Memoria de arce (2)
Marzo 17, 2008 por Yoku
Segundo capítulo del bodrio por entregas anunciado. Paciencia. Ya vendrán cosas más ligeras.
CAPÍTULO DOS
De cómo un muerto puede pasar desapercibido
Un segundo muerto, quizás el primero, apareció en el Metro, línea 5, y por lo que se sabe, podría llevar allí varias horas.
Previamente anunciamos que nunca estuvo claro si el primer muerto fue el de la Gran Vía o el que ahora pasamos a describir, el cual, ya lo dijimos, fue el que saltó al conocimiento público, quedando el que Nelson encontró como el segundón en darse a conocer, para mí, tras sopesar toda la información de la que dispongo, ambos fueron simultáneos, mientras el de Nelson fue depositado en la calle Silva, éste que ahora nos ocupa fue sentado en un vagón intermedio del Metro de la línea verde y pasó desapercibido durante muchas horas allí sentadito, tan tranquilo, inmóvil con la mirada ciega fija en la ventanilla de enfrente, miles de viajeros compartieron su espacio con este falso muerto, ignorando su condición de tal, ajenos al misterio, así transcurrió casi toda la jornada antes que alguien reparara en aquel señor de edad indefinida, pues los hombres entre los cuarenta y los cincuenta y cinco años pueden tener cualquier edad intermedia, es muy difícil precisarla, todos son feos y tristes, de piel cenicienta o pálida, la mayoría de ellos adquieren una complexión de pera, con hombros estrechos y caídos y panza y cintura prominentes, un señor normal, del montón, como todos, y allí habría permanecido hasta el último viaje nocturno antes de recoger el convoy en las cocheras si no llega a ser por un pequeño incidente que sucedió a las siete y diez de la tarde cuando un concertista de acordeón que amenizaba el trayecto a los cabizbajos viajeros, tocando piezas movidas de inspiración húngara, perdió pie en un frenazo algo brusco al llegar a la estación de Ventas, se desequilibró y fue a golpear con el instrumento al caballero inmóvil, discúlpeme, señor, lo lamento, qué hostia l’a dao dijo un joven a su amiga, señor, señor, está usted bien, muchos viajeros miran con curiosidad, los golpes y los accidentes nos fascinan, es un dato conocido que se producen accidentes de tráfico al frenar los conductores para disfrutar al pasar de los macabros resultados de un accidente previo, algunos lo zarandean, el falso muerto pierde la posición sedente y cae sobre los pies de los subterráneos viajeros, se ha muerto, paren el convoy, detengan el tren, dónde está la palanquita, próxima estación El Carmen, avisen al conductor o a alguien, saquen al muerto para que le dé un poco el aire, aquí se va a agobiar, si ya está muerto, señora, no diga tonterías, le habrá dado una bajada de tensión, a mí me pasó una vez y me puse malísima, agarra tú de las piernas que lo sacamos, a ver, no entren al vagón que sacamos a un señor que le ha dado un jamacuco, vámonos Pili, no vaya a ser que hayan puesto una bomba, éste se ha inmolao y ahora revienta la mochila de explosivos, si tié cara moro, una bomba, corran, salgan todos, hay una bomba, no me voy a detener en describir las escenas de pánico que acompañaron este segundo descubrimiento del inofensivo falso muerto, adelantemos diez minutos y coloquémonos en una cómoda posición cenital y ya tenemos a los guardias de seguridad, a una señora gordita responsable de Metro y a una pareja de policías municipales, todos alrededor del muerto tendido en el andén de la estación de El Carmen, y centenares de ciudadanos escapando a trancas y barrancas del hormiguero para salir al exterior, ese territorio que generalmente nos asusta y que, si lo pensamos detenidamente, nos está prohibido, algo habrá de inmenso valor en lo externo cuando no dejan de construirnos recintos para que pasemos encerrados el mayor tiempo posible, nos levantan casas, adosados y segundas residencias, por si fuera poco una sola, se encargan de mantenernos prisioneros en trabajos durante doce o más horas, empleos y celdas camufladas a las que llegamos embutidos en transportes cerrados, bien sea en medios públicos o en nuestros cubículos rodantes privados, si nos permiten un rato de esparcimiento entre el trabajo y el hogar lo salpican de centros comerciales y de ocio, de locales de espectáculos y restauración, de variopintas tiendas, si decidimos ver a la familia, nos