CAPÍTULO CUATRO
En el que se narra la mala vida de Blanca
Ella, Blanca, no había tenido mucha fortuna en la vida, aunque por lo que hemos ido sabiendo, Agustín tampoco, pero el doctor, tras lo que vamos a leer, no ha de quejarse.
Blanca vivía en la calle San Vicente Ferrer, en un piso oscuro interior, con tres ventanucos que se abrían a un patio de luces que ensombrecía la vida familiar, y se había desposado con Germán tras haberse quedado embarazada de él en un coche, Ella nunca vio un muerto falso, nunca tropezó con un cuaderno de hojas, sabía de su existencia porque a estas alturas ya nadie podía fingir que vivía al margen del portento, muchas de sus conocidas del barrio comentaban que habían escrito versos en uno de ellos, que habían leído con fruición lo que otros habían almacenado en sus páginas, pero Ella, Blanca, no fue nunca capaz de poner sus feos dedos en uno de aquellos libritos famosos, dedos feos, sí, has leído bien, el sueño de Medina era incompleto, Blanca no era hermosa, me extraña que lo fuera de adolescente, pero como no contamos con prueba documental para atestiguando, le concederemos el beneficio de la duda, pero lo que es indudable es que no ha madurado bien, no ha trocado la jugosa belleza de la juventud por la belleza serena de la edad adulta, Blanca es fea, la grasa se le ha acumulado en macilentos depósitos en nalgas y cintura y bajo los brazos, por el contrario, tiene las piernas demasiado delgadas, casi fibrosas, lleva el cabello mal teñido, las canas se perciben entre el pelo amarillo y negro, sus ojos son excepcionalmente tristes, ha abandonado toda esperanza, eso se puede saber de una persona cuando deja de llorar para siempre, cuando el dolor ya no duele, cuando se toma por normal la angustia y el infierno, cuando el día ha sido bueno si apenas te han insultado y te has llevado sólo una bofetada, porque Germán no es malo, pero le pega a veces, aunque llevaba más de dos días sin hablarle, sin decirle ni siquiera que la cena estaba fría, o que el salón estaba lleno de los juguetes de los niños y que no había manera de sentarse en el sofá, llevaba aún más días sin darle un solo cachete, ni zarandearla, y eso le dolía un poco más aún que los golpes porque Blanca podía entenderlo todo, sabía que su hombre estaba pasándolo mal después del despido, ella podía comprender su impotencia ante el expediente de regulación de empleo, no era culpa suya, él, Germán, era muy trabajador, era el primero que echaba horas extras cuando se lo pedían, Blanca lo miró con cariño cuando se cruzaron en el diminuto pasillo, él ni reparó en ella, de ser un poco más ancho, ni se hubieran rozado al pasar, pero Blanca no se lo toma en cuenta, ella lo entiende todo, Blanca sonríe y se mete en la cocina a hacer la cena, aunque no había mucho donde elegir en la nevera, se habían quedado sin salchichas el martes, y sin pollo ayer, Blanca evalúa las provisiones y decide freír huevos con patatas, eso siempre les gusta a todos, llama a la niña para que vaya poniendo la mesa pero no hay respuesta, sólo se oye la música saliendo de su cuarto, mezclada con el sonido del partido en la televisión y las voces de los dos más pequeños persiguiéndose por la casa, la madre habla a voces a la hija, el tamaño del piso lo permite, Jessi, apaga la radio ahora mismo, me voy a volver loca con tanto ruido y tanta cancioncita, que bajen ellos la tele nunca me dejan oír lo mío, siempre el fútbol, oye, niña, tu padre quiere ver el partido y a ti te he dicho que tienes que poner la mesa, es que nunca me vas a hacer caso, Jessi termina por salir del diminuto cuarto que queda a la derecha de la cocina y se encara a su madre, y por qué tengo yo que poner la mesa y esos dos jugando, vamos, Jessi, ayuda a tu madre, que estoy haciendo la cena, anda, siempre me toca a mí, y ellos nunca hacen nada, odio ser chica, no es por ser chica, es porque eres la mayor, cariño, la mujercita de la casa, Sergio, uno de mi clase, dice que pone la mesa todos los días y que se hace la cama, mira tú qué apañadito el