Muerte y resurrección de Maline (en Aldeas Cerradas)
Marzo 5, 2008 por Yoku
Capítulo 6 del afamado volumen intitulado Historia de Ojos Cerrados, del que se ha dado ya cumplida publicidad en fechas anteriores, pero que nadie adquiere.
Y empezaron a llegar miles y miles de machos y miles y miles de hembras, y como eran tantos y tan ardientes y era tan largo el camino, muchos de ellos se entretuvieron en refocilarse y copular, unos en silencio y con discreción y otros entre grandes risotadas y armando jaleo y, de esta manera, al llegar a la Plaza Mayor de Aldeas Cerradas, entre miles y miles de machos y miles y miles de hembras se movían vacilantes cientos y cientos de neonatos que revoloteaban de aquí para allá buscando a sus madres, las cuales en su mayoría renegaban de los infantes y se los endosaban las unas a las otras con creciente nerviosismo mientras los machitos silbaban como disimulando cuando alguna de las mujeres les decía hazte cargo de tu hijo, guaperas, que para eso lo has traído al mundo, pero los niños no querían saber nada de aquellos tipos mal afeitados y hediondos -y lo que es más importante- sin tetas calientes e hinchadas, así que cuando algún hombre aceptaba al pequeño mamoncete que el azar le había adjudicado, su paternidad se veía seriamente ofendida cuando el muy puñetero bebé le proyectaba un feo regüeldo (con inusitada potencia para su corta edad) para luego clavarle navajitas y astillas en los hombros (mostrando especial preferencia por los músculos trapecios) y en el cuello (sin despreciar en absoluto los sartorios) y patear rodillas y bajo vientre una vez que el pobre padre caía al suelo aullando de dolor, lo que conllevaba ser irremediablemente devorado por los sapos parteros, ranitas de San Antonio, tritones y toda suerte de sabandijas que con pasmosa eficacia limpiaban las filas de ancianos, fetos mal paridos, princesas paganas, enfermos de amor e individuos sobresalientes.
Así las cosas, Maline se preparó concienzudamente para repeler el ataque de aquella chusma: cavó trincheras, cargó cañones, ballestas y ojivas nucleares, se retrepó tras sacos de arena y judías pintas, limpió y engrasó el fusil de asalto mientras improvisaba una alegre tonadilla, se vacunó una y mil veces, compró leche condensada, chocolatines y otras provisiones de alto contenido energético y se calzó unos botos de buen cuero español.
-Aquí os espero.
No tardaron ni un suspiro en cazarlo, maniatarlo, golpearlo repetidamente en el esófago con cucharones y cortarle el pelo a lo militar. Maline, aunque se revolvía y tiraba puntapiés y escupitajos a sus masificados agresores (luchó con valor) terminó por ceder y dejarse conducir hasta el cadalso que un grupito de ebanistas había levantado para la ocasión.
-¡Ahorquémoslo! -gritaban unos.
-¡Deca-pita-ción, deca-pita-ción! -remarcaban otros batiendo palmas.
-¡Los martirios! -pedían los chinos.
-¡Comida pa’ mis serdos! -rugían los más rústicos.
-¡Dejádselo a mi hijo! -sugería el más cruel de todos ellos.
Inmerso en esta barahúnda y perplejo ante la animadversión que había suscitado entre aquella buena grey, Maline acertó a comprender que la única oportunidad de salir con vida de aquel feo episodio pasaba por aprovechar la discordancia de pareceres que el grupo mostraba a la hora de seleccionar el tipo de muerte que exigían sus integrantes. En medio de aquellos diferentes paradigmas de asesinato -todos se le antojaban asaz truculentos y, ante todo, desmedidos- el anciano quiso ver una lucecita de esperanza: las horas se iban amontonando una sobre otra, como los fracasos en una vida, y persistía el desacuerdo. Por frívolo que pueda parecer, Maline bostezó, se sentó a la manera morisca y resolvió un par de crucigramas y sopas de letras de regular dificultad. La noche los sorprendió polemizando todavía y los días y los meses que transcurrieron, aunque en Aldeas Cerradas duraban bastante menos que en el mundo ordinario, fueron tantos que hubo que inventar semanas de muchos días (con fines de semana interminables en los que, curiosamente, siempre venían los suegros de visita) y años de muchos meses para evitar entrar en la centuria siguiente, ya que si en algo estamos todos de acuerdo es en que ésta es una historia propia de nuestro siglo y caer en anacronismos (viejo truco efectista) no nos conduciría a nada realmente interesante.