encontramos de repente en sus casas, y si disponemos del dinero necesario para tomar unas vacaciones, lo primero que contratamos es un hotel, apartamento o casita rural para escondernos en su interior, todo eso me hace pensar que el paso definitivo que nos separó de otros simios no fue el descubrimiento del fuego o la chispa del lenguaje simbólico, sino el momento en que uno de nuestros antepasados tomó la absurda decisión de meterse en una cueva, dejar para siempre el exterior, protegerse del viento y del sol, del frío y del calor, de ahí siguieron sin remedio chozas de paja y ramas, palafitos, castillos, recintos amurallados, iglesias, fortalezas almenadas, urbanizaciones privadas, lo importante es mantenernos dentro, el exterior no nos pertenece, nos asusta, es un riesgo amenazador, refugiémonos para siempre, somos el homo topus, igual de ciegos avanzamos por la topera, aunque si hay una especie animal semejante a la nuestra es la hormiga, como ellas, nuestras vidas están rigurosamente vigiladas y planificadas, nos dividimos en castas cerradas, la mayoría de nosotros somos hormigas obreras, destinadas para siempre a trabajar y a construir y reparar a cambio de un poco de comida y una cierta seguridad, sólo una pequeña porción de humanos ocupa la punta de la pirámide y lleva una vida regalada dedicada al placer y a copular día y noche, reinas y zánganos hay pocos entre nosotros, menos de lo que pensamos, muchos de los hombres ricos que envidiamos no son sino superobreras enloquecidas, todos queremos ocupar esos estratos favorecidos pero sabemos que nos están vedados, nosotros a trabajar y cuanto menos salgamos del hormiguero mejor, porque al igual que nuestras diminutas amigas, nos perdemos enseguida, ellas necesitan seguir ciegamente los rastros olorosos que han dejado antes otras hormigas, todos alguna vez hemos puesto en serios apuros a un tropel de hormigas colocando algo en medio de la fila que ellas siguen sin pensar, esto las trastoca, no saben continuar, se desorientan sin remedio hasta que recuperan el rastro firme y vuelven al carril trillado, así somos nosotros, nos sentimos seguros en la fila, con alguien delante a quien seguir, adónde va Vicente, adonde va la gente, nos gusta sentirnos vigilados por las hormigas soldado que nos cuidan y nos dicen qué hacer, qué pensar y decir, qué comprar, qué desear, por dónde hemos de pasar y por dónde es mejor que ni se nos ocurra acercarnos, no vaya a ser que…, siga la flecha, aparque aquí, dirección prohibida, stop, cards welcome, próxima estación El Carmen, desciendan ustedes, que hay un muerto falso, no es homo formicus, como todos nosotros, es raro, no encaja en el hormiguero, es un monstruo, ya hay periodistas, una cámara de vídeo alumbra la faz insulsa del falso muerto, esto ya sale en la tele, lástima que el doctor Medina viera el canal de pago en vez de las noticias, porque habría podido atar cabos antes que nadie, pero ya sabemos que comió carne asada y puré de manzanas y miró las estrellas pensando en su chica playera, deseando volver a su lado, a esas mañanas luminosas de su adolescencia, al olor a espuma de mar, a brisa fresca que alborotaba sus rizos castaños, los de ella, el sol de julio que hacía brillar sus pecas y enrojecía sus hombros delicados y blancos, los de ella, pero a estas alturas ya podemos afirmar que, en realidad, el doctor Medina tampoco querría enfrentarse a Ella, porque lo más amargo que nos puede suceder es que se cumplan nuestros sueños y anhelos, de todos es sabido que cuando nos plantan delante el deseo que pedíamos es cuando más desgraciados nos sentimos porque, o bien deja de interesarnos, o nuestra mirada y pensamientos avanzan ya hacia otro sueño incumplido o, lo que ocurre muchas veces, nos damos cuenta de que lo que de verdad ansiábamos era lo que ya teníamos y que bobamente hemos despreciado, salió el muerto en primer plano en las noticias de las nueve, en términos apocalípticos, resaltando que no tenía uñas en los dedos, que sólo tenía un diente en cada mandíbula, un diente imposible que le recorría sin interrupción cada una de las encías, diremos ahora que este muerto quedó peor terminado que el de Nelson, quizás fue una prueba preliminar, un titubeante ensayo y error, esto es comprensible, a todos nos pasa a veces cuando nos enfrentamos