Sergio, seguro que no tiene hermanas, pues sí que tiene hermanas, lista, además, estoy terminando los deberes, pues los acabas luego, interviene el padre sin mirarla, no te ha dicho tu madre que pongas la mesa, pues andando, el hombre ha entrado en la cocina, abre la puerta del frigorífico, duda unos instantes y agarra un botellín, hay que comprar cerveza, espera que me lo apunto para que no se me olvide, mañana en cuanto deje a los niños me voy al súper, hay almendras, no, se han acabado, qué hay para picar, espera que te abro una lata de mejillones, no, déjalo, no quiero mejillones, sí, tonto, siéntate que ahora te la llevo, te he dicho que no quiero mejillones ni quiero nada, la mujer vierte aceite en la sartén, cómo va, el qué, el partido, el hombre sale sin responder, ella aparta la tristeza y casca el primer huevo que chisporrotea en la sartén, Blanca se ayuda de la espumadera para dejarlo a punto mientras en el otro fuego se doran unas pocas patatas, en el comedor se oye el ruido de un impacto y, seguidamente, el lloro del pequeño, la mujer acude para ver qué ha pasado, pero es que no podéis dejar de pegaros ni un solo día, ha sido él, ha sido él acusa el pequeño al mediano, el padre dice nunca me vais a dejar ver el partido en paz, es que no podéis sentaros como todo el mundo y callaros, Germán sí ha visto uno de los cuadernos y ha escrito en él un horrendo insulto al gobierno, a la clase dirigente y a medio mundo en general, no podemos decir que le descargara mucho de su angustia, pero lo cierto es que esa noche no pegó a su mujer casi nada, venga, venga, ahora mismo a lavarse las manos que vamos a cenar, qué hay de cena, mamá, huevos y patatas, venga, que están muy ricos, yo quiero tortilla, sí, tortilla me voy a poner a hacer ahora, venga, no lo digo más, que se queda luego todo frío, frase muy ajustada a la realidad humana, aunque ella particularizara al alimento, unos minutos después estaban los cuatro sentados a la mesa, el padre aún permanece en el sofá viendo la repetición de las mejores jugadas de la primera parte, Blanca reparte un huevo a cada uno de los niños y dos al marido, sirve la fuente de patatas, jo, qué pocas me has echao, cómetelas y luego te doy más, se dirige ahora a su hombre, se te va a quedar frío esto, anda, vente, Germán sigue sentado frente al televisor con los ojos guiñados intentando escuchar los comentarios del ex-jugador del Real Madrid contratado para ello, mamá, mira, me está tirando pan, no os tiréis el pan, que no está la cosa como para tirar la comida, el hombre se sienta a la mesa, qué pasa, que no podemos permitirnos ya ni tirar una miga de pan, eso es lo que estás diciendo, que no, que no es eso, es una forma de hablar, es un dicho que solía decir mi madre, qué pasa, que la señora marquesa no puede comprar solomillo y langostinos, eh, no saques las cosas de quicio, que no he dicho nada, venga, Álvaro, tírale el pan que quieras a tu hermana, y le acercó otro cantero al niño, el hombre la mira con fijeza, pone esa cara tan rara que precede a…, encima cachondeo, anda, vamos a cenar de una vez y rapidito a la cama, niños, Blanca prefiere que la paliza venga con los niños ya en la cama, yo no quiero huevo, está crudo, Álvaro apartó con el tenedor parte de la clara poco cuajada, tiene moco, te comes el huevo ahora mismo, me da asco, pues hay huevos o tortas, así que tú verás, el hombre mojó un poco de pan en la yema y antes de probarlo, apartó el plato con desprecio, se sirvió un poco de vino del envase de cartón colocado frente a él y lo apuró de un trago, su mujer lo miraba discretamente, no tienes hambre, te he dicho mil veces que el vino en botella, esto es una mierda, es sólo química, estaba muy bien de precio, y se guarda mejor sin tener que ponerle el tapón y…, es una mierda, mañana te traigo una botella, no me traigas nada, pensé que era lo mismo, venga, niños, a comer de una vez, qué sabrás tú de vinos ni de nada, tienes razón, a mí todo el vino me sabe igual, menos el de la boda de tu hermana que estaba muy fresquito y…, a