecía sano y fuerte, aunque pronunciaba muy mal la erre, a lo mejor debían llevarlo al foniatra o al logopeda, esas cosas cuanto antes se detecten mejor, su esposa, la hermosa Marta, lo había mirado con sus ojos glaucos y le había dicho que quería tener otro hijo, Paco aceptó y reforzaron los coitos semanales, la vida le venía de cara, ya nadie llamaba a la comisaría para decir, me matan, vengan a salvarme, ni era posible que los coches patrulla se comunicaran entre sí para pedir refuerzos, así que cada uno hacía lo que le daba la gana y le parecía bien, el comisario llegaba a veces vestido de montañero y se tomaba un café con todos ellos, les decía hagan lo que puedan, sean buenos y honrados y que pase lo que tenga que pasar, y cada uno se organizaba a su manera, había pocos robos gracias al sistema informático aleatorio, uno podía comprarse un frigorífico combi y al ir a pagar le decían que valía treinta y siete euros, cosa que venía de maravilla a la familia compradora, o adquirir un jersecito de punto y que al pasar el código de barras marcase un monto de nueve mil doscientos quince euros pero, en vez de asustarse o de devolver la prenda, la señora ofrecía la tarjeta de crédito con absoluta indiferencia ya que días antes había recibido un ingreso en su cuenta de noventa y cuatro mil euros de parte de unas industrias cárnicas, las cosas o costaban mucho o costaban poco, pero todos se las ingeniaban para ir tirando, si bien, por alguna razón, descendió sensiblemente el consumo superfluo, las nóminas a veces eran leoninas y otras astronómicas, pero el que cobraba diecisiete euros no se aterraba al comprobarlo porque en pocos días recibiría un ingreso extra de una aseguradora, de una empresa distribuidora de maquinaria industrial o de una editorial importante, y aquel que por repartir paquetes en moto por las calles invernales recibía medio millón de euros al mes sabía que cuando comprara la salsa de tomate le restarían un buen porcentaje del salario aleatorio.
Me encanta ese Madrid virulento.
Y hoy trataba de encontrar un madrileño o madrileña amistoso que le pueda enseñar la ciudad a una amiga mía que viaja en mayo.
¡Si se le hubiera ocurrido ir en esos días del virus!
Cuidadín, que todo parece muy bonito, pero luego se complica.
Madrid es una ciudad inmunda para vivir. Supongo que para pasar unos días estará bien y hasta puede ser bonita.
Es como una pareja: pasar un fin de semana con alguien es estupendo; todo es alegría, se intenta agradar al otro, complacerlo en todo.
Pasar toda la vida al lado de ese mismo ser se convierte en un asco, porque lo bonito y de adorno se desdibuja entre la inmensa cantidad de ruido y rutina.