por primera vez a un nuevo ejercicio o tarea, no nos sale del todo bien, extrapolemos a la inmensa complejidad de modelar seres humanos con carne y hueso que no son ni carne ni hueso, ni rastro de tejido humano ni animal ni vegetal, tampoco parece mineral, qué será será, aún no estoy seguro si este libro desvelará el misterio, yo aún no lo tengo claro, ya veremos, en los noticiarios aún no hablan del otro muerto, el secreto que los une y los datos de la autopsia no se han descalificado, el inspector que lleva el caso sí que está preocupado, menudo expediente personal se le va a quedar como esto de los clones abandonados no se resuelva cuanto antes, el inspector ya hemos dicho que se llama Chaves, recién ascendido, no le vendría mal reafirmarse en el puesto con la solución de un caso tan llamativo, está asignado a la comisaría de Leganitos, muy próxima al lugar donde apareció el muerto primero, lee una y otra vez los informes de las autopsias de ambos títeres, uno por fuera era mejor que el otro, al del Metro daba pena verlo desnudo, los músculos de las piernas eran flojos, quizás por eso se había sentado, a lo mejor el creador de aquellos seres inertes los quería hacer andar y como no eran capaces los depositaba, ora tumbados en la acera, ora sentados en el metro, no sabe ni por dónde empezar a investigar, deseaba, extraño deseo como casi todos los que tenemos, que aparecieran algunos más, porque cuanto más actuara el creador más posibilidades habría para que cometiera algún error, diera un paso en falso o se le pudiera pillar en plena faena, Chaves es buen hombre, casi todos lo somos, y quería atrapar al responsable de aquella locura misteriosa, es un magnífico policía, casi todos lo son, le gustaría limpiar la ciudad de maleantes, de gentes que viven haciendo daño a los demás, de momento los muertos raros no han hecho daño a nadie, y técnicamente, el creador de las marionetas inertes tampoco ha cometido crimen alguno, ninguna ley prohíbe expresamente modelar figuras humanas más o menos completas y meterles una libreta de papel reciclado en la sesera, porque este segundo muerto también portaba un pequeño cuadernillo, adornado en esta ocasión con una hoja aserrada de cerezo silvestre, esto lo digo yo, pocos sabrían distinguir una hoja de otra, Chaves está casado con Marta, se ven poco, así que no se llevan mal, generaron entre ambos un niño de tres años y medio, quiero decir que ahora tiene esa edad, no cuando lo sacaron a la luz, que tendría exactamente cero años, aunque los chinos parece que cuentan los nueve primeros meses de la vida de las personas para el cómputo global, cosa que no resulta desatinada, pero la costumbre española extirpa ese periodo de nuestras vidas, quizás para hacernos sentir más jóvenes, quizás para hacernos olvidar que se puede vivir perfectamente dentro del agua sin ahogarse y que no es necesaria la ropa ni el consumo, por eso no recordamos esos meses en el claustro materno, ahora a los fetos les ponen música de Mozart o de los barrocos italianos, y crecen más y son más inteligentes, antes se conformaban con las coplas que sus madres entonaban mientras tendían la ropa blanca a secarse en patios vecinales y por eso los españoles eran bajitos y más zafios, todo ha cambiado mucho, antes no había muertos falsos, todos eran de verdad, a millones, porque no reparamos en ello, pero si lo hiciéramos, no dejaríamos nunca de llorar, tiene que haber miles y miles y centenares de miles de millones de seres humanos muertos, si uno se para un poco a analizarlo, no hacemos otra cosa que morir a miles cada segundo, Chaves no tiene nada en contra de las muertes normales, las acepta con resignación cristiana, pero de las muertes delictivas tiene mucho que decir, no las soporta, le hacen hervir de impotencia, y aunque los muertos encontrados son falsos, su deber como policía es impedir que haya muertes fraudulentas o innecesarias, deja las derivadas de las enfermedades y la propia vejez a especialistas sanitarios más preparados y capaces, él quiere encontrar el origen del misterio, el foco de muertos de plástico o lo que sea esa materia tan conseguida que imita la piel, el pelo, los músculos y los huesos, el iris de los ojos y la mueca de aburrimiento absoluto que acompaña a los dos muertos falsos, revisa las fotografías, los datos