ti todo te da igual, Germán fulmina a Blanca con la mirada y se levanta para ir de nuevo al sofá, te hago otra cosa, se ofrece ella, pero él no contesta, yo tampoco quiero el huevo, mamá, me quiero ir a jugar, tú te comes el huevo, os vais a callar ya de una puñetera vez o me bajo al bar a terminar de ver el partido, venga, niños, una mandarina y a la habitación a hacer los deberes, a mí no me gustan las mandarinas, pues es lo que hay, Germán se levanta y Blanca sabe que se bajará al bar, que beberá más de la cuenta y al final llegará enfadado, te vas a bajar un rato, Germán no contesta, lo ve coger la cazadora del perchero y abrir la puerta, Blanca se levanta y va detrás de él, y antes de llegar al primer escalón le dice si te acuerdas, antes de subir entra en la tienda de los chinos y coges una de leche para mañana, para el desayuno de los niños, pero en realidad le ha dicho otras cosas en silencio, una de esas historias que tan bien lucen en los cuadernos de las hojas de fresno o de álamo, pero Blanca nunca escribió nada y lo guarda para sí sin poderlo descargar:
No bebas mucho, mi amor, que verás cómo todo se va a arreglar, que vais a cobrar la indemnización y con eso aguantaremos hasta que encuentres otro trabajo, que ya le he hablado a nuestro cuñado, al marido de mi hermana, que trabaja en lo del aire acondicionado y ya ha preguntado si hay una plaza libre, eso lo aprendes tú en dos tardes, le acompañas a montar uno y seguro que le pillas el truco enseguida, te lo digo yo, que a mañoso no te gana nadie, y que en cuanto pase esta mala racha vamos a volver a estar como antes, bien lo sé, veremos las cosas de otra manera y nos podremos permitir algún capricho, que sé que quieres comprarte ese chaquetón de piel vuelta que vimos el otro día, se te notaba en los ojos que te gustaba, y sabes qué, que en verano vamos a poder ir a la playa como hace tres años, que lo pasamos en grande, y comernos esa paella tan rica viendo el mar, y que no me pegaste ni una sola vez en el apartamento, porque estabas muy tranquilo y muy cariñoso y se te veía muy bien morenito, y volveremos a hacer el amor los sábados, pero sin golpes y sin arrastrarme del pelo, que no hace falta, que yo te quiero, y que si estás tranquilito y no bebes todo va mucho mejor y hasta los niños se portan bien cuando te ven a ti de buen humor, y sí, Alvarito va a ir a estudiar lo de los ordenadores, ya verás, y tendrá un buen sueldo que ahora hay mucha demanda de eso, y a la niña ya me encargo yo de quitarle esos pájaros de la cabeza sobre la universidad y esas tonterías, tú déjamela a mí, que en el fondo es muy razonable, y yo estoy contigo en que los hombres y las mujeres somos distintos y el que tiene que prepararse es el hombre, que yo con la casa y los niños ya tengo bastante, y te prometo no volver a pensar en ponerme a fregar en la oficina que me dijo la del tercero derecha, que sé que te pones furioso, porque tú eres quien tiene que traer el sueldo a casa, que para eso eres trabajador y hombre, de verdad que no lo vuelvo a decir, vamos, ni a pensar, que no quiero que te enfades conmigo y me pegues por eso, que lo sé, sé que me lo merecía por hacerte el desprecio a ti, que lo sé, mi amor, que te juro por la memoria de mi madre que no lo volveré a decir, tú no bebas y no te preocupes, que yo te cuidaré siempre y abrígate, que la noche parece fresca…
El hombre desciende dos, tres escalones, y se pierde en la noche fría, y si Agustín Medina pudiera ser testigo como lo hemos sido nosotros de lo que ha quedado de su Ella, no dudaría en hacerse él mismo su propia autopsia, porque estaría tan muerto o más que los muertos falsos que alguien sin nombre y sin cara hizo crecer en las manzanas grises y heladas de las calles de Madrid en su último invierno, para reírse de nosotros o darnos algo en qué entretenernos, para ver qué hacíamos con ellos o cómo nos comportábamos entre nosotros, para dominarnos si se tratara de una corporación multinacional esclavista, para invadirnos si fueran extraterrestres malvados, para