Memoria de arce (3)
Marzo 18, 2008 por Yoku
CAPÍTULO TRES
De cómo empezaron a surgir muertos por todas partes
Unos días después de la simultánea aparición de los dos cadáveres de pacotilla, la ciudad se vio inundada de decenas de ellos.
Se encontraron muertos en tiendas de ropa, en los probadores con dos o tres prendas juveniles y audaces, en cines con sonido digital acomodados en las butacas de las primeras filas, en el interior de museos y pinacotecas contemplando cuadros minimalistas, en parques ajardinados junto a los rododendros, en edificios de oficina sentados a la mesa de reuniones con un cafetito en uno de esos vasos de parafina diminutos, en escuelas públicas y concertadas en las desangeladas salas de prácticas de química, en almacenes de alimentos envasados sobre palés de mermeladas o anchoas en salazón, sentados en paradas de autobuses bajo las marquesinas, en una barca del lago de la Casa de Campo con las manos en los remos, cerca de otro muerto que fue especialmente terrorífico, pues estaba sentado y asegurado por los anclajes de la Lanzadera del Parque de Atracciones, éste, como es natural, fue el más llamativo para los medios de comunicación, porque nadie había visto a ninguna persona cargando a las espaldas con un muerto de plástico aguardando turno en la fila, ni era posible sentar a un muerto sin que los chicos vocingleros que ocupaban los asientos se hubieran dado cuenta de la macabra maniobra o que alguien le hubiera comprado la calcomanía que permite subir a las atracciones, pero nadie vio nada, el muerto estaba allí, y la chica aterrorizada que había caído en picado a su vera sufría tal ataque de nervios que fue incapaz de articular palabra y ofrecer alguna pista sobre la mujer de cuarenta años que reposaba a su derecha y que era una muerta falsa, porque ya no eran solo hombres, sino mujeres, niños y transexuales, el abanico de rostros, de pelambres e iris, de cúmulos de grasa o graciosas curvas era variadísimo, se encontró un muchacho negro muy guapo montado en bicicleta, con casco y demás indumentaria, que transitaba a tumba abierta, perdón por el juego de palabras grosero y poco imaginativo, por la Cuesta de San Vicente, dirección Príncipe Pío, que fue a estrellarse contra la rotonda que circunda la puerta levantada como imitación de una que supuestamente guardaba la ciudadela antigua y en la que en mi niñez, en vez de puerta, algún cruel psicópata había plantado unas figuras humanas ominosas que siempre me llenaban de terror absoluto cuando había de pasar por tal plaza tras el crepúsculo, las estatuas bailaban una danza arcana, para mis adentros celebraban ritos paganos y diabólicos, estoy convencido, el joven negro se dio un golpe tremendo al no poder esquivar la rotonda, ni echar mano a los frenos ni realizar maniobra alguna pues, parece evidente, estaba muerto, o ni eso, era un muñeco vacío por dentro excepto por la libreta de su cabeza que reventó contra el monumento sin que el casco pudiera evitar que se le abriera en dos el cráneo y que la libretilla de papel reciclado con una hoja de aliso en la portada quedara a su lado abierta por la primera página, con la siguiente frase escrita en ella:
Dime adiós
Los curiosos y viajeros que tomaban autocares para volver a casa y descansar de los excesos del trabajo se arremolinaron en torno al muchacho africano, no tiene rodillas, advirtió un joven aficionado al ciclismo, por eso se la ha pegado, nadie puede montar en bici sin rodillas, los paralímpicos pueden, yo lo he visto, pedalean con las manos, pero éste es uno de los que salen en la tele, de los muertos de plástico, sí, de esos, mira, tiene las narices cerradas, no tiene agujeros, y cómo respiraba, no respiraba porque no es de verdad, ah, es verdad, yo creo que esto es una campaña publicitaria, ya lo veréis, están soltando muñecos por todo Madrid para llamar la atención y luego será un anuncio de Pepsi o de Levi’s, qué te apuestas, puede ser, mira, éste también tiene cuadernillo, dicen que hay gente que escribe cosas en ellos, y qué escriben, no sé, lo que quieren, una amiga mía tiene una compañera en el trabajo que escribió en uno de los libros y decía que estaba lleno de frases y cosas de muchas personas, tienes un boli, sí, vas a escribir algo, no sé, a lo mejor, y qué vas a poner, no sé, lo que se me pase por la cabeza, joven, luego me lo pasa a mí, dice una señora de unos cincuenta años, que quiero escribir una poesía, vale, señora, ahora se lo paso, y luego a mí, quién da la vez, a ver, el último, y en menos de cuarenta minutos el libro estaba abarrotado de letras cursivas, de pesares y días perdidos, de amores que nunca fueron, de pesadumbre, de besos