Pero seríamos injustos si tacháramos de tedioso aquel enfrentamiento dialéctico. Muy al contrario, la algarada inicial devino orden y concierto a los pocos años. Los motines fueron encauzados por los líderes espontáneos que surgieron y el debate transcurrió por las escandinavas vías de la organización y la tolerancia. Se levantaron comunas y falansterios y la gente perdió sus apellidos al tiempo que olvidaban el oscuro pasado. Y así, los pendencieros, intransigentes y fascistas se tornaron buenos vecinos (¡no pido más!) y sonreíanse unos a otros, se devolvían las tazas de azúcar que habían tomado prestadas, reían las gracias de los revoltosos chiquillos que jugaban en el jardín y ayudaban a sacar la basura a los más ancianos (sobre todo a los que permanecían vivos).
Como tal convivencia idílica -y falsa como un travestido- tardó milenios en conformarse, las ligaduras de Maline acabaron por pudrirse y éste quedó libre y hambriento. Inició un largo paseo por la nueva población, Aldeas Abiertas, comió algo, orinó por fin y se sintió magníficamente restablecido y feliz. Caminaba con desenfado y alegría saludando aquí y allá a sus antiguos captores.
Mas, como ya supone el lector avispado, la armonía no podía llegar para quedarse: la experiencia duró apenas seis o siete días tras los cuales surgieron ridículos contenciosos y peleas. Ahorremos tintas y lágrimas: hubo guerra.
Una guerra larga, agotadora, permanente que diezmaba y volvía a diezmar a los ciudadanos de caras tristes y piernas zambas. Esta guerra se llamó al principio de los Cien Días, luego la Guerra Anual; después la de los Trescientos y Pico de Años; durante muchos siglos se denominó la Neverending; pero ya se conoce en nuestro tiempo como El Milloncete y se cuenta que aún sobreviven guerreros zombis manteniendo en alto sus pendones sobre las ruinas y combatiendo con renovado frenesí. De cualquier forma, evitemos divagaciones y prosigamos el relato de lo que hemos venido a contar: la muerte de Maline.
Habíamos dejado al viejo profesor caminando entre los chalecitos adosados de cuidado jardín y pequeña (pero muy limpia e ideal para los meses de estío) piscina donde hasta la abuela, que en paz descanse, hace pie. Era un día soleado y azul en el que millones de jilgueros y mirlos se buscaban con intenciones claramente genésicas contagiando su alegría y calentura a los pobladores de Aldeas Abiertas que, si nos ceñimos a la verdad, no precisaban de tales acicates para el comercio carnal, pues eran de carácter fogoso y natural cachondo. Pero la contemplación de los ayuntamientos avícolas aguijoneaba sus apetitos y era común sorprender a los paseantes de todo sexo y edad mostrándose los genitales, haciéndose caricias profundas y adoptando eróticas maneras en las colas del bus con la idea de provocar encuentros sexuales multitudinarias, deporte local de antigua raigambre al que todos -pobres y ricos- eran muy aficionados. Si a esta circunstancia sumamos la irreligiosidad rayana en lo impío y la falta de moralidad reinante en la comarca, resultan comprensibles y hasta apropiadas las joviales exclamaciones en las que prorrumpen los ancianos que aún conservan el recuerdo de aquel glorioso e irresistible meeting cuando son asaltados por las preguntas de sus inexpertos nietecillos ávidos por conocer minuciosamente todo lo que sucedió el “Día de la Orgía Bestial”, “Qué Noche la de aquel Día” o “Los Orgiásticos Momentos”, como insisten en nominar aquel suceso sin par (algunos más burdos lo conocen por “El Chorretón”, “Nadando en Tetas” y cosas por el estilo). Y la alegría vuelve a sus ojos cuando relatan con todo lujo de detalles y, por lo general sin exagerar, las escabrosas, excitantes y venéreas escenas que quedaron grabadas en su memoria sin que la enfermedad o los años pudieran siquiera empañar su recuerdo. Y los adormecidos penes y las aburridas vaginas se encabritan y caracolean y abren sus fauces rememorando aquella postura especialmente vistosa, aquel polvete tan querido con el boticario y su manceba, la lengua de aquel forastero, la necrofilia de los últimos momentos…