hacernos bailar a su son o permitirnos descubrir nuestro propio ritmo, para ocultarnos a los ojos del resto de los españoles, como en realidad sucedió al final, para llevar a cabo un experimento con cuatro millones de personas sin parangón en la historia de la ciencia aplicada, para hacer llorar a Iván, nuestro joven filósofo, que estaba enamorado de Miriam y ésta se lió con un pijo imbécil que estudiaba Caminos y tenía un Golf con un equipo de música fantástico, para impedir que Nelson pudiera traerse a Madrid a su familia, a su mujer Nora y su mamá, que había pasado a ocupar el lugar de la abuela en el patio reseco de la casita y zurcía y volvía a zurcir nadie sabe qué, para que el hijo de Paco Chaves nunca llegara a corretear por el camino laberíntico de la casa de campo que humeaba en el prado y no pudiera jamás meter los pies descalzos en el agua gélida del regato que alegraba la propiedad y nutría de húmeda vida el bosque de pinos y robles, para recopilar los pensamientos e inquietudes de cientos de miles de ciudadanos y disponer de ideas curiosas con las que rodar una serie que fuera premiada en certámenes internacionales de televisión, para darnos esperanza y luego arrebatárnosla con calculada crueldad, para decorar su estantería con millones de trofeos humanos y encender una pipa de madera de tejo y contemplarlos con los ojos entrecerrados pensando en pasadas glorias, para adular a hombres riquísimos que lo tienen todo y sólo les quedaba coleccionar vidas humanas, para alimentar fantasías depravadas, sueños imposibles, para hacer el regalo definitivo, toma, cariño, una ciudad, es tuya, haz con ella lo que gustes, oh, qué detalle, me gusta más que el jardín de estatuas diabólicas que hace muchos años construiste cerca de la Estación del Norte y que tanto aterraba al niño ése tan insoportable, sabía que te haría ilusión, mira, aquí están los hilos, parece complejo al principio, hay cinco por persona y son cuatro millones, hay que saber bailar a la vez veinte millones de cuerdecitas para moverlos a tu antojo, hay que pillarle el tranquillo, Nelson y Blanca nunca escribieron nada en los cuadernos, el uno lo merecía por haber sido el descubridor del primer muerto, la otra lo necesitaba porque llevaba dieciséis años viviendo al borde de la muerte, unos días más cerca del abismo que otros, Ella, la divina Ella, no se acordaba de ningún mozo que la mirara en la orilla del mar el año que acudió con sus padres a la playa de ese pueblecito de Castellón, lo pasó bien, sus padres eran tranquilos y previsibles, cada mañana se levantaban a las nueve, desayunaban pan tostado y leche, se ponían los trajes de baño y caminaban desde el hotel hasta la playa, plantaban la sombrilla, tres colores, azul rojo blanco, en la misma zona, la más próxima al paso de peatones por el que cruzaban y permanecían a la orilla del mar desde las diez hasta las doce y media, la madre nunca se bañaba, se daba un largo paseo por la orilla embutida en su bañador negro, el padre unos días la acompañaba, otros se daba un corto chapuzón, Blanca jamás reparó en Agustín, en ese chico pelirrojo de ojos bobos y hundidos que la miraba de refilón, que la acariciaba con la brisa en su contra, sin poder acercarse, nunca lo hubiera conseguido, los separaba un mundo entero de témpanos y placas de hielo, allí en el calor del estío, en los días en que el sol era bueno y no nos llenaba de peligrosos melanomas con los que nos asustan para que no salgamos al exterior y nos escondamos como las hormigas y los topos en agujeros profundos bien surtidos de tiendas de electrónica, de restaurantes de cocina imaginativa y firmas internacionales de ropa que tape nuestras pieles tristes y nos salve para siempre del sol y la brisa del océano, aquí en Madrid, donde el mar no se oye y las olas son de acero y hormigón, aquí en Madrid, donde la arena es de plástico y el agua viene en botellas de PVC.
Qué fuerte.
Yo, luego de leer esto, me he sentido afortunada por mi vida.
Casi casi.. gracias
El que no se consuela es porque no quiere…