de la autopsia, las declaraciones de los ciudadanos que descubrieron el segundo, de Nelson aún no sabe nada, su hijo de tres años y medio más nueve meses de buceo se llama David, y tiene los ojos azules como su madre, ya va al colegio y tiene buena mano con los colores y las ceras, para su cumpleaños, el de Chaves, le dibujó una casa geométrica con humo en la chimenea, ventanas redondas y un camino laberíntico que la unía con un río, lo que demuestra sin posibilidad de réplica que Platón estaba en lo cierto en cuanto a la caverna y las ideas, en algún lugar se levanta esa casa arquetípica que todos recordamos, porque Chaves, Marta y el pequeño David siempre han vivido en inmuebles diminutos en el centro de la ciudad, lo más alejado posible de la casa de campo de los dibujos que todos los niños componen y, a menos que se produjera un milagro con su sueldo e ingresos, nada podría hacer intuir que David fuera jamás a pernoctar y a tomar su merienda y otras colaciones en una casa así, Chaves se hace llamar Paco por sus semejantes más próximos, Marta lo llama así, aunque David lo llama simplemente papá, con su lengua de trapo, Chaves mira el calendario, es lunes, una de las características fundamentales de la vida en Madrid es que las semanas sólo tienen tres días, a saber, lunes, viernes y domingo, el lunes es interminable, pareciera que el sol sale y se pone en varias ocasiones, pero sólo es un espejismo, el lunes agota a los ciudadanos, los desequilibra, los apalea, les insufla sombras espesas en las caras y los corazones, los madrileños viven deprisa el lunes, pero el lunes los arrastra a cámara lenta por praderas de cardos corredores, los mete sin miramientos en zarzamoras, les concede alimentarse de sus frutos agrios, dulces y agridulces, según la fortuna de cada cual, y los sumerge en una ciénaga de pérdidas, de adioses, de encuentros que se impiden, de amigos que se van, de frases de amor que nadie se atreve a pronunciar aunque ambos desean decirlas, y sólo nos queda a los habitantes de la capital reptar con codos y rodillas, comprar platos precocinados y mirar mucho la televisión para creer que ya es viernes y ya se olfatea la vida en el ambiente, porque el viernes es la primavera de la semana, los ciudadanos se alegran, hasta parecen más guapos y más atléticos, muchos usan ropas deportivas o desenfadadas para acudir al centro de trabajo, el viernes hay más flexibilidad, otra característica que distingue el viernes es el atasco, que duplica, triplica o centuplica el embotellamiento del lunes, todo el mundo saca el coche, adelantando quizás la emigración que se avecina y que colapsará la M-30, M-40 y superiores, y proveerá las arcas municipales con ingentes cantidades de multas debidas a las infracciones que los atolondrados conductores cometen por tener la cabeza puesta en el domingo, día éste que consta de pocas horas, exactamente siete, en lugar de las veinticuatro que suelen acumular los días en la península ibérica, para ser más precisos el domingo empieza a las once de la mañana y termina a las seis de la tarde, antes hay sueño y después fútbol y una tristeza indefinida, el sol brilla bellísimo los domingos por la tarde, la luz es tan hermosa que hace daño, por eso ya nos recogemos en nuestros refugios familiares, cocinamos algo para la semana, nos vestimos con horrendos pijamas y calcetines de estar en casa, el lunes acecha, la primavera toca a su fin y un velo de desolación se introduce lentamente en los pisitos de sesenta metros cuadrados de la ciudad, los niños terminan a trompicones los deberes que han de entregar a la mañana siguiente, las madres preparan la ropa que toda la familia llevará impecable y los maridos beben cerveza, comen cacahuetes y tienen pecaminosos sueños húmedos con los jugadores de fútbol que terminan la semana por ellos, Paco Chaves llamó por teléfono al doctor Medina un lunes por la tarde, que no era exactamente el lunes en que aparecieron los muertos, sino un lunes dos días después cuando ya todo el mundo sabía en la ciudad que había dos muñecos con cara de muerto, Doctor Medina, dígame, soy el inspector Chaves, encargado del caso de los muertos falsos, ah, bien, me parece muy bien, yo ya le entregué los informes de las autopsias, sí, sí, los he leído muy cuidadosamente, pues usted dirá, es que me ha llamado la atención una cosa, dígame usted, que en la primera autopsia dice que había una pequeña libreta en el lugar que habitualmente ocupa el cerebro, sí, eso puse, porque es lo que había dentro del cráneo, y en la segunda autopsia no dice nada al respecto, y me preguntaba si es que este muerto no tenía nada en la cocorota, el doctor Medina tiene que mentir, bueno, no lo juzguemos con excesiva dureza, todos mentimos constante y metódicamente desde que nos levantamos por la mañana, sólo los animales con alto índice encefálico mienten, como los cetáceos, simios y perros, una lagartija no sabe mentir, ni un celentéreo, es cosa única de la inteligencia, cuanto más listo es uno, más miente, a los inocentones los llaman tontos o niños, porque dicen lo que piensan y no usan sentidos figurados ni eufemismos y dicen mamá, esta señora tiene bigote, discúlpele, señora, se lo ruego, y tú cállate que sólo dices tonterías, si es verdad, mamá, tiene mucho bigote, el doctor Medina sacó el segundo cuadernillo y lo puso a disposición de los comensales de un restaurante de Moncloa que, por un módico precio, llenaba de nutrientes a los hambrientos que allí se acercaban, pues Agustín Medina había decidido que los cuadernillos estaban destinados a la ciudadanía y no a una caja de cartón húmedo en un vasar polvoriento en una estantería perdida en un sótano sombrío, como prueba pericial número tal y tal de un caso insoluble que no se despejaría nunca, tomó la libreta, la guardó en su ropa sin comentarlo con nadie y a la hora del almuerzo se llegó a la urbe cercana, se metió en el bar más sencillo que pudo encontrar y pidió un menú de lentejas estofadas y conejo al ajillo, pan y vino, ocho cincuenta, cambió el postre por café, dejó los céntimos que sobraban del billete de diez euros como propina, y colocó el cuaderno con la hoja amarilla de cerezo silvestre en la mesita, se marchó sin mirar atrás para no recordar el nombre del establecimiento ni la situación exacta en una de esas calles que en ese barrio tanto se parecen unas a otras, todas están salpicadas de tiendas de fotocopias, y se volvió al Instituto Anatómico para abrir en canal a un señor de setenta años que tenía un cuchillo de cocina clavado en el corazón, hecho por el cual había fallecido y su esposa ingresado en prisión preventiva, de tal modo que, a estas alturas, había dos cuadernitos repletos de miedos y angustias, encharcados de tristezas y vidas rotas recorriendo Madrid desde el oeste, adentrándose en las redes de la ciudad, avanzando veloces subidos en autobuses, transportados por convoyes con aire acondicionado y pequeñas pantallas de televisión, luego no podía tratarse paradójicamente de la línea cinco en la que apareció el muerto número dos, llenándose sus páginas amarillentas de poemas y citas, de frases horribles y de relatos mínimos, cuajadas sus hojas de faltas de ortografía, de irregularidades gramaticales y de toneladas de dolor real, dígame, doctor, no encontró un segundo cuadernillo en el cráneo del segundo cadáver, no, no lo encontré, en el primero sí, verdad, en el primero sí, en el segundo no, verdad, en el segundo no, así es, y dónde está el cuadernillo, no lo sé, yo lo dejé todo en la sala, lo guardaría el funcionario, mire bien que tiene que estar, no, no está, sólo la fotografía, ah, pues ni idea, la verdad, pues sólo era eso, doctor, ah, bien, pues nada, aquí me tiene para lo que necesite, adiós y gracias, a usted, inspector, Agustín Medina no se siente culpable por haber a, mentido a la policía, b, ocultado pruebas forenses, y c, distribuido las pruebas entre la población civil, la verdad es que se siente un poco mejor, no aliviado ni entusiasta, es madrileño, no lo olvidemos, pero sí un poco menos cargado de rocas y mancuernas, de sacos de cemento y lápidas de piedra berroqueña, de viguetas y discos de plomo que es, básicamente, el uniforme con el que los madrileños afrontamos la vida diaria, sólo nos queda decir que ese segundo librillo empezaba con la desalentadora frase:
Ni te molestes
Agustín Medina escribió también en esta libreta un diminuto pensamiento que, lamentablemente, no he podido localizar y caminó un ratito bajo el cielo encapotado.
Pues ardo en deseos de leer esas libretitas si el autor ha tenido a bien compartir su contenido con el lector.
Sigamos leyendo…