Y aún hoy se puede percibir el olor que aquellos incontables cuerpos exhalaron a lo largo de las horas que duró el asunto y con el que impregnaron para siempre el lugar. Y largas caravanas de fieles peregrinos o simples curiosos venidos de otros contornos se suceden y multiplican en los meses de relajo para oliscar y aprender. Y si hay ciertos viajeros que pillados por sorpresa se marean y palidecen (una viejuca murió en menos de veinte minutos presa de espasmos, vómitos y cagarrinas) suele ser de aceptación general que los aires mañaneros de Aldeas Abiertas recomponen el espíritu, alientan los amores y avivan las ingles. Y si desechamos a los seres insustanciales y zafios que con un “Hostia, Olivia, aquí huele a culo” zanjan la aromática cuestión, la mayoría de los bulbos olfatorios extraen la exquisita riqueza sensual que aquellos días sicalípticos y concupiscentes ofrecieron.
Mi preferida es la señora Mulligan, presidenta vitalicia y alma mater de Smell Yourself, que tras una breve estancia en estas tierras acuñó para la ciencia los conceptos de orgasmo nasal, sexoler (verbo tan de moda en el Occidente más pijo) y el polémico nosewanking to death, de difícil traducción y de peligrosas consecuencias. Pero, sin desmerecer los hallazgos en el plano de la moderna sexología científica, lo que ha llevado a la Mulligan a convertirse prácticamente en leyenda fue su prodigiosa sensibilidad poética. Se cuenta (y es verdad) que al bajar del carruaje en el centro del villorrio (allí donde los participantes fueron más lascivos y osados) husmeó el ambiente, sonrió y, borracha ya de feromonas, dijo:
-Aquí es. Hay un irresistible eco de semen que me pone loquita.
Lo que hizo después y con quiénes no es asunto que nos atañe en este libro, que con sus lubricidades y desvaríos podrían componerse volúmenes enteros de la literatura de escándalo y salacidad que tanto gusta ahora. Siendo nuestro empeño la pudicia y la moral habremos de dejar que otros (más licenciosos) relaten las torpezas de Mulligan y sus secuaces, aplaudidas, imitadas y aun superadas por los viejos y viejas carcamales que pueblan la aldea pero que, llegado el momento de la carnalidad disparatada, trabajan, se menean y sudan como adolescentes en el asiento de atrás.
Presiento que, una vez más, he abandonado la línea principal de la narración para perderme en jugosos laberintos. Retomo, pues, el argumento.
Finalizado el combate, acabada la orgía y descansados los corazones, el pueblo volvió a su rutina, consistente ésta en cazar a Maline y darle muerte. Al pobre, no se sabe por qué, siempre lo trincaban después de horrendas sesiones de sexo en masa.
Entre muchos lo despedazaron y lo maceraron en un mortero de arcilla y bronce. Las mujerucas trajeron mirto y belladona con intención de adobarlo para el festín. Le esperaba una cocción lenta y dolorosa.
Sus carnes enjutas dieron un estofado regular, del que sólo los principales del pueblo pudieron alimentarse. Pero era tan recio el cocido, que al poco fueron presa de espantosos retortijones y delicuescentes diarreas. El profesor Maline fue excretado en diferentes esquinas, bajo robles y almendros, entre matorral bajo y aseos de vecindario.
Su esencia, pura mierda, tardó horas en recomponerse, en conformar de nuevo un cuerpo entero.
Fracasado el primer método, y con los próceres en el dispensario con suero salino y arroz hervido, optaron por una muerte más perdurable en el tiempo. Eligieron para tal fin el romano martirio del culleus. Para aquellos que optaron por ciencias, que comentaban en su adolescencia para qué cojones tengo que aprender latín y, en fin, para aquellos cuya cultura clásica flaquee, explicaremos que el cúleo era la muerte que los romanos aplicaban a los parricidas. Consistía en introducir al malvado en un saco de cuero junto con un mono y una serpiente, y arrojar a todos por un acantilado. Que digo yo que qué culpa tendría el mono.