que no se entregaron a sus destinatarios y se gastaron en bocas amargas, de días de frío y dedos en el cristal, de ahora vuelvo y no volvió, de cuándo vendrá y no volvió, de se me ha metido una pestaña en el ojo, no estoy llorando, de tardes esperando una llamada, de flores para pedir perdón, de angustia en la garganta cuando empacó cuatro cosas en una maletita y se fue para siempre y no quería irse, la lluvia era fría y delicada, no despertó al muchacho negro tendido en la hierba de la rotonda, no vino la ambulancia a retirarlo porque estaban ya hartos de ir recogiendo muertos falsos por todo Madrid, allí quedó durante mucho tiempo, ya que lo bueno de estos muertos es que no apestan ni se corrompen, ni dan asco ni nadie se pone a invocarlos y hacer exorcismos y otras patochadas, la gente los ve, se está acostumbrando a ellos, los ciudadanos se hacen cargo de la situación, ya no acuden las fuerzas del orden a levantar atestado, alguien se llevó la bici, eso sí, la legendaria picaresca castiza, disponía de suspensión delantera y trasera, un cuadro de aluminio muy ligero y tres platos y ocho piñones, bidón no traía, pero eso no es problema porque se adquieren por tres o cuatro euros o siempre sobra uno por casa de alguna marca que los reparte gratuitamente, el libro con la hoja de aliso se termina, está a rebosar de adioses, qué hacer con él, alguien lo deposita junto al negro vestido con maillot y culotte, y esto que sigue es algo que pocos saben y os lo voy a contar yo, jamás ninguno de los libros abandonó la capital, muchos ciudadanos de pueblos y localidades limítrofes y hasta algunos extranjeros de paso por Madrid escribieron en su vientre reciclado, pero nunca nadie consiguió sacar uno de ellos de la ciudad, por alguna razón siempre lo pedía un madrileño que viajaba al centro, o a un distrito lejano pero incluido en la capital, los cuadernos pasaban de mano en mano, de alma en alma, y siempre circulaban por las calles de Madrid sin poder abandonarlas jamás, bien es cierto que en pocas semanas nadie podría volver a salir o entrar en la ciudad, pero ésta y otras sorpresas se explican en capítulos posteriores y no es mi intención desvelarlas todas de golpe, aunque ya lo he hecho en parte, soy impaciente y no sé esperar, haz como si no lo hubieras leído, sáltate tres o cuatro líneas y ve directamente a un poemita que escribió la señora de cincuenta años que ha intervenido en la parada del autobús, que decía más o menos así:
La siguiente promesa
nacerá rota
será un ligero adiós
con el significado eterno
de hasta nunca.
Este cuaderno intitulado Dime adiós fue muy famoso semanas después cuando se decidió recopilar todos los libros que se pudiera rescatar para editarlos y venderlos a un precio simbólico, la idea surgió entre la gente, había quién copiaba los cuadernos que caían en sus manos, otros los atesoraban como joyas valiosas, otros los compraban por cantidades desorbitadas, lo que, quizás, fue el detonante para que algunos avispados pusieran en circulación cuadernos apócrifos, pronto las papelerías, librerías, tiendas de regalos y establecimientos de surtidos étnicos y ecológicos se vieron desbordados por la demanda de cuadernos de papel reciclado, no importaba el tamaño o la decoración de la portada, era fácil distinguirlos, porque no llevaban hoja de olmo, almez, encina o abedul, sino corazones, dibujitos tontos o muñecos cursis, pero los ciudadanos aceptaron de buen grado la proliferación de espacios donde poder escribir sus cuitas y fueron adoptados como cuadernos de hojas por la población, ni que decir tiene que se convirtió en costumbre iniciar una cadena, casi todos los ciudadanos habían empezado un cuaderno por su cuenta, además de haber intervenido en la escritura de varios más que llegaban a sus manos, yo ya llevo tres, pues yo he escrito en siete y ahora voy a comprar uno para empezarlo, sólo algunos madrileños agrios, los hay, se ufanaban de no participar en tamaña estupidez, se reían de la literatura de baja estofa, de las sensiblerías que se habían despertado entre los vecinos, y se negaban a aportar su cuento, su frase o lo que fuera, pero eran estos los que luego, a escondidas, tras haberse topado con uno de los cuadernos en un banco del Paseo de Recoletos y haberse asegurado que nadie miraba, lo leían con las lágrimas asomando en los párpados y escribían un poemita especialmente gazmoño, para luego cerrarlo y levantarse más ligeros y caminar con el sol en la cara, con la tibieza como compañera y sintiéndose apenas unos gramos mejor porque, ya lo hemos comentado en el caso del doctor Medina, los libros no conseguían que los ciudadanos fueran felices, eso sería tan increíble que daría risa leerlo, tampoco los curaban de miedos y angustias, ni devolvían la sonrisa perdida para siempre, pero aliviaban, descargaban, retiraban dos o tres capas de soledad buscada, de fiereza de espíritu y de gestos hoscos, no servían para más, no sabemos si ése fue su propósito, ni siquiera si los muertos falsos tenían propósito alguno, pero ese principio de invierno en Madrid fue muy tranquilo y reposado, descendieron los golpes de chapa en las calzadas, se despidieron menos miles de trabajadores y disminuyó el número de intervenciones policiales y de operaciones de urgencia por arma blanca, quién sabe si el creador de los muertos era un benefactor, un loco o un maléfico truhán, quién sabe si de verdad hubo alguna vez un creador, o sólo fue un experimento sociológico, psicológico o comercial, eso de momento no se sabe, lo cierto es que Madrid fue durante esas semanas la envidia del resto del territorio nacional y desde muchas autonomías se exigió inmediatamente que los muertos falsos llegaran también a los rincones escondidos de provincias para que todo el mundo pudiera disfrutar de sus misterios, de sus apariciones sorprendentes y de sus cuadernos de hojas en lugar de cerebros, pero los gobernantes de Madrid se encogían de hombros, componían gestos de impotencia y explicaban que nada podían hacer, que como mucho se les ocurría preparar una exposición itinerante por pueblos y ciudades para que toda la población española pudiera contemplar los muñecos, pero como en el caso de los libros, los falsos muertos jamás pudieron salir de los distritos de la capital, tampoco se supo nunca el número exacto de marionetas humanoides que aparecieron porque no todas fueron recogidas por las autoridades, pasados unos días de frenesí recolector, los muertos se fueron dejando donde habían surgido, a algunos los transportaron a plazas y parques para que los turistas pudieran fotografiarlos, otros quedaron allí donde se los encontró, y muchos, es de suponer, no se encontraron nunca y aún deben de estar en oscuros pasillos de inmuebles cerrados, en lóbregos semisótanos, en alcantarillas o en tumbas abandonadas, podrían estar en cualquier sitio, a veces aparecían sobre el tresillo de una familia común, con el mando a distancia en la mano, ya nadie se asustaba al verlos, lo que sí hacían, aunque parezca muy truculento, era abrirles el cráneo con lo primero que tenían a mano para extraer el cuaderno de hojas, pues el privilegio de iniciar la escritura de uno de los libros auténticos era muy valorado socialmente y nadie desperdiciaba la oportunidad de estrenar una de las libretas, esta costumbre trajo algunos problemas y no pocos malentendidos porque en ocasiones alguien observaba a otro ciudadano con mirada inquisitiva y si éste no respondía y continuaba inmutable, el otro podía gritar un muerto, ese tío es un muerto, y se veía descerebrado en breves instantes a poco que se descuidara, por esta razón las personas se aseguraban de borrar miradas ausentes de sus rostros, de gesticular enfáticamente a cada momento, y hablaban con sus vecinos de vagón o autobús, comentaban la película en la sala de proyección y dejaban la cortina descorrida en los probadores, todo ello para dejar claro a sus conciudadanos que estaban vivos, que no paraban de moverse y que disponían de cuerpos normalmente constituidos, con todos sus músculos, orificios y demás elementos, de tal modo que nadie se pasaba más de un minuto sin hablar con sus semejantes, por muy alejados que estuvieran en la escala social, porque las conversaciones tenían una doble utilidad, declaraban que uno mismo era vivo normal y sondeaban al otro por si era muerto falso, esta semana de verborrea desatada coincidió con la puesta en circulación de la mayoría de los libros apócrifos y la moda madrileña de rellenar cuadernos y escribir cuentecillos y pensamientos tristes para así descargarse y sentirse algo más livianos, los lunes se hacían más llevaderos, ya casi nadie trabajaba ni compraba estupideces, y se pasaba mejor la semana, pero no podemos ser ingenuamente optimistas y negar la realidad, muchos de los ciudadanos no recibieron nunca un cuaderno de hojas, ni siquiera una de las copias adquiridas en papelerías, bien sea porque salieran poco a la calle, porque la mala o la buena suerte se lo impidió o porque era imperativo para que yo pudiera contar la historia de Blanca que, así gana todo en dramatismo, no era otra sino la versión de cuarenta y tres años de la niña que Agustín Medina conoció a medias en sus días de playa en Castellón.
¿Y me vas a dejar todas las vacaciones con la curiosidad???
¿No habrás sido tú el que plantó los muertos falsos eh?