Maline lo vio bien. Le parecía apropiado y hasta entretenido. El mono era simpático y la serpiente no mostraba señales de querer morderlos. Se dejó cubrir con la bolsa y los tres fueron arrojados por los escarpes del farallón. Cayeron rebotando contra mojones de roca caliza gastada por las olas. El mono dijo algo, que no repetiremos, y tras varios choques y bamboleos se hundieron en las frías aguas verdosas de la procelosa mar océana.
El mono, previsor, sacó aletas y máscaras subacuáticas (a la serpiente le quedaba grande el protector facial, y por mucho que miraba, no sabía dónde colocarse las gigantescas aletas de caucho). Quizá impelida por la urgencia de respirar, fue ella la que rasgó con sus hipodérmicos colmillos la mojada y escurridiza tela curtida. Con ayuda del mono, siempre nervioso, Maline pudo abrir un hueco suficiente en el bolsón por el que los tres amigos salieron. Se encontraban en el fondo rocoso de un mar embravecido, a unos cuarenta metros de profundidad y rodeaditos de medusas y boquerones. Con gracia serpentina el ofidio, con patadas desmañadas el simio y con sincronizados movimientos el humano, ascendieron a la superficie.
Las olas eran frías y gustaban de romper en sus caras justo cuando boqueaban para tragar aire, proporcionando una mezcla a sus pulmones que no era la más adecuada a sus necesidades.
-Al islote -propuso el mono.
Hacia la islilla nadaron los tres compañeros.
Ya en la arena, ateridos de frío pero a salvo, bailaron cogidos de las manos y los pies (la serpiente hizo lo que pudo al respecto). El mono trajo ananás y cocos lechosos, Maline pescó un sargo y el reptil aportó una rata a medio digerir. Compartieron los manjares e hicieron un fuego de campamento alegre y chisporroteante.
El sueño los venció al salir las estrellas. Bajó un poco la temperatura y Maline buscó al mono con intención de acurrucarse contra su pelaje. Una cosa llevó a la otra. Paramos aquí, pero ya se hace idea el lector con algo de mundo. La serpiente también participó, culebreando.
Maline abrió los ojos cuando el sol estaba saliendo de las bodegas del planeta. Y a juzgar por los colores que traía, el mozo había bebido lo suyo. El cielo era añil y verde y la mar olía a calamares y espuma.
Los cuatro guerreros sorprendieron al profesor.
-Quedas detenido, macho -y pusieron sus manazas en los hombros del anciano.
-¿Quién se lo tira primero?
-Vamos a echarlo a suertes.
-Yo me pido al mono. Parece más limpio.
Tras media hora de dolorosas sodomizaciones, con sus turnos y sus te has colado, ahora me tocaba a mí, ataron al profesor y pegaron una patada en el culo al mono; y se lo llevaron (a Maline) a empujones hacia el interior de la isla.
La sierpe se escabulló entre las plantas carnosas y nunca más se supo de ella.
En esta isla sucedieron graves y sabrosos hechos y anécdotas que se describirán (si me acuerdo) más adelante en el relato, pero que ahora suspendo por cuestiones meramente narrativas.
¿Tú estas cosas las sueñas antes de escribirlas Fran?. Según leo me debato entre la perplejidad y la risa, sin que le des tiempo al lector a decidirse definitivamente por una u otra, y dejando al final un regusto sabroso de difícil definición.
Muy bueno.
“Delicuescente”, confieso: lo he tenido que buscar…
Mis sueños no son nada psicodélicos y prometo no escribir bajo el influjo de ningún psicotrópico. Sí que presumo de tener bastante imaginación y de intentar ver las cosas desde otro punto de vista.
En general sólo me salen patochadas, pero a mí me resultan divertidas y poco convencionales.
Tengo que hacerte llegar el librito completo que, aunque lleno de erratas (fueron muy poco profesionales en la editorial), queda curioso en forma de